Todo es muy tranquilo y silencioso, hay una quietud en el ambiente que presagia que algo está por ocurrir, tiene que ocurrir. Por la diagonal 74 ya no pasan transeúntes -y eso que son tan sólo las nueve de la noche- nada más autos a gran velocidad que suben a la autopista Buenos Aires- La Plata.
La entrada a la guardia del Hospital Rossi no está anunciada ni señalizada, solamente un camino con dos carriles que desciende desde la calle principal hasta una entrada a veinte metros por debajo del nivel del suelo.
En el aire se respira soledad, dos guardias sentados en un banco de plaza contemplan el hueco de salida mientras cuidan los autos del estacionamiento como vaqueros de película del lejano oeste que acechan desde el porche de una vieja casa de madera. Miran sin mirar, no charlan entre ellos pero igual se dirigen miradas amistosas. Visten uniformes color marrón opaco que, bajo los tubos fluorescentes del techo, son aún más deslucidos. Los pantalones -más oscuros que la camisa- .son de talle único por lo que la mujer tiene que subírselos varios centímetros por encima de la cintura para no pisárselos, el hombre se las ingenia para no ridiculizarse con la vestimenta.
Un perro se despereza y asoma la cabeza por entre las piernas del guardia que lo acaricia fuertemente, las orejas se le sacuden y mueve la cola festejando el torpe mimo. En seguida se vuelve a las sombras de las tablas del banco.
El calor es insoportable, la gente de la sala de espera sale a tomar un poco de aire al estacionamiento donde aún corre una leve brisa. Cada vez que se abre la puerta de la guardia un fuerte olor a medicamentos impregna el aire.
Un hombre de unos treinta años de mediana estatura, flaco y desgarbado, baja en cueros por el camino de autos. Trae la mano atada por un pañuelo colgando contra el pecho, no tiene heridas visibles y camina como pisando vidrio, cada paso que da repercute en su cara, sus ojos se cierran y sus dientes aprietan a medida que va bajando hacia la salita.
- Discúlpeme jefe me puede decir dónde es la sala de primeros auxilios.
- Ahí- el guardia le señala un cartel lo suficientemente grande como para que entren las letras que componen el nombre “guardia”, pero no mucho más.
- Ah, perdón, no lo había visto.
- Abra los ojos entonces- el guardia se da cuenta en seguida de la ironía del recién llegado.
- Muy amable, para variar. Hasta luego y buenas noches.
El guardia se limita a contestar llevándose la mano a la gorra y haciendo una especie de improvisada venia.
La sala de espera de emergencias es de tres metros por dos. Dos de sus paredes están ocupadas por decadentes bancos, la mayoría de los cuales les falta respaldo. Da impresión sentarse en ellos, pero los pacientes esperan acostados como si fueran sofás de pluma de ganso, apoyan sus espaldas contra los grises azulejos ya marrones de la mugre. Un vidrio con un agujero en el centro sirve de recepción, una gorda con gestos fuertes y cara de pocos amigos le ladra a los que llegan. Se acoda del otro lado del mostrador y espera ser provocada para lanzar monosílabos entrecortados. A sus espaldas hay una pared cubierta por carpetas negras con archivos. A los lados de la ventanilla hay dos carteles de “prohibido fumar ley 11.241”, como si la cara de la gorda no fuese suficiente advertencia.
- Tenés que anunciarte, nene- un chico trata de abrir la puerta vaivén que da a los consultorios. Al estar trabada se queda forcejeando, la gorda lo mira y lo deja un rato antes de advertirle.
- Huy perdón, pero pensé…
- Si que te iban a estar esperando a vos.
- No lo que pasa es que no vi a nadie en la ventanilla y pensé que…
- Bueno, bueno. Deja de explicarte y anunciate así te sentás a esperar tu turno.
