Caminando once cuadras desde el centro, cruzando las vías del tren, del otro lado de la ciudad, se llega al hipódromo de La Plata. Su fachada está visiblemente deteriorada, dominada por graffittis y publicidad de campaña. Un portón verde y una puerta son las únicas vías de acceso.
Un vigilante lee el diario en una reposera, lleva puesto lentes de sol y el pelo desalineado. Se levanta perezosamente cuando llega un joven con un caballo y le pide que le abra la puerta. Levanta el portón con la punta del pie para que no se arrastre y separa una hoja de la otra lo suficiente como para que el animal pase en diagonal. Saluda con la cabeza y retorna a su asiento.
Apenas se ingresa al predio se observan tres grandes galpones que van disminuyendo en magnificencia a medida que se acercan a la pista de carreras. El primero tiene un rosetón encima de la puerta de acceso, el techo oculto bajo guardas onduladas cual corte de pelo entresacado; enfrente de su puerta de entrada hay un viejo surtidor de nafta cuadrado y petizo, adentro sólo se ven camiones y camionetas. El segundo es más rústico, tan sólo un techo a dos aguas de chapa con paredes de material despintadas. En la puerta hay un cartel que dice talleres al lado de una rampa de césped que termina en un corte sobre el vacío; en el interior hay tractores de gran tamaño y máquinas para mover y pisar tierra. El tercero ya es tan sólo cuatro columnas de metal con un techo en forma de arco, bajo su protección hay dos carros verde y blanco de diez metros de largo y dos de alto con compartimentos separados, son las gateras para la salida de las carreras.
Desde el portón verde de entrada hasta las tribunas hay una calle asfaltada que marca el camino de acceso. Son las dos de la tarde y no hay mayor movimiento en el interior, así que se puede circular con tranquilidad por el medio de la calzada. Transcurridos cien metros se llega a la primera tribuna, pero no hay nadie en ella, tampoco a sus alrededores, las ventanillas de apostadores están cerradas y el parque que separa las tribunas del tablado está abandonado, se siente un fuerte olor a orín.
Todo allí es muy gris y triste, el sol picante de la tarde no ilumina este sector, ni siquiera la pista de carreras se ve desde aquí. Parece ser que se ha corrido el hipódromo unos metros y no le informaron a las edificaciones que quedaron arrumbados como huellas de un pasado mejor. Enfrente de la tribuna hay una casita alpina pequeña con todo el frente vidriado, está vacía, como todo a su alrededor. Es de ladrillo visto y las partes de cemento están pintadas con un tomo anaranjado que combina con el rojo fuerte de todo el resto. Un cartel en el frente anuncia: Parrilla sandwichera.
Un cerco de macrocarpa de un metro de alto anuncia el movimiento. Otro policía vigila el estacionamiento de motos y bicicletas, al que le sigue el estacionamiento para empleados, que está protegido por un alto techo rojo con fachada de vidrios pequeños, la mayoría rotos a piedrazas. A continuación están las populares y aparecen los largavistas apuntando al óvalo de tierra.
Un hombre revisa cuidadosamente el suelo y levanta boletos de jugadas viejas, los chequea y los vuelve a tirar. Al ser observado disimula y se aleja por la vereda. Esta vestido con un baquero un par de números más grande sin cinto que se lo sube a cada paso que da, del bolsillo de atrás asoma un trapo sucio, fuma como un condenado y su forma de andar transmite nervios de sólo mirarlo.
Atrás de las populares están las primeras ventanillas habilitadas, las protege una carpa de lona amarilla con ventanas transparentes que hace efecto invernadero. Afuera la temperatura es agradable pero bajo ese toldo el calor es insoportable pero a nadie parece preocuparle. Un televisor transmite la carrera y cinco viejos contemplan en silencio los acontecimientos sentados en bancos de madera verdes, de unos cuatro metros de largo. El silencio se interrumpe cuando se acercan a la meta, alientos e insultos surgen de la nada, personas hasta ese momento simpáticas y hasta inofensivas se transforman en fieras incontrolables que vociferan sin control.
- Te dije que para mí ganaba Vicente, si me escucharas un poco más Leopoldo- le dice una mujer a su esposo mientras le pasa un mate lavado.
