El aula está especialmente ruidosa ese lunes, una persona desconocida entra por la puerta y se acomoda al frente de los alumnos pero nadie lo observa. Mueve una de las sillas y se sienta al lado de los ayudantes, muy callado, pasa inadvertido.
Permanece allí mientras la gente se acomoda, observa al derredor y cuando ya las miradas se empiezan a concentrar en su figura llega el momento de aclarar: soy Mario Bandin, jugador de ruleta profesional y vengo a contarles mi historia.
Es un hombre de pelo y bigotes canosos, de unos sesenta años que se conserva en plena forma. Viste correctamente pero con ciertos detalles de elegancia que lo destacan de una simple persona que cuida las apariencias. Un pañuelo asoma tres puntas del bolsillo superior del saco. Los zapatos lustrados relampaguean desde la bocamanga de su pantalón gris, los botones dorados de la chaqueta azul oscura le responden con brillos intermitentes. Se para al frente del escritorio y empieza a hablar.
- Juego a la ruleta, o en el paño como le decimos nosotros, desde que era un niño, también me gustan las cartas, el punto y banca es mi favorito y el más difícil. Me gustan aquellos que puedo dominar no como el bingo donde las bolas pueden estar trucadas y uno no tiene la forma de enterarse, no las controla y no hay estrategias que se puedan seguir.
Es un orador preparado, no le asusta tener una audiencia de cincuenta personas expectantes y cautivas por sus palabras. Se mueve como pez en el agua y sabe como captar la atención de sus interlocutores. No se traba ni tartamudea, sólo se balancea sobre sus talones con las manos en los bolsillos del pantalón.
- La ruleta tiene ciertos misterios para destacar, como por ejemplo, sabían que la sumatoria de todos los números del paño, desde el uno al treinta y seis, da 666, saben qué significa ese número…
La audiencia tarda en contestar y cuando lo hace ni se acerca al eje de la cuestión.
- El diablo…
- La mala suerte…
- El número de la bestia- interrumpe Bandín al ver que están lejos de atinar-, el cero es dios, nadie nombra a dios porque sale el cero. Es extraño pero es así, el paño tiene ese aire místico extraño. Todo el mundo tiene cábalas y amuletos, yo si veo un pájaro blanco sé que voy a ganar, no voy a una mesa donde hay un rengo o viejas, trato de entrar con el pie derecho al casino, el siete para mí es mortal, si veo una patente terminada en doble siete no voy al casino; tambien tengo una moneda, que es un pase privado para un casino VIP de Aruba que me regalaron, la uso de amuleto y la llevo a todos lados conmigo.
También tomo precauciones como no ir a mesas donde estén jugando gitanos o chinos porque se juegan todos y siempre los quieren reventar, así que si da la casualidad que justo caíste en una mesa con ellos es probable que te revienten a vos también.
Otra cosa que parece un mito pero que realmente funciona es la suerte de principiante, yo siempre trato de ir con alguien que vaya al casino por primera vez.
Una incógnita que surge casi automáticamente a la hora de hablar de apuestas y casinos es el límite entre la diversión, la compulsión y el “profesionalismo”, como le llama Bandin. Está dentro del imaginario popular que quién se mete en terrenos escabrosos como el alcohol, las drogas o el juego está en un camino sin retorno y la misma vorágine del vicio los lleva a la perdición.
- Hay que saber retirarse a tiempo, ahí está la clave. Siempre son cinco minutos, o cinco pases donde se gana lo máximo de la noche, el resto del tiempo se pierde, así funciona el Casino. Hay que tener un sistema y conducta -fórmula que será repetida y remarcada por el orador varias veces a lo largo de la charla- para aprovechar esos cinco minutos, si te quedás por entusiasmo gana el Casino.
Hay varias técnicas para ganar, yo escribí un libro sobre apuestas que, teniendo como base veinticuatro números, hay una posibilidad de noventa por ciento de efectividad a la hora de jugar. También se puede jugar de a dos, donde uno elige y pierde y el otro hace las apuestas fuertes, el que elige permanece mientras que el otro juega aisladamente, transformándose en banca y recuperando lo que el otro arriesga.
El jugador profesional no mezcla ni mujeres, ni alcohol, ni drogas, va a ganar. Hace poco una chica me desconcentró, perdí de vista mi estrategia y perdí un montón de plata.
El discurso suena muy creíble y convincente pero, cómo hacer para actuar tan fría y calculadoramente cuando de dinero se trata.