El muchacho le da los datos: nombre, domicilio, documento. La mujer los apunta en un cuaderno largo color sepia y lo manda a sentarse. En seguida, anuncia:
- Gómez…Gómez…ya se fue Gómez -silencio- alguien que haya venido con Gómez -silencio- bueno…Ravainera…
Se abre la puerta que da al estacionamiento y entra un médico con un agua Ser en la mano. Tiene puesto un delantal azul y camina sin apuros, la cara delata que ha dormido poco en los últimos días pero su ánimo trata de disimular la carencia. Su uniforme despide un fuerte olor similar al que impregna la sala que, por cierto, con el tiempo se llega a incorporar como natural hasta que otro más fuerte recuerda su presencia. Se detiene enfrente de una niña de unos cuatro años que hace pucheros agarrada de la mano de su madre, la mujer hace esfuerzos vanos por tratar de tranquilizarla y respira aliviada cuando aparece el doctor.
- Que carita, mamita, tan feo soy.
- No…- la niña esboza una especie de sonrisa que no alcanza a tapar el puchero que hasta ese momento es el protagonista principal de la escena
- ¿Cómo te llamás?
- Mónica.
- ¿Querés un poco de gaseosa?
- No, gracias.
- Que te pasó, ¿Te duele algo?
- No, nada, pero mi mamá me trajo igual.
El médico le da pie con la mirada para que la madre haga su descargo.
- Es que se clavó un clavo en la planta del pie. Por andar callejeando en una obra abandonada de al lado de casa. El agujero es chiquito pero el clavo estaba todo oxidado…
- Ah…entiendo, se trata de la anti ¿no?
- Claaaaro. Lo que pasa es que no quiero berrinches antes de tiempo, le dije que era para revisarla nomás.
- ¿qué decís ma?- la nena desconfía de las intenciones de su madre y lo hace notar con sus ojos inquisidores.
- Nada nena, nada. El doctor dice que no es nada, como yo te había dicho pero igual te quiere revisar.
- Aja… ahora esperame un ratito que ya te llaman y pasás, ¿eh?- se despide de la madre con un guiño de ojo, acaricia la cabeza de la niña y se va por la puerta vaivén.
- Viste que es bueno el señor, no te va a hacer nada malo.
- Pse.
Se suceden los paciente en la sala, se renuevan inevitablemente, personas de todas las edades, tamaños y colores; acompañados o solos; desesperados o rutinariamente. Ahora entra un joven de unos quince años visiblemente borracho, la madre lo trae tomado del brazo y le grita a medida que entran a la salita. Parece no importarle que la gente los mire. El chico esta en cuero, maya y ojotas, con los ojos desorbitados mira hacia delante y empieza a sonrojarse cuando nota que su madre es el centro de la escena en la guardia. Lleva vendada la rodilla izquierda, pero la espesa y rudimentaria venda no logra contener la sangre que brota por los extremos, parece no importarle el hecho, está más preocupado por calmar a su madre que por su estado. La mujer va a anunciarse a la ventanilla y se encuentra con la gorda, dos potencias se saludan.
- Ahora vas a ir a llamar a tu padre y le vas a contar lo que hiciste con el auto- le señala el teléfono público esta colgado en la pared detrás de la puerta de entrada.
- Pero ma, es al pedo. Deja que yo lo arreglo cuando llego…
- Vos no podés arreglar nada porque sos un pendejo pelotudo. Así que hace lo que te digo- le alcanza una moneda de veinticinco centavos y lo empuja para donde esta el teléfono.
- Te digo que…
- Dale si sos tan machito para tomar como tomas, se macho para enfrentar a tu viejo, yo no quiero quilombos por tu culpa.
- Yo le voy a decir, pero no ahora…
- Sabés que, ya tuviste tiempo de decidir antes y lo hiciste mal. Acá están las consecuencias, así que ahora vas a hacer lo que yo te diga o te parto la cabeza, ¿me escuchaste?
- Ta bien…-el chico se va al teléfono y hace como que llama. Aprieta un montón de números y espera.- No me atiende, debe haber salido…
- Nooooooo, me estás tomando por idiota a mí. Sos igual que tu padre al final, acá nadie se hace cargo de nada. Pero yo te voy a sacar bueno, va a ver.
- Te digo que es al pedo, llamar ahora.
- Listo me cansaste, le voy a decir yo. Pero la paliza que te van a pegar va a ser inolvidable, acordate lo que te digo.