- Por favor, mujer, no me jodas, sabes que me pongo loco con esto. Si era una fija el tres y vos viste cuando lo anunciaron. No me lo digas ahora que ya no podemos hacer nada- le responde sin mirarla, mientras tanto se limpia la frente con un pañuelo que saca de la solapa de su saco.
- Pero si te lo dije antes.
- Basta no me digas más nada es temprano y después sabes como terminan éstas cosas.
- Tenga paciencia hombre- guarda enojada el mate en la canasta de mimbre, donde lleva un tremo y un tupper lleno de pastelitos con dulce de membrillo.
Bajo la carpa el calor se transforma en calidez, todos conversan ahora que no hay carreras y se forma una especie de gran familia. Las ventanillas reabren y los cinco viejos esperan que las apuestas se realicen para ver quién es el favorito. La ventanilla es un rectángulo de unos cincuenta centímetros de alto donde una persona se encarga de sacar todo clima de candidez con sus malos modales y gesticulaciones.
Dos apostadores conversan apoyados sobre un cartel que dice: Resolución 3384/04: Jugar compulsivamente es perjudicial para la salud. Uno de ellos lleva una boina escocesa roja y negra volcada sobre un costado de la cabeza, los lentes los lleva colgando de una tira sobre el jersey beige, guarda las manos en los bolsillos traseros del pantalón y se balancea sobre sus talones al hablar. El otro lo escucha con atención, le falta tomar nota para ser un perfecto alumno, el pelo le crece sólo a los lados de la cabeza como una herradora gris y tiene una venda que le cubre gran parte de la frente.
- Si gana el tres me voy del hipódromo, ya te lo digo- dice el de boina.
- Usted dice…
- Pero claro hombre- interrumpe.
- ¿Y a cuál es la fija para ésta?
- Por supuesto que el dos, que te parece. Ese potrillo no me dejo pagando nunca, haceme caso.
- A mi me dijeron que el tres es más que el dos. Pero los cuatro kilos de más que tiene el pibe me hacen dudar- retruca el de la venda sin terminar de perderle el respeto a su interlocutor.
El de boina no le contesta, mira para otro lado y saca la lista de carreras del bolsillo y la repasa. La voz por los altoparlantes anuncia que quedan tres minutos para que cierren las apuestas, cada uno hace sus apuestas sin comentar nada al otro y vuelven a sus bancos para seguir la carrera por la tele. Una campana anuncia la largada y los caballos los mil metros del premio INCAPARAI. Llega primero el número ocho, cuarto el número tres y quinto el dos. Silencio sepulcral.
La carpa amarilla es visitada por los que apuestan, que luego dan la vuelta y se sientan en las tribunas, sólo estos cinco personajes se quedan allí. En la popular la cosa es distinta, pocos se cuidan de gesticular y casi nadie habla con el otro. El aire es tan denso como en un lugar cerrado, el humo de los cigarrillos parece quedarse flotando en el aire sin moverse. Los estrados son de cemento pero recubiertos por maderas, como las de los bancos de plaza, bastante cómodas para tratarse de una popular gratis. Los años y el uso le han dado una curvatura interesante a las tablas, parecen hechas a medida. Atrás de la tribuna hay una galería vidriada, son las cabinas de transmisión. Una cámara de televisión se acomoda para filmar la próxima carrera.
Están repitiendo el relato de la carrera por los altoparlantes. Un locutor apasionado grita las posiciones de los caballos, llamándolos por su nombre y se emociona al borde del colapso cuando llegan a la meta.
La tribuna queda semivacía cuando la voz oficial avisa que quedan tres minutos para que cierren las apuestas, la gente se agolpa frente a los televisores que anuncian a los favoritos y luego se vuelven a amontonar frente a las ventanillas. Suena la campana y retornan a la tribuna, ¡largaron! El relator vuelve al ruedo, nadie más habla durante los treinta segundos que dura la carrera.
