La sociedad occidental se encuentra fuertemente determinada por parámetros sólidos e inquebrantables que entiende como ideales para la conformación del modelo de sociedad que imagina ideal. Estos han sido trasladados por las potencias primer mundistas -especialmente luego de finalizada la Guerra Fría- mediante diferentes procesos al resto del mundo dejando a los países receptores en la encrucijada de ser aceptados o no por un sistema que clasifica entre “civilizados” y “los otros”.
Dentro de las principales premisas se encuentra el de constituir a las diferentes naciones en torno a un estructurado Estado Nación. Su forma debe obedecer al modelo propuesto por Hobbes, quien mantenía que las personas se temen unas a otras y por esta razón deben someterse a la supremacía absoluta del Estado tanto en cuestiones seculares como religiosas . La idea fue difundida de tal forma que no hay nadie que se atreva a cuestionarla, es asimilada por el imaginario social y no se lo ve como lo que en realidad es: una construcción teórica.
De la misma forma, Rousseau, agregaba que los individuos debían acatar un orden central firmando un “contrato social” que reglamente la vida en sociedad, para ello delegaban responsabilidades y libertades . El control sobre los posibles conflictos sociales era ahora integral y todo debía funcionar de manera orgánica.
No obstante, la realidad global cambia a partir de la aparición de movimientos que rechazaban el poder central, reivindicando el tradicionalismo y sus hábitos culturales. Aparece en escena el multiculturalismo, la globalización y se desdibujan las fronteras tradicionales, el orden del modelo imperial de sociedad se ve amenazado por el auge de localismos de tipo identitario como nuevos protagonistas de la política nacional e internacional. Los nuevos conceptos ponen en crisis al Estado-nación que ahora será entendido como un proceso histórico político y social.
El Estado-nación, como muestra Charles Tilly , toma forma en un periodo de unos mil años, tiempo en el cual, luego de consolidarse en Europa y extenderse por el mundo, se convierte en elemento fundamental del sistema internacional moderno, y junto al capitalismo compone el centro del modelo de modernidad occidental.
Ya no se lo ve como un paso necesario para constituir una sociedad, sino simplemente como un modelo de sociedad que no ha sabido asimilar el paso del tiempo. Esta anacronía responde a dos aspectos fundamentales, por un lado la crisis del Estado-nación como protagonista del sistema internacional, y por otro la crisis del Estado-nación como modelo de organización y cohesión social .
El multiculturalismo bajo la lupa
La idea de multiculturalismo remite a varias imágenes y representaciones que muchas veces confunden la interpretación de las cosas. El concepto nada tiene que ver ni con el mestizaje ni con el pluralismo cultural o convivencia de culturas diferentes en un marco común. Lo que lo caracteriza es la negación de ese marco común y la división de la sociedad en compartimentos estancos.
Esta concepción se opone a las clásicas que ven en la nación como una comunidad que afirma algo: una entidad étnica distinta, con destino e historia particular y que, por tanto, reclama un estado nacional . O, como dice el autor Ernesto Gelner, grupos humanos que deben organizarse en grandes unidades centralmente educadas y culturalmente homogéneas.
El multiculturalismo va mucho más allá de la búsqueda por generar consenso en la sociedad, sino que propone una fórmula para interpretarla, mirándola desde una perspectiva global y abarcativa. Por un lado aparece lo múltiple designando o bien muchos elementos de un tipo, o bien, muchos elementos distintos entre sí. En el caso del multiculturalismo el apropiado sería el segundo uso del término múltiple: lo vario de la cultura.
Por el otro está la cultura como aquello que es por convención o por ley, múltiple y distinto entre si y respecto a otras comunidades. En términos de Ortega y Gasset, la cultura es lo que hace el hombre cuando se hunde, para sobrenadar en la vida, creando valores, sentidos. Por eso, la cultura, incluso la más despolitizada, no está exenta de contenido político, simplemente unas veces responde a los intereses del pueblo y otra a la ideología capitalista.
Un análisis conciente de la coyuntura multicultural de un país o sociedad no debería dejar de lado las necesidades reales que genera la convivencia ciudadana de la diversidad cultural en la política. El hecho de que distintas culturas compartan un mismo espacio físico, genera necesariamente una confrontación cultural que excede el mero enfrentamiento local/global. El marco de reflexión sobre concepto de multiculturalismo debe ser crítico.