- Uno no juega con plata, juega con fichas para no visualizar lo que se pierde. Yo en un para de años perdí un millón de dólares. Se sale seco, hay veces que no podés comprar una coca de dos pesos y acabas de dejare cien de propina. Los valores se desdibujan y si se tiene paciencia dos pesos pueden ser de mucha utilidad. Hace tres meses estaba seco, me quedaban sólo dos pesos y me puse a jugar a la maquinita hasta llegar a los cien, después me fui a la rula y esa noche terminé saliendo con ocho mil. Todo es cuestión de paciencia y saber aprovechar esos cinco minutos que les mencioné, yo me he pasado veinticuatro horas adentro de un casino.
La timba es una cosa muy seria, no es joda, hay gente que se hace el mes ahí adentro. Por ejemplo, en ciertas horas van sólo tipos que estudian la ruleta juegan una vez, ganan su billete y se van hechos. Esos se los ve todos los días, pero no se envician, juegan para ganara y mantenerse, les aseguro que se puede si se tiene conducta. Eso sí, si perdés, tenés que irte, no insistir más porque ahí se te va todo a cualquier lado y gana el casino. Tenés que tener la cabeza lo suficientemente fría como para decir: mañana será otro día. Cuesta, pero no es imposible.
Bandin es un tipo de mundo, se le nota en la cara y en la labia, conoce el tema sobre el que se explaya y no hay resquicio por el que se le pueda hacer surgir una duda o incertidumbre, es un hombre muy confiado en sí mismo.
El mundo del azar, no obstante, es un terreno inestable sobre el que es difícil estar parado y donde las seguridades no abundan. Se tiene que estar acostumbrado a vivir de a rachas, como a bordo de una ola que necesariamente va a caer pero que es cuestión de tiempo para que se forme otra. El jugador profesional debe reconocer esta realidad y prepararse para perder cuando la racha sea adversa. Bandin reconoce haber perdido más de una vez pero desde que aplica su táctica -que se resiste a compartir- es más lo que gana de lo que pierde. Yo con mi estrategia puedo ganar tranquilo dos mil pesos por día, calculen que en un mes eso significa sesenta mil, si fuera constante.
En un mundo tan inestable e impredecible como el de “la timba”, las anécdotas aparecen sin buscarlas, están ahí, en cada casino de pueblo y, en el caso de un jugador de toda la vida, en cada recuerdo del pasado.
Bandin se acomoda la tira de sus anteojos ahumados -que no son de los que se venden por diez pesos en los quioscos de Constitución- sobre su camisa tan blanca que serviría para una campaña de jabón Ace y se prepara para hablar con entusiasmo.
- En la década del ’60 yo no tenía un mango y le pedí a un amigo que me prestara guita, al menos unos mangos para salir a tomar algo. El tipo me respondió que mejor me iba a pasar una fija: la carrera en la que corría un caballo que era de Cacaotero, el dueño de los casinos de Buenos Aires. No podía perder, estaba todo arreglado para que pague un vagón de plata. Yo tenía dieciocho años y no trabajaba, así que le robé a mi viejo la recaudación de tres días de negocio -eran sesenta mil pesos de aquella época, algo así como treinta mil actuales- y me mandé para La Plata. Gané cuatro bolsas de consorcio llenas de guita, imagínense que viví todo un año de derroche, me compré un departamento y un auto cero kilómetro. El quilombo que se me armó cuando llegué a casa, mi viejo me agarró a trompadas y me echó de la casa. Yo aprendí a jugar de chico porque mis viejos y mis hermanos también jugaban, no profesionalmente como yo pero jugaban.
Yo heredé ese amor por el juego de mis viejos, nada más que lo perfeccioné un poco. Mi papá una vez soñó con el cinco y se levantó sobresaltado a las doce de la noche, llamó a mi mamá y se fueron a Mar del Plata, pudieron jugar las últimas tres bolas y ganaron. Mi viejo ha llegado a tirar las llaves del auto al paño y perderlo o sea que sabía lo que era el juego y sus consecuencias cuando me agarró a trompadas aquella vez.