- No ma, por favor- al chico se le van todos los vestigios que pudieran quedarle de la borrachera y empieza a lagrimear.
- Después hablamos…- parece que se ha dado cuenta del papelón que están haciendo y decide terminar con el show, aunque un poco tarde.
Nadie notó que, ante el escándalo, uno de lo guardias se había asomado a la puerta y miraba la situación con intriga más que con ánimos de intervenir. Al finalizar todo le dirigió una sonrisa cómplice a la gorda de la ventanilla que le respondió girando la cabeza hacia la pared. En ese momento entró un hombre de unos cuarenta años, vestido con camisa escocesa abierta hasta el ombligo, con un vaquero gastado y borceguíes cerrados encima de la bocamanga del pantalón. Empujaba un carrito como el del supermercado alto y angosto, adentro llevaba termos con café y sándwiches de milanesa envueltos en papel transparente. Ofreció pero nadie le compró nada, saludó cortésmente y se retiró de la salita.
Se abre la puerta vaivén y sale una vieja que tenía todos los años que puede llegar a tolerar un ser humano, caminaba encorvada lo que la hacía más pequeña aún de lo que era – mediría un metro y medio como mucho. Tenía la cabeza cubierta en canas, al menos en los lugares en que le quedaban pelos, llevaba puesto un vestido de flores arrugado y las medias caídas sobre el tobillo tapaban los zapatos chatos que arrastraba a cada paso que daba. Tardó diez minutos en recorrer los tres metros que separan la puerta vaivén de la de salida, afuera la esperaba un taxi con las balizas puestas, subirla a él fue toda una empresa para la enfermera que la acompañaba. Le abren la puerta y se sienta con las piernas colgando afuera, luego el taxista le levanto las piernas y la hizo girar en círculo para poder cerrar la puerta. La enfermera le entregó un sobre marrón al chofer y se fue. La viejita la mira desde la ventana sin siquiera levantar la mano para saludar, su lengua no para de salirse de la boca, empujando el labio inferior hacia delante como una lagartija.
El taxi empieza a subir por la pendiente y casi choca con un Pointer blanco que bajaba a toda velocidad por el carril contrario. El recién llegado largaba un espeso humo negro por el caño de escape que en pocos momentos inundó todo el lugar de un olor difícil de aguantar. Al volante viene un médico de delantal blanco que le pregunta al hombre de seguridad si hay mucha gente en la guardia. La respuesta es siete personas, entonces el hombre maniobra su auto y vuelve a subir rumbo a la calle.
Una vez que desaparecieron los autos y la guardia se tranquilizó un poco el barrio vuelve a la tranquilidad del principio, el movimiento y el ruido viene todo del hospital, nada ocurre en los alrededores.
Llega la ambulancia sin sirena pero a gran velocidad. Baja un chico de unos veinte años en silla de rueda, lo acompañan tres amigos de similares edades. Todos visten de manera similar, con camisetas de fútbol pantalones cortos y medias largas con botines para césped sintético. El de la silla de rueda trae uno de los botines sobre la falda y un pie al descubierto que esta visiblemente hinchado y morado.
- Che, loco, te hiciste mierda- le dice uno de los que lo acompañan, mientras los chóferes hablan con la gorda de la ventanilla.
- Si, sentí como me sonaba el tobillo. Es horrible- mientras habla con sus amigos responde las preguntas que le hace el chofer: apellido, dirección, documento, de qué cancha de fútbol había venido, aunque ya lo supiera.
- Te dije que te la iban a dar- el otro compañero no quiere quedar afuera de la conversación.
- Si, pero no así, el muy mala leche me la pego de atrás no lo vi venir que si no se la pongo. Que garrón, para colmo mañana tengo que ir a laburar y voy a tener que estar postrado en la cama.
- Jodete, por tirar caños…
El herido suelta una carcajada ruidosa y en seguida se agarra el tobillo.
- Bueno, che, tampoco exageres que no debe ser para tanto.
- A no, mirá como tengo. Encima hablas vos que el otro día te cortaste haciendo la ensalada y poco menos tuvimos que internarte, maricón.
Nueva carcajada.
