Afuera está frío, lluvioso, aparentemente es de esas tormentas que hasta no inundar todo no paran. La estación de trenes está cercada por grandes lagunas que desbordan los cordones. Algunos prueban infructuosamente saltar alcanzar el extremo seco, otros ya no se preocupan por lo que pisan.
Adentro hay olor a rancio, que se hace más fuerte e inevitable al mezclarse con la humedad del aire. La gente se refugia en el techo y mira al exterior, con la vista vacía. La triste nostalgia de la rutina invade el ambiente.
- A constitución por favor- dos monedas, una de cincuenta centavos y otra de un peso caen por el agujero debajo del vidrio de protección al vendedor.
- Ya sale…
- Gracias- dice una mujer con un bolso al hombro y sale corriendo hacia el andén. En su carrera casi choca contra una señora gorda y haraposa que mendiga vueltos de pasaje al lado de la ventanilla. Nadie la mira, solo le empujan monedas de cinco centavos con el revés de la mano. La plata desliza por el frente de la boletería y cae en una caja de zapatos.
El ferrocarril Roca sale en punto, el cartel indicador dice 16:52 y no espera ni un minuto más. Los que no lo alcanzan corren a la par y saltan sobre los estribos, agarrándose con gran habilidad de las manijas de los costados.
Todos los que pretenden viajar sin pasaje aprovechan el apuro para pasar rápido por enfrente de los guardas y que estos no los detengan pidiéndole el boleto. Un gordo que hace malabares para permanecer sentado en una banqueta menea una cachiporra, exhibe orgullosamente un chaleco azul que dice seguridad mientras sonríe cómplicemente a un colado que corre frente a él.
Un vendedor con una caja de cartón que sostiene contra la cintura y le llega casi al hombro, pasa por enfrente del guarda y lo saluda amistosamente. Su cara muestra el paso de años difíciles, no tiene más de treinta pero aparenta unos cincuenta. Lleva una gorra de Chicago Bulls manchada con grasa y una remera manga corta que deja ver unos rústicos tatuajes que ocupan todo su brazo. El tren ya esta por salir del andén pero él igual lo alcanza, entrando a la altura del vagón de carga con majestuosa habilidad. Su cara está inmutable y no demuestra orgullo por su prodigioso movimiento. No bien abandona el último vagón empieza a vociferar con una voz alta, aguda y penetrante.
- A un peso el Mantecol, fresco y rico. Para el viaje para llevar de postre o para regalarle a su mujer. Fecha de vencimiento al dorso. Si señora ahí voy- dice apuntando con el dedo al fondo del vagón donde nadie lo ha llamado.
El tren por dentro
Los vagones para todos los gustos. Unos con dos asientos paralelos a los extremos. La gente se sienta y las ventanas le quedan a las espaldas, inevitablemente tienen que mirar al frente o contornearse sobre la dura chapa que hace de banco. Los pasillos son más anchos así que hay lugar para que la gente viaje parada. Una señora empuja con sus bolsas de supermercado a un joven que de a ratos se apoya contra sus rodillas. El muchacho mira distraído hacia el costado hasta que la mujer lo increpa.
- Nene, ¿no te das cuenta de que desde hoy me estas chocando las rodillas?
- Perdón señora pero el tren se sacude- le responde sin siquiera mirarla.
- No es excusa. ¿Podes alejarte un poco?, no te cuesta nada y a mí me duelen las rodillas de tanto andar.
- Señora, estamos todos cansados y apretados. No hay otro lugar para ir sino le juro que me corro- sigue hablándole sin mirarla.
- Andate allá cerca de la puerta que hay más lugar y vamos a estar los dos más cómodos.
- ¡Ta bien!- se aleja mordiéndose fuerte el labio inferior. Ya la gente del vagón empezaba a mirarlo y un color rojo fuerte asomaba en sus mejillas, a pesar de ser bastante oscuro de piel.
- Sos un ángel nene.
En los otros vagones ya no hay tanto roce, los asientos no están paralelos a las ventanas sino perpendiculares. Hay de dos tipos, unos de chapa rígida y otros -los más viejos- de cuero marrón con resortes, que tienen la posibilidad de que su respaldo mire para Constitución o para La Plata. Estos últimos son el premio para los primeros en subir, es lo más cercano a la comodidad que se puede viajar en el tren.