Gana una fija: Cristian Fabricio Quiles, que paga 2,25 centavos. Un hombre canoso de espeso bigote baja corriendo por las gradas gritando y agitando una revista. Tiene los ojos vidriosos, la voz difónica y no se preocupa por cuidarla. Las venas del cuello se le hinchan, parecen enredaderas que trepana hasta el bosque de su tupido cabello, mientras grita: Vamos Quiles nomás, vamos viejo Quiles nomás.
Otro parate, la voz invita por los altoparlante, como lo ha hecho durante toda la tarde y lo seguirá haciendo, a la gente a presenciar el espectáculo de tango en el salón central de exposiciones de la tribuna oficial. Actuará Paula Gal y Marcelo Miró con su show “Tango y romance”.
Pasando otro cerco de macrocarpa se llega a la tribuna oficial, allí el acceso a los palcos cuesta dos pesos. Detrás de ellas tres mujeres reparten revistas con el programa oficial de carreras de la reunión número 94 del Hipódromo de La Plata. Debajo de las tarimas está el salón de exposiciones, donde se presenta la muestra de Elina Zagarra y Cristina Cajade con cuadros de caballos.
Está por empezar el espectáculo gratuito de tango, aparece una mujer vestida de gala y maquillada de una forma que muy difícil se la pueda observar en alguien que hace las compras en el supermercado. El pianista pasa desapercibido, esta de zapatillas y buzo, y se esconde tras su instrumento. Un viejo de la primera fila pide que le toquen “Naranjo en flor”.
- Es mi cumpleaños, ¿sabés?- le dice el viejito en una voz casi inaudible.
- En serio. ¿Cuantos años cumple?- le responde la cantante, haciendo ademanes impostados de emoción.
- 74 años y desde los 4 años años que ando entre los caballos.
La verdad que a primera vista el viejo parecería muchos más. Está vestido de traje y corbata, con un pañuelo que deja asomar cuidadosamente tres puntas, zapatos lustrados y el poco cabello que le queda acomodado para atrás. En el bolsillo trasero sobresale un peine. Se sienta encorvado hacia delante y se balancea para hablar, reposa sólo en una silla de plástico.
Finalmente luego de pasar por tres tribunas se llega a la que concentra la mayor cantidad de personas, la “profesionales”. Un fuerte olor a frituras invade el aire, los cuatro puestos de comida dispersado sobre el parque se encargan de que cada vez sea más intenso. La gente se amontona alrededor de ellos a pesar de que sean las seis de la tarde. Comes pizzas, papas fritas, hamburguesas, todo acompañado con fuertes dosis de cerveza. Para el atardecer, las voces ya se han empezado a elevar y los codos a apoyarse en las barras de los puestos.
Sobre la pared que hace de contrafrente a la tribuna hay tres televisores. En uno pasan la carrera y los pronósticos para las que siguen, anunciando favoritos y cómo van las apuestas. La gente se entorna alrededor, consulta y delibera. Un televisor está apagado. En el otro están pasando el partido de River contra Independiente, aquí también se concentra gran cantidad de personas. Se arman las hinchadas y la gente despunta su otro vicio.
- ¿Cómo va el partido?- pregunta un joven con una camiseta de River que tiene la publicidad de “Fate”.
- Gana River dos a uno- responde un viejo gordo, fastidioso y sin mirarlo.
- ¿En serio?
- No ves la pantalla, pibe o me estás jodiendo.
- No, en serio, soy corto de vista. ¿Quién hizo los goles?
- Montenegro y un pibe nuevo, no se cómo se llama.
- Que grande, los tenemos de hijos a estos amargos.
- …
- Yo me quedo a ver el partido, por un rato dejo los burros.
- …
Debajo de los televisores hay largas pizarras color verde donde un hombre subido a una escalera anota los resultados de las carreras y cuanto pagó cara uno. Hay apartados para cuanto paga la trifecta (los tres primeros), cuatrifecta (los cuatro primeros), imperfecta (los dos primeros pero al revés de lo que se pronosticó) y exacta (tal cual fue predicho).