- Otra que me pasó, para que vean que así como se gana se pierde pero que el juego siempre da revancha, fue en Tacuarembó. Yo había ido a cobrar cinco mil pesos oro por un trabajo, me fui a Montevideo a jugar y me quedé seco, imagínense que la apuesta mínima del casino era de dos pesos y a mí me quedaba solamente uno. Me encontré con otro que estaba igual que yo, con un peso en la mano, mi desgracia era el siete y la de él el ocho así que las sumamos y le jugamos un pleno al quince, ganamos. Estábamos contentísimos cada uno por su camino, el viejo siguió ganando y yo me volví a secar así que el tipo me prestó unos pesos -hay un código entre apostadores de cubrir al que se quedó seco y antes te dio una mano- pero los volví a perder.
Me fui caminando hasta la estación porque no tenía ni para el colectivo, le vendí el pasaje a una señora desesperada por viajar y me compré otro para otro horario, volví al casino y perdí de vuelta. Me fui hasta Colonia y me registré en un hotel sin tener plata para pagar, le tuve que vender un saco que tenía, muy bonito, a un camarero. Cuando estaba en el bar de la recepción escucho a tres tipos que se quejaban porque les había fallado el cuarto para el poker, en seguida me prendí. Terminé volviendo a la Argentina con veintidós mil pesos en el bolsillo.
Yo aclaro que, a pesar de que en ese momento no me controlé, no llego nunca a perder la cabeza. Cuando uno juega tiene que tener siempre un resto en su casa, no jugar cosas vitales, esa es la diferencia entre el profesional y el compulsivo. Yo, por ejemplo, nunca he tenido deudas de juego porque me estaría jugando el honor si pido plata prestada para jugar y no para vivir.
- Vieron lo que les dije de cubrir al que se quedó seco, bueno, una vez en Aruba un tipo estaba jugando al Black Jack y perdía hasta que llegó el momento en el que si o sí le iba a salir la carta para ganar pero ya no tenía crédito para cubrir la apuesta asi que le presté tres mil dólares para que haga la apuesta. Terminó ganando. Esa misma noche me vino a buscar a las tres de la mañana al hotel para invitarme a Las Vegas en su avión particular, resultó ser el dueño del banco Unión de Caracas y estar lleno de guita.
- Otra anécdota fue en Tucumán cuando me quedé seco y tuve que llamar a un amigo que me mande plata para el pasaje en avión. El tipo se tomó un avión y me fue a buscar porque sabía que si me mandaba plata yo me la iba a terminar jugando.
Bandin es conciente que entró en contradicción con su antiguo lema de no jugar con el dinero prestado y no pedir para jugar, antes que nadie se lo aclare subraya por enésima vez su lema de no apostar cosas vitales.
- Tuve cuatro Rolex President, que cuestan algo así como veinte mil dólares. Todos ellos terminaron en casas de empeño o directamente en casinos. Total yo se que cuando vuelva a ganar me los puedo comprar, pero nunca jugaría una casa como he visto que hacen algunos en las timbas. Yo juego por plata, voy a ganar, me invitan a torneos e todo el mundo. Conozco todos los casinos de América Latina, los pocos de EEUU y algunos de Europa como el de Mónaco.
Yo cuando juego lo disfruto, gane o pierda, mi papá decía: “El que juega por necesidad pierde por obligación”.
Las miradas clavadas sobre su persona, los ojos desorbitados, incrédulos y sorprendidos, despiertan a Bandin ensimismado en su mundo de anécdotas. No quiere que lo vean como a un personaje extraño, simplemente como a un hombre de mundo que tiene mucho para compartir y que a pesar de tener un hobby que no es bien visto socialmente, no deja de ser alguien como cualquier otro.
Se ve en la necesidad de dar algunos datos sobre su vida privada, a pesar de aclarar que no se va a detener demasiado en detalles ya que no va al eje de la charla: “la vida de un jugador de ruleta profesional”.
- Yo en mi vida he hecho de todo, me entienden a qué me refiero, me case cuatro veces, viví al límite. No soy un bicho raro, simplemente que ahora lo único que me da placer son los casinos, los ruidos, los olores, me pueden. Es una filosofía de vida, la noche – fíjense el color verde de mi piel-, deambular por lugares desconocidos. Por ejemplo una vez fui a Cucuta, Colombia, por cuestiones de trabajo. No se imaginan lo que es eso, es tierra de nadie, todo lo malo que se puedan imaginar esta ahí. Se venden armas -de todos los calibres- en la calle, ni hablar de drogas o prostitución infantil que son moneda corriente. En esa ciudad fui al casino y gané bastante plata, como estaba lindo afuera me fui cvaminando al hotel. No se imaginan el escándalo que se armó cuando llegué, los empleados me tocaban para ver si estaba vivo, no lo podían creer, son las inconciencias que haces por no saber donde estas parado.