En los de chapa la gente se distribuye de a pares y no tiene mayor contacto con los demás, viajan silenciosos. En los de cuero en cambio aprovechan la movilidad de los asientos y los enfrentan, se ven familias viajando todos juntos con sus hijos o grupos de amigos que viajan con las rodillas entrecruzadas para poder estirar las piernas.
En la estación “Gonnet” suben tres chicos liderados por el mayor, de unos seis años. Se presentan como hermanos y piden la caridad de los pasajeros para poder comprar comida.
El más chico lleva una lata de leche nido, con un cable enganchado en sus dos extremos, se la cuelga tipo bolso y le va pegando contra las rodillas. No tiene más de tres años, anda en ojotas dejando a la intemperie sus largas uñas y sus dedos llenos de mugre. Viste una maya que no se distingue bien las manchas del color original, arriba una musculosa ajada cuyo cuello le llega casi a la cintura, todo de color marrón, o eso parece. Su cara es tan triste como un preso mirando atardeceres por la ventana de su celda.
De repente se sienta en el medio del pasillo, su hermano saca de una caja una matraca y el líder dedica la canción que van a tocar a todo “su público”. Empiezan a aullar “”Los caminos de la vida”, los alaridos son imposibles de ignorar.
Un viejo que estaba durmiendo apoyado contra la ventana, se despierta sobresaltado por los ruidos. Mira a los chicos y se vuelve a dormir, o eso intenta. El tema se extiende por unos largos tres minutos y medio. El del medio se saca un gorro de lana, que hasta ese momento había ocultado una melena dura por la mugre, y la pasa por entre los asientos. No caen más de cuatro monedas en su interior.
Recién en Bernal – a unos treinta y cinco kilómetros de La Plata- pasa el guarda pidiendo boletos. Un hombre, que estaba mirando por la ventana, súbitamente se duerme. Está sentado en uno de los últimos asientos pero ya no tiene tiempo de escapar.
- Discúlpeme- le dice el guarda mientras le sacude el hombro.
- …
- ¿Señor?- mira a una muchacha enfrente que se hace la distraída y gira la cabeza para la ventana, ocultando su inevitable sonrisa apunto de estallar en carcajada.
- ¿Que querés?- le responde el hombre abriendo ofuscadamente un ojo.
- Boletos
- Para eso me despertás barón, yo tengo que laburar en cuanto llegue a Avellaneda. Es mi único momento de sueño.
- Disculpame. Boletos- insiste secamente.
- A ver…creo que los tenía por acá en el bolso- saca de abajo del asiento una mochila llena de barro y la revisa pausadamente- creo que lo perdí, papá, pero te juro que lo pagué.
- Si, bueno. A ver que hacemos con esto- mira de vuelta a la muchacha de enfrente que ha cambiado su risa por una mirada seria de preocupación y nerviosismo.
- Se me debe haber caído cuando me dormí- agrega para tapar el incómodo silencio.
- Esperáme que controlo el próximo vagón y ahora vuelvo para ver cómo arreglamos este problemita. No te muevas.- Le palmea el hombro y le hace una sonrisa cómplice a la muchacha de enfrente.
- Bueno dale, yo te espero acá.
El muchacho se baja en la próxima parada y se queda mojándose en el andén mientras que el tren se va sin él arriba. La muchacha lo mira desde su asiento con ojos tristes, el joven mira el reloj y suspira hondamente.
La lluvia se mezcla con viento cruzado. Las ventanas se bajan solas, los gastados resortes no pueden hacerle frente al vendaval. El frío empieza a hacer moquear a los pasajeros, que se cierran los cuellos de las camperas. La próxima estación es Avellaneda y la gente empieza abrir los paraguas y a amontonarse en las puertas para bajar. Se renueva gran parte de los pasajeros.
Ya no hay una vía de ida y otra de vuelta como en todo el camino, sino que ahora se entrecruzan con otros y conforman una complicada red como un tejido de araña borracha.