Los médicos no tienen respiros, se asoman por la puerta vaiven que abren -para llamar a nuevos pacientes- a patadas y la dejan bailando. Los rostros agotados empiezan a asomar pero no dejan de sonreír a los pacientes. La mayoría de los que atienden son jóvenes que no pasan los treinta años, se ven pocos médicos grandes y, los que aparecen, duran unos pocos minutos en la guardia y salen rumbo a otra parte del hospital.
Una chica flaca de unos veintitres años confiesa que por las noches no hay profesionales dando vueltas. Ella está en cuarto año de medicina y hace prácticas en el hospital como parte de la carrera, la controlan los que están haciendo la residencia que no son mucho más grandes que ella. Las prácticas son rotativas y a le ha tocado situaciones peores como la del hospital de Berizzo, donde ella misma presenció como los médicos de experiencia mataban el tiempo con alcohol mientras que los residentes no daban abasto para atender a los pacientes de la guardia.
Entre una vieja apoyada en un bastón con un trípode en un extremo y una aparatosa manopla en el otro. Trae una bolsa de nylon colgando del antebrazo, que en seguida apoya en uno de los asientos de la sala de espera. Es muy pequeña, se sienta y las piernas le quedan colgando sin tocar el suelo; entrelaza las manos sobre las rodillas y balancea los pies como si estuviera bailando. Al verla, la gorda se compadece -o no- y la intercepta con su discurso habitual (“tiene que anunciarse”) pero la mujer no presta atención.
- Abuela, ¿me escucha?
- Ah…que… ¿me habla a mí?
- Si, que tiene que anunciarse si quiere que la atiendan porque ahora están todos ocupados.
- No, no, yo vengo a buscar a alguien. Es una chica joven, rubia, bonita, que tenía puesto un…
- El apellido dígame, más fácil.
- Ludueña. Ya tiene que haber salido porque…
- A ver, déjeme ver.
- Si acá está, salió hace cuarenta minutos.
- Vio le dije. Pero, ahora que hago. ¿Estaba bien ella?
- Supongo, por algo salió.
- ¿El teléfono ese anda?
- Si.
- Bueno, muchas gracias.
- …
El calor de la noche se hace cada vez más insoportable. La gorda sale de atrás del vidrio y deja ver por primera vez su enorme humanidad, agarra una roca que había debajo de uno de los bancos y traba la puerta de entrada para que entre brisa de afuera. Un buen gesto.
En el extremo de la hilera de sillas hay un joven que hace media hora está sentado solo con un parche en el ojo. Nadie lo atiende pero no parece impacientarse, mira alrededor y no baja nunca la cabeza, tiene una mirada fuerte, pesada, intimidante, parece que aún después de lo que le ha ocurrido en el ojo le quedan ganas de pelear. Lleva puesta una campera de cuero negra y la barba larga hasta el pecho, sólo le falta la moto y una inscripción que diga “Hells Angels” en la espalda. Lo llaman, se para rápidamente y saca de abajo del asiento un casco, no sorprende a nadie. Pasa por delante de una muchacha aparatosamente vestida a quien dirige una penetrante mirada.
La joven esta sentada hace rato también, pero la inmensa humanidad del motoquero la tapaba y no dejaba que se luzca la producción de su vestuario. Lleva puesto una campera que no le cubre ni los pechos (de una talla para un niño de seis años) abajo una remera con dos grandes y cuidados agujeros en la panza; de la cintura para abajo la cubre una pollera escocesa que, junto con la campera, podrían ser parte del vestuario para una chica de seis años, medias de red negras y unas botas de cuero brilloso hasta la rodilla. La cara no tiene desperdicio, todas las partes que pudieran ser agujereadas están llenas de aros, el pelo se lo han cortado a los tirones y los ojos casi no se ven tras un fuerte maquillaje negro que le ocupa casi todo el párpado.
Está esperando a alguien, se impacienta y le va a preguntar a la gorda, que la ve venir y agarra rápidamente una revista “Gente” tras la que se oculta. La chica igual golpea el vidrio y la mujer dice que no la puede ayudar que se siente y espere que el novio ya va a salir. En ese instante, se abre la puerta y sale un joven del estilo -si se puede llamar estilo- de la muchacha. Las características se repiten, ropa ajustada, aros por doquier, rimel y tatuajes como nuevo ingrediente (todo muy asexual). Se saludan y le pregunta que tenía.