En uno de los puestos hay un grupo de cuatro jóvenes que comparten una cerveza. Uno de ellos tiene una pechera del diario Hoy, los otros visten bastante desalineados, ya sus caras están de un tono rojo más fuerte que el normal para cualquier rostro. Vociferan en voz alta y repiten las frases a cada rato, ya se le empiezan a patinar las palabras. De pronto se les suma otro que camina a duras penas, sus intenciones no son claras pero en seguida les manotea la cerveza y se sirve un trago en un vaso que agarra del mostrador, la mujer que atiende el puesto lo mira asustada. Lleva puesta una gorra de chicago bulls, aparenta unos sesenta años, es gordo y petizo. Camina como si lo vinieran empujando de los costados.
- Epa, amigo, ¿se siente bien?- pregunta el de la pechera de diario Hoy.
- ¿Por?
- Le pregunto nomás. Sírvase si quiere, eh.
- Bueno, che, un vaso de mierda no se le niega a nadie, si querés te lo devuelvo.
- No, le digo en serio. No hay problema.
- Ah, menos mal- le dice en tono elevado.
La respuesta le causa gracia al de la pechera. Le lleva dos cuerpos de alto y por lo menos uno y medio de ancho.
- De qué te reís, ¿te causo gracia, tengo cara de payazo?- increpa el gordo casi tumbado sobre la barra del puesto.
- No hombre, no se enoje. Pero tampoco se ponga pesado.
- Querés ver lo que es ser pesado, mocoso.
- Bueno basta, eh, que la paciencia tiene un límite.
Los amigos agarran al borracho y se lo llevan para evitar el escándalo.
- Te salvas pibe. Claro ya se como son ustedes, como todos los negros, vienen de a muchos- responde el gordo entre los brazos de los que lo separan. Se queda sentado sólo en un banco verde enfrente de la televisión y al rato se queda dormido babeando sobre el hombro.
Suena la campana y otra vez la gente se amontona en la tribuna, esta vez es la “Profesionales”. Esta carrera es de dos mil metros así que las fijas son más firmes y las apuestas más fuertes. El clima es muy tenso y la corrida parece no terminar nunca, la voz del estadio ayuda a generar tensión. Sorprende que aún no haya estallado algún corazón, un hombre tamborilea con sus dedos sobre la rodilla, está casi en cuclillas al borde del asiento aunque no se da cuenta de la incómoda posición.
Los caballos se aproximan a la meta, comienzan los gritos de la multitud. Un joven se desvive alentando trepado a las rejas que se paran la pista de las tribunas. Lleva lentes de sol, un celular a la cintura, camisa desabotonada hasta el pecho y una brillante cadena de oro que asoma bajo ella.
- ¡Vamos Talaverano nomás, carajo, dale fusta!
Gana el caballo con el jockey de uniforme celeste cielo, de círculos blancos con gaviotas celeste cielo, mangas y gorra blanca, brazaletes celeste cielo con el número seis. Es su caballo, festeja y se abrasa con su amigo que permanecía callado a su lado. Otro hombre que pasa por atrás lo saluda a pesar de no conocerlo, son compañeros en la victoria.
- Menos mal que gano, papá, tenía lo que me quedaba en esta. Llegaba a perder y estaba hasta las manos- le comenta el desconocido.
- Pero Talaverano no falla, hace rato que le apuesto a él. Es un capo, ¡que lo van a correr éstos, por favor!- Le responde el de la camisa desprendida.
Las tribunas se empiezan a despoblar, un viejo saca un bolso negro cilíndrico y alto y de él un termo. Lo destapa y se sirve un café que impregna de olor toda la tribuna, se le acerca en seguida otro que se presenta y se sienta al lado. El del café lo mira con ojos desorbitados, no lo conoce pero igual le convida un vaso. Los dos son más o menos de la misma estatura, sólo que uno es mucho mayor que el otro. El viejo tiene profundas ojeras que hacen que sus ojos negros parezcan dos agujeros vacíos. Su cara triste y meditabunda no parece querer compañía, está ausente. El joven, más vivaz, parece querer animarlo, es muy locuaz y gesticuliza al hablar, pero es innecesario ya que el viejo ni lo mira.
- ¿En serio no se acuerda de mí? Del tren, nos hemos cruzado toda la vida, bah, yo hace cinco años que estoy arriba pero a usted lo conocen todos.
- Yo empecé en el ’83, viste, imaginate la cantidad de gente que vi ahí arriba.