Problemas del multiculturalismo
Las fronteras territoriales y políticas se encuentran desdibujadas por el fenómeno del neoliberalismo y la globalización capitalista. Los Estado – Nación dejan de ser autoridades con iniciativa para quedar a merced de las empresas transnacionales globales que regulan la economía. Esta empresa global rompe con todo lo que la pueda unir a su nación materna y trata a su país de origen simplemente como otro territorio que debe ser colonizado. En ellas reside el verdadero poder.
La globalización es presentada como la única dinámica explicativa del mundo, como un proceso irreversible: el avance hacia la instauración en el planeta de un único sistema en lo económico, lo político, lo cultural y lo comunicacional. El concepto de globalización enmascara el carácter desigualitario de las relaciones mundiales, es un constructo ideológico del neoliberalismo y hay un conciente interés por parte de los mecanismos institucionales hegemónicos por mantenerlas.
En torno a esta iniciativa y bajo la misma lógica se inscribe el multiculturalismo, que viene a ser la ideología de este capitalismo global. El mismo es una máscara que bajo la pretensión de una sociedad universal transnacional disimula las desigualdades y enajena al que se aparta del discurso dominante, permitiéndole reivindicaciones folklóricas que se inscriben dentro de los parámetros que ellos mismos preestablecen.
Zizek lo interpreta en los siguientes términos: para distorsionar un deseo, primero se debe incorporar. Así, las ideas dominantes no son precisamente las ideas de aquellos que dominan, sino que incorporan motivos y aspiraciones fundamentales de los oprimidos rearticulándose de tal modo que vuelvan a ser compatibles con las relaciones existentes de dominación. Por lo tanto, el poder y el contrapoder se generan mutuamente; el poder es siempre ya su propia transgresión. Por eso existe un agregado obsceno que el ejercicio del poder debe ocultar.
Esta manipulación inescrupulosa de las minorías no debería sorprender, el multiculturalismo propone ver a todo aquel que no logra incluir como alguien a que hay que investigar por fuera del sistema, sin permitir que deje de ser un mero objeto de estudio, es lo que se conoce como el otro social. Esta metodología no es más que una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial, un “racismo con distancia”: “respeta” la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad “auténtica” cerrada, hacia la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad.
Uno de los principales problemas que puede presentar este tipo de análisis es el de estructurarnos en torno a una trampa: presuponemos que existen fronteras entre nosotros y ellos y, aún más, que es posible mantenerlas a pesar de las interacciones en un marco -que hemos idealizado como heterogéneo y abierto- que propone la inorganicidad y recombinación constante de sus posibilidades para vivirlo. El científico social puede contribuir a legitimar las reglas de este juego, dictadas para preservar las diferencias entre los dos “grupos”, al no denunciar las desigualdades estructurales que convierten esas fronteras en los límites de su mundo posible.
Nuestro marco (capitalismo, democracia liberal y una legislación que legitima y sirve de soporte a ambas) es aquel que dicta las condiciones de posibilidad y en última instancia define la diferencia. No se puede separar únicamente por cuestiones culturales ya que no hay un límite tan tajante sino más bien una combinación de factores y los fundamentales -condiciones de explotación capitalista- dejan de ser estudiados porque conviene mantener el orden.
“La conclusión que se desprende de lo expuesto es que la problemática del multiculturalismo que se impone hoy -la coexistencia híbrida de mundos culturalmente diversos- es el modo en que se manifiesta la problemática opuesta: la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial universal. Dicha problemática multiculturalista da testimonio de la homogeneización sin precedentes del mundo contemporáneo. Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de una eventual caída del capitalismo, la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos a las minorías étnicas, los gays y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continúa su marcha triunfal” (Slavoj Zizek 1998: 176).
La neutralidad multiculturalista es falsa. Éste no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura, sino que pretende afirmar la coexistencia híbrida de mundos culturalmente diversos ocultando la problemática real: la presencia masiva del capitalismo con su consecuente imaginario.
Otro de los problemas que puede suscitar el pensar la otredad dentro del cuerpo de un Estado-nación democrático es que, promoviendo diferencias étnicas y culturales, se puede pensar en la posibilidad de que los inmigrantes no respeten los principios de la sociedad de acogida. Lo cual constituiría una amenaza para la democracia.