Otras actividades clásicas como el cine o el teatro me aburren, la adrenalina del desafío es lo que me puede, es inexplicable, es el hecho de jugar.
Yo desde los ocho años que considero estar viviendo gratis. A partir de ahí me han pasado cosas que han puesto en riesgo mi vida, me creo un tipo especial y no quiero que se tome como que lo digo de un modo soberbio sino simplemente porque lo siento así.
A pesar de que las preguntas apuntan a sacar datos personales (la eterna indiscreción del ser humano) como por ejemplo qué auto tiene, de qué trabaja, cómo divide su tiempo entre la timba y el trabajo, qué opinan sus mujeres de que sea un aficionado a la ruleta; Bandin se las ingenia para llevar la charla por donde el quiere, al terreno que más le place. Aclara por enésima vez que el motivo de la charla es la actividad como jugador profesional y no su vida privada.
- Les repito que la fórmula para ganar a la ruleta es tener un sistema y conducta, con esos dos elementos siempre presentes se le puede ganar al casino, si no es muy difícil. Si a esto le sumamos el pálpito del jugador, es muy probable que uno termine saliendo con plata en el bolsillo. El pálpito es algo que tiene el jugador, se siente, uno entra y sabe que esa noche se lleva el casino entero sin quiere, se sienten los números. No se aprende en ninguna escuela, se logra luego de muchos años de mirar el paño, estudiar los tiros y, por sobre todas las cosas mirar al crupier con detenimiento. Hay que fijarse cómo tira el tipo para ver cuantas vueltas va a dar la pelota antes de chocar con los diamantes y caer. Así uno calcula a qué altura va a estar el número ganador y le juega, los crupieres siempre tiran igual con la misma fuerza, no es difícil verle la mano.
Igual hay ciertos números que son salidores siempre y que uno, si quiere jugar a seguro, los tiene que tener en cuenta. El cinco, el cero, el ocho, el diez, por decir sólo algunos.
Hay formas de jugar en las que no se puede perder, por ejemplo, si uno lleva ciento ochenta pesos y juega fichas de a cinco pesos a pleno a un número, tiene treinta y seis apuestas para hacer. En esos pases tiene que salir el número sino sería un aborto de la naturaleza, por lo que como mínimo uno se lleva treinta pesos de ganancia, suponiendo que gane en el último tiro, si gana antes mucho mejor se lleva mucho más de lo que perdió.
La explicación oral le suena algo escueta así que agarra una tiza y esboza un garabato en el pizarrón. Luego de varios intentos logra dar con una especie de paño de ruleta, allí distribuye sus fichas imaginarias para explicar estrategias de juego.
Agarra la tiza con la punta de los dedos y se acerca lo menos posible al pizarrón. Escribe con el brazo extendido, como si el pizarrón lo fuera a quemar si se aproxima más de lo previsto. Luego de escribir se limpia cuidadosamente los dedos y pro sigue con su discurso.
- Igual les aclaro que la que esta acá dibujada no es mi táctica, la mía sólo la se yo y mi hija, a la que también le gusta jugar y tuve que enseñarle algunos trucos. Por suerte a ella también le gusta el paño porque en realidad los otros juegos no dependen de uno. Por ejemplo las maquinitas son muy engañosas, las cartas me despiertan sospechas, acá en la Argentina no se puede ganar al Black Jack, en otros lados por ahí te tiran un veintiuno pero acá siempre gana la banca, no se por qué.
Yo tengo en cuenta todo antes de sentarme en un lugar a jugar, soy muy susceptible con los tratos, me fijo adonde voy a jugar, a los casinos municipales como el de Mar del Plata, por ejemplo, no se puede ir. Hacen todo lo posible para que pierdas y te vayas. Da para que desconfíes, cuando puedan te van a reventar. En el casino privado, en cambio, te regalan cosas, pavadas como ceniceros, lapiceras, te sirven tragos gratis porque quieren que juegues no importa que ganes o pierdas. Son pequeñas atenciones pero que aportan mucho si uno pasa ahí adentro mucho tiempo.
Hola, me interesó lo que cuenta esta persona Mario Bandin.
Se puede acceder a más información o conocer el libro que dice haber escrito?
Gracias.