- Pero, ¿en serio no me conoce?, si yo lo saludo y todo. Soy el de las garrapiñadas.
- Ahora que me decís, puede ser.
- Hace rato igual que no lo veo por allá. ¿Le pasó algo?
- Está jodido, viste que ahora tenés unos quilombos de competencia bárbaro. Yo ya no quiero pelear más, viste, ya estoy grande.
- Si, los guachos están terribles. ¿Apostó algo?
- Si a Talaverano, treinta pesos así que ya me hice unos pesitos. Ahora voy aver si le doy una sorpresa a la patrona.
- Que bueno. No se lo ve muy contento igual.
- Y…
La gente se amontona para cobrar o cambiar los billetes por nuevas apuestas. En el medio del parque, entre los puestos de comida un viejo trata de llamar la atención. Lo rodean un grupo de chicos que le festejan las payasadas que hace. Esta vestida con una campera de cuero negro brillante al estilo Ubaldini, lleva una gorra blanca con la visera levantada y unos lentes Ray Ban. Tiene barba de unos meses y apesta a vino, se mueve sobre un mismo eje y pega alaridos de tanto en tanto a los chicos que le rodean.
- No saben ingles ustedes, para que van a la escuela entonces. Guach yor nai, de jors run fas, jau taim is. Que piensan que soy un bruto yo, yo trabajaba para el gobierno.
- A ver, preguntale a aquel tipo de allá cómo van las carreras- lo reta uno de los chicos que lo rodea.
- Ahora vas a ver, Hey flaco, de hors run tuday.
El hombre se da vuelta lo mira y no le contesta.
- Hey, ¿no me escuchas? de hors run tuday.
Otra vez no obtiene respuesta y los chicos alrededor se largan la carcajada que venían reteniendo hacía ya demasiado tiempo.
- De qué se ríen pelotudos, los voy a cagar a patadas.
Los pibes se dispersan corriendo y trastabillando de la risa.
Llegando al fondo del predio están los studs donde preparan los caballos para las carreras. Hay lugar para que entre el animal y el cuidador que los peina y viste para la competencia. El olor es característico, la bosta mezclada con la tierra y el pasto seco que le dan para comer.
Ya está oscureciendo y se encienden las luces de la pista, el panorama es otro, los alrededores se pierden desde la tribuna y se concentra la atención sobre la carrera. Los puestos y las ventanillas son los otros focos de atención del hipódromo.
La voz del altoparlante anuncia que en tres minutos más se largará una nueva carrera. Los apostadores se asoman de vuelta a las ventanillas. Un hombre de andar cansino y pensativo se pone en la fila.
- Yo sé que el favorito es el seis pero yo le juego siempre al catorce porque lo conozco, es una potrilla de siete años pero corredora. Igual me cubro con el seis por que si pierdo todo me capo.
- Pero el catorce esta gordo.
- No, te digo que lo conozco. Igual no te canto nada, yo solamente le apuesto porque me gusta, nada más.
Antes de que suene la campana los caballos se presentan ante la popular para que la población apostadora elija entre los postulantes. Hay colores y ropas para todos los gustos, rojos, azules, blancos, amarillos; todos llevan máscaras sobre sus cabezas y monturas, a tono con la máscara, donde llevan escrito el número.
Se larga la última carrera, vienen cabeza a cabeza cuatro caballos, está muy disputado el primer puesto, los favoritos ésta vez no están muy definidos. Es una carrera de mil cuatrocientos metros, no es tan fácil acertar. Las enormes planchas del tablero indicador afirman que ganó por muy poco Andrea Marinha, con el número nueve. La presentan en una herradura de macrocarpa y flores rojas y amarillas. La muchacha saluda a la tribuna que le dedican piropos y se marcha a los studs.
La noche ya cayó y la gente empieza a retirarse, hay algunos que lo hacen cabizbajos y desconsolados, van mirando el suelo como criatura que ha sido regañada. Otros se retiran en familia disimulando su estado de ánimo tras una cara de hombres y mujeres serios que vuelven a su rutina. Por último, están los felices aunque éstos ya se han ido hace rato del lugar y festejan lejos de la tentación.