El principio de igualdad ante la ley no depende de las prácticas particulares de una determinada comunidad cultural. Si se admiten excepciones por razones culturales, se admite su violación y su destrucción.
Imponer el respeto a la Constitución, aun en contra de creencias y prácticas tribales, no constituye un acto de intolerancia ni una muestra de xenofobia, sino de pura coherencia intelectual y de fidelidad a los principios y valores democráticos .
La aplicación de políticas de identidad por parte de minorías internas y su búsqueda de reconocimiento como miembros valiosos y la exigencia de derechos diferenciales que les permitan mantener su propia cultura sin necesidad de escindirse del Estado y la cultura mayoritaria, cuestionan seriamente el Estado-nación como modelo de organización social.
Los argumentos de tipo racional-legal cada vez tienen que ceder más terreno a argumentos de tipo étnico, religioso o cultural, como fundamento de las relaciones internacionales, lo cual, unido a la aparición de fenómenos basados en políticas de la identidad de alcance trasnacional (el internacionalismo islámico por ejemplo) hace que el Estado moderno de tipo occidental o lo que es lo mismo, el Estado-nación ya no pueda ser considerado el único y legítimo protagonista del sistema internacional.
Las políticas de la identidad han ganado importancia en los últimos años en la medida en que los grupos que recurren a ellas han desbordado los espacios locales o intergrupales y le han dado a sus intereses un carácter político. Asuntos que antes solo eran del interés de cada comunidad específica pasan a ser temas que tocan a toda la sociedad, e incluso, llegan a ocupar sitios centrales en la agenda internacional.
De esta forma surgen movimientos de protesta ambientales globales, grupos radicales que actúan a nivel mundial con células en diferentes países, asociaciones que reivindican a minorías desprotegidas por el sistema. Como diría Ignacio Ramonet : “El fenómeno al-Qaeda, como sus distintas manifestaciones, aparece ante todo como transnacional y sólo tiene lazos circunstanciales con Oriente Próximo. La dinámica de movilización y de acción solo está ligada de forma indirecta a los conflictos de la región, que se inscriben ante todo en lógicas nacionalistas. Se tiende a “sobreislamizar” a al-Qaeda y a minusvalorar su dimensión global, antiimperialista y tercermundista. La lógica del movimiento será, sin duda, la de encarnar no tanto la defensa del islam como la vanguardia de los movimientos de contestación del orden establecido y de la superpotencia norteamericana”.
Formas de asimilación del otro social en la sociedad multicultural
Hay básicamente dos formas que corresponden a la actitud de la minoría ante el medio mayoritario.
El primer caso se da cuando las minorías nacionales, culturas que antes de la incorporación a una sociedad mayoritaria gozaban de autogobierno y poseían sus propias tierras, en la actualidad siguen deseando ser sociedades distintas a la cultura mayoritaria. Sus exigencias, en consecuencia, giran en torno a la autonomía y autogobierno como medios para garantizar su supervivencia cultural.
El segundo caso se da cuando los grupos étnicos que se han integrado a una sociedad mayoritaria por medio de la inmigración individual o familiar, buscan ante todo, ser reconocidos como miembros de pleno derecho de dicha sociedad, sin que esto entre en contradicción con el reconocimiento de sus particularidades culturales.
De estas dos formas de integración cultural surgen a su vez dos tipos de sociedad: el Estado multinacional y el Estado poliétnico (además de sus formas combinadas).
El Estado multinacional, en oposición al Estado-nación, es aquel en que coexiste más de una nación, entendiendo nación como una comunidad histórica, con sus propias instituciones culturales y posesión de territorio. A las culturas más pequeñas que hagan parte de un Estado multinacional se les llama “minorías nacionales”.
Se dice que un Estados es poliétnico cuando la fuente de su pluralismo cultural es la inmigración de un gran número de personas y familias de culturas diferentes a la del Estado receptor.
El reto a que se enfrentan la gran mayoría de las democracias liberales, es encontrar alguna forma de acomodar las minorías nacionales y étnicas a su sociedad sin que se genere inestabilidad y que a la vez sea moralmente defendible.
La discusión se plantea en términos del miedo que tiene el occidental al Otro desconocido por un lado y, por el otro, hasta qué punto una minoría tiene derecho a ser autónoma dentro de un Estado-nación sin poner en jaque el equilibrio de las instituciones y a la democracia en sí. En definitiva, cualquiera de las dos alternativas atenta contra alguno de las premisas occidentales de organización.