- Me dijo que no era nada.
- Viste que te dije, pero ni siquiera una fisura un hueso roto nada- le mira la mano que lleva colgando de un pañuelo.
- Nada, la verdad es que no entiendo porque casi no la puedo mover. Pero mirá, acá están las placas y dicen que no tengo nada- sacude un sobre marrón.
- Como se te van a cagar de risa cuando volvamos a casa…
- No les doy bola, que digan lo que quieran.
- ¿Vamos en taxi?
- No, caminemos. Que apuro hay.
Una nueva vieja se asoma por la puerta, ya quedan pocas personas en la salita, así que tiene que esperar poco. La acompaña un joven que lleva una cara visible de fastidio.
- Ma, te digo que no tenés nada. No podés venir a joder a los médicos cada vez que te sentís rara.
- Vos que sabés lo que siento. Te digo que tengo taquicardia y a mi edad es peligroso.
- Ya lo se, y me preocuparía si no fuese porque día por medio tenés algo.
- Que me querés decir que invento.
- No, ma… pero por ahí exagerás un poco las cosas.
- Le tendría que haber dicho a tu hermana que me acompañe…ella no se queja de nada pobrecita.
- Lo mismo digo. No se queja porque siempre el boludo que está de acá para allá con vos soy yo. Pero mejor dejémoslo ahí porque vamos a terminar discutiendo como siempre.
En ese momento sale el médico que en seguida la reconoce y se acerca.
- Hola doña ¿qué le anda pasando?
- Nada, ¿qué le va a pasar?, esta aburrida y no me quiere dejar ver el partido del “pincha” en paz- interrumpe el hijo.
- Callate que a vos nadie te habló, mal educado. Tengo taquicardia y me siento un poco mal.
- A ver, trajo los análisis que le hicimos la última vez.
- Huy, me los olvidé.
- Pero, la voy a tener que poner en penitencia. No me hace caso.
- No sea…
- Bueno pase, que me voy a hacer un tiempo para revisarla. Ya me estaba yendo pero vamos que la revisamos. Ya te la dejo para que te la lleves y puedas enganchar al menos el segundo tiempo…
- Grande flaco- le levanta el pulgar el hombre.
- ¿Viste que es un dulce el doctor?- la vieja lo mira al hijo de una forma intimidante.
- Vos anda, dale, apurate, así vamos a casa.
En la pared del fondo de la sala hay una puerta negra de metro y medio de ancho. Está cerrada sin picaporte y la pintura se ha salido en varias partes a causa de inscripciones hechas con elementos punzantes. Permaneció cerrada hasta las diez de la noche cuando una mujer oficial de la policía la abrió y atravesó una especie de camilla para evitar que nadie pasara por allí. Se trajo una silla y se sentó del otro lado, abrió un libro de apuntes y se puso a repasarlo, no habló con nadie hasta que llegó una camilla del exterior y la hicieron pasar por donde estaba ella.
- Y este, ¿Dónde lo levantaron?
- Ya empiezan a llegar los primero heridos de la cancha- el camillero le habla mientras empuja la camilla adentro del hospital donde otros médicos la agarran y se la llevan.
- Que, desde el bosque lo trajeron hasta acá.
- No, llamaron desde la panchería de la estación de trenes.
- ¿Contra quién jugaba Estudiantes hoy?
- Contra Arsenal, así que todos estos se deben estar volviendo para Sarandí. Igual no se si fue que se pelearon entre las barras.
- ¿Qué es lo que tiene?
- Herida de arma blanca.
- Ah.
Entra una muchacha y le pregunta a la oficial si sabía de un hombre que había entrado por un choque de autos. La policía le señala amablemente la mesa de entradas para que pregunte. La chica esta desesperada, busca a su tío, le acaban de avisar por teléfono del accidente y no lo puede encontrar, ya fue al hospital Gutiérrez y al San Martín. Lo atiende la gorda, que tarda en venir porque estaba fuera de la ventanilla acomodando unos archivos.