No hay sistema que no sea perfectible, pero…
La decadencia del modelo capitalista es evidente, el liberalismo económico ya se agotó y el Estado- nación da sobradas muestras de inaptitud para solventar los problemas que se le presentan a raíz de los cambios en la sociedad global. Pero, ¿Cuál sería el modelo ideal a implementar para que el multiculturalismo deje de ser un problema?
La solución es evidente pero los grupos hegemónicos y su comunidad de intereses con las empresas transnacionales no dejan ver el bosque tras el árbol. El desplazar el centro de atención desde la reivindicación de la igualdad estructural como ciudadanos, para problematizar y concentrarse únicamente en una dimensión cultural, es una actitud de encubrimiento innegable. La misma actúa como telón de acero para quienes se sienten marginados y no llegan a comprender que no es por ser Otros que este fenómeno ocurre.
No hay choque de clases por fuera de las propuestas que surgen desde los grupos homogéneos que monopolizan el poder. La actividad política se ve disminuida y la “multiculturalidad” no hace más que disipar las protestas en diferentes reivindicaciones circunstanciales que no van al foco de la cuestión.
El Estado-nación, por su parte, utiliza todas las herramientas a su disposición para cohersionar sobre la población y perpetrar su modelo. Sus castigos para los disidentes van desde la exclusión del modelo capitalista hasta la demonización de aquellos que considera demasiado alejados a su modelo (los Otros sociales). Hasta el momento ambas han funcionado a la perfección.
Pero el proceso es reversible. Adquiera la forma tradicional de los Estados o se reorganice en nuevos entes supraestatales (como la Unión Europea), es imprescindible que la política vuelva a ocupar su lugar y someta a sus designios a la economía. Ante todo hay que apostar por el Estado del Bienestar como agente regulador de la integración social, reductor de desigualdades, ya que el mercado ha demostrado sobradamente su incapacidad para lograr estos objetivos. En su papel renovado, tendrá que dar cabida al reconocimiento simbólico de las minorías. Los derechos sociales ya no serán suficientes para este nuevo Estado del Bienestar: tendrá que incluir, además, los derechos multiculturales. En definitiva, hay que llevar a cabo políticas activas tendentes a lograr la integración socioeconómica y cultural de todos los ciudadanos.
Ya no es posible hablar de Otros sociales y mirar al multiculturalismo como un fenómeno de grupos autárquicos que compiten y se disputan el poder. La hibridación cultural, el diario contacto y las regularidades que presentan los grupos heterogéneos ya no pueden ser vistos como un fenómeno anómalo a analizar ni como un objeto de estudio de alguna ciencia social. Ellas son producto de procesos históricos y su dinámica existencia es tan inabarcable como la realidad en la que se desarrollan.
No obstante, es interesante pensar en las posibilidades de integración de los individuos y es aquí donde deben centrarse los esfuerzos de los trabajadores sociales que, mediante enfoques multidisciplinarios -ya sea de varias ciencias como también de diversos enfoques, como ser el utilitarismo, el funcionalismo o el culturalismo- darán cuenta de una realidad que no debe serles ajena y de la que no podrán tomar distancia.
Pensar en dividir a la sociedad de acuerdo a características étnicas y culturales particulares no es más que una estrategia para atomizar a los individuos, haciéndolos más susceptibles de ser dominados. Interpretar a ésta como un todo orgánico donde las partes se articulan con un estado o supraestado regulador, es una tarea mucho más audaz y que requiere un esfuerzo mayor. Si embargo, es la única forma de arribar a modificaciones substanciales en el orden capitalista enajenante y discriminatorio de las mayorías. Las diferencias culturales siempre existirán pero no pueden ser ideas rectoras de un análisis mucho más profundo, como el del orden económico mundial, la democracia representativa y un orden jurídico medular e igualitario.
A partir de la implantación de un orden que concierne estos aspectos se sentarán las bases para el edificio social, pero esto no es todo. Quedará mucho por hacer, como limar asperezas entre comunidades de intereses. La lucha y los enfrentamientos serán eternos, pero si se entablan dentro de un marco regulatorio estable e igualitario y en una sociedad sin barreras económicas, los resultados serán mucho más ricos que si se disputa el poder por el poder mismo.