- Qué te pasa, nena.
- Busco a mi tío. Me avisaron que estaba en algún hospital, no se que hacer porque del miedo y la sorpresa ni pregunté dónde podía estar y ya me recorrí toda la ciudad buscándolo…
- A ver, decime el nombre de tu tío.
- Manuel Ruiz
- Esperá que me fijo, ¿a qué hora te dijeron que fue?
- No me dijeron nada solamente eso.
- ¿Qué le pasó?
- Ni eso se, es algo con los autos, no entendí si era un choque o lo habían atropellado. Hace tres horas que tendría que haber llegado a casa.
- No, mirá acá no tengo a nadie registrado con ese nombre. No te puedo ayudar.
- Pero, que hago…-la muchacha estaba a punto de ponerse a llorar sobre el mostrador y la gorda seguía inmutable.
- Lo que te recomiendo es que vayas a la policía y que ellos te informen es más seguro, ¿sabés si tenía obra social?
- Creo que sí, bah no se, estoy mareada.
- Te pregunto porque puede que lo hayan llevado a una clínica.
- Si, puede ser.
- Andá a la policía. Haceme caso.
La chica no termina de darse vuelta que la gorda le hace un gesto de fastidio a la mujer que esta del otro lado de la camilla en la puerta negra.
Son las diez y media de la noche y las palabras de la mujer policía empiezan a verse en los hechos, los heridos de la cancha comienzan a llegar, hay para todos los gustos y se diferencian de los demás porque vienen vestidos con ropas características y muy agitados. Son difíciles de manejar porque muchas veces los traen sin que quieran y no quieren dejarse atender, especialmente a los borrachos. Uno de ellos entra con un fuerte golpe en la cabeza que le ha abierto un tajo que despide mucha sangre, a gatas se mantiene en pie y trata amistosamente a todos los médicos. Habla pausadamente, casi deletreando cada palabra y repite las cosas una y otra vez, todo el personal del hospital se sonríen de costado (todos menos la gorda de la mesa de entrada) para que no se ofenda pero igual el borracho no se da cuenta de nada, es más en una que otra oportunidad devolvió la sonrisa sin darse cuenta de que el motivo de burla era él mismo.
- ¿Qué pasó papá?
- Nada, le ganamos a los putos de Arsenal, son hijos.
- Viste cómo tenés la cabeza.
- Que grande el Burru, yo le tenía fe antes que viniera sabés, todos me decían que era un invento pero yo no.
- A ver me dejás revisarte- el doctor atina a tocarle la herida para ver la profundidad.
- Epa- corre la cabeza para atrás y se golpea contra la pared que hacía de respaldo de la silla de la sala de espera.
- No querés acompañarme, adentro a ver si ponemos algo ahí para que deje de sangrar.
- Vos que mirás- el borracho se levanta mirando a la policía que lo mira desde la puerta negra- ¡botona!
- Dale vení acompañame- le toma el brazo y lo lleva a través de la puerta vaivén.
El borracho obedece, pero ya no mira al doctor, no le quita los ojos de encima a la policía, que lo ignora.
- ¡Botona!
- Vamos hombre, que no queremos problemas acá adentro. Te coso y te vas a festejar por ahí.
- Aguante el Burru.
La noche ya esta en plenitud y el calor no afloja. La gente no deja de caer y los muchachos que hacen la guardia no tienen respiro, se toman intervalos mínimos para salir hasta el kiosco a comprar alguna gaseosa y se mantienen a fuerza de mateadas y cafés cargados.
Afuera, el estacionamiento sigue tal cual estaba cundo empezó la noche. Los dos guardias de seguridad reposan en un banco de plaza y miran para el portón de entrada. La calle sigue desierta y el silencio es cada vez mayor (si esto es posible), cada vez menos autos entran al playón, la gente viene caminando o en ambulancia. Los guardias contemplan la nada con una fascinación digna de admirar. El perro se asoma de abajo del banco pero no hay nada que lo atraiga, se vuelve a acostar. El guardia le tira una pelota que le rebota en el hocico, el animal levanta un ojo incomprensivo que se cierra para dar paso a un pesado sueño.