Atardece sobre Constitución, todo es gris y triste. Las personas se mueven rápido siguiendo al malón. Todo es muy oscuro y tenebroso, hay un fuerte olor pero no se distingue bien a qué. Es parecido al que se sintió la primera vez en La Plata pero mucho más fuerte, sin duda que los baños no son muy visitados por acá.
Hay personas durmiendo sobre cartones en el suelo, se tapan con diarios y permanecen allí ajenos al tiempo como gato desperezándose en el sillón de un living.
La estación es enorme y de estilo antiguo, grandes arcos marcan la entrada y en el hall central los puestos de diarios y los de comida se disputan por quién ocupa más lugar. Sobre el costado izquierdo una escalera desciende al subterráneo y sobre el derecho una enorme puerta comunica a la calle.
El retorno
- ¿A qué hora sale el tren para La Plata?- pregunta un desprevenido.
El boletero le señala el enorme cartel indicador y no le responde.
- Y el boleto, ¿cuánto sale?
- Uno con cincuenta.
- A bueno, déme uno- saca un billete de dos pesos y lo mete por debajo de la ventanilla.
- Pago exacto señor- le dice el vendedor a la vez que señala un cartel pegado al vidrio.
- Apurate flaco que ya sale y lo vamos a perder- increpa un viejo parado detrás de él en la fila.
El tren sale puntual como desde La Plata, por supuesto hay quienes lo tienen que correr. Afuera sigue lloviendo y el guarda aclara a los gritos que los estribos pueden llegar a estar mojados y resbalosos. Sus advertencias son ignoradas.
Un joven de unos veinte años corre con una criatura en brazos. El niño llora, el sonido es fuerte e irregular, como el de la locomotora. A cada sacudida que da su padre el niño grita más enérgico. Salta y se para en el primer escalón, agarrándose con la mano libre de la barra de al lado de la puerta.
- Flaco te podrías haber matado- lo increpa un hombre vestido de traje con un maletín en la mano.
- No pasa nada, estoy acostumbrado.
- Parece que el pibe no…- señaló a la criatura cuyo berrinche era cada vez más fuerte. Era de esos llantos cargados de indignación.
- Bueno loco está todo bien- el padre se abrió paso empujando a su interlocutor con el hombro.
Los asientos del tren de vuelta tenían la misma disposición que el de ida y la gente parecía la misma también. Una mezcla de todo, estaban las amas de casa que volvían de hacer las compras, obreros engrasados y embarrados, estudiantes con apuntes en las manos, ejecutivos; el factor común a todos era la cara de cansancio.
Se derrumbaban sobre los asientos y levantaban la vista sólo cuando escuchaban a algún vendedor o artista ambulante. Cada cinco minutos pasaba uno.
Una luz amarilla y tenue alumbraba desde el otro lado de la puerta, al rato se asomó un hombre correctamente vestido con un bolso negro al hombre. Tenía anteojos de larga distancia que le daban un aire intelectual, hablaba rebuscadamente y en voz alta. En su mano llevaba una linterna-llavero. Tenía la forma de una grande pero en miniatura, venían en todos los motivos y funcionaba tan sólo con dos pilas de reloj. Hablaba convincentemente sobre un producto sin ninguna utilidad práctica, tres personas le compraron su oferta a un peso.
- Como chamuyan estos vagos- le comentó un joven a otro. Los dos venían con camisetas de equipos de fútbol, pantalones cortos y medias altas hasta la rodilla.
- Ni hablar, yo si traigo plata la liquido en pelotudeces. La otra vez me comí como seis alfajores, le llevé un clavel a mi mujer y caí con un sepillo masajeador. Para colmo no me di cuenta hasta que empecé a sacar las cosas de la mochila.
- Está re enfermo.
- Que te parece, pero igual fijate que te convencen de cualquier cosa.
- ¿Qué te dijeron cuando llegaste?
- No sirvió ni el clavel para calmar a mi mujer. No puedo tener plata en la mano que la liquido al toque. Por suerte hoy ando seco.
Los interrumpió una mano que se posaba en sus rodillas, era pequeña y curtida por los maltratos y el frío. Una tarjeta se apoyó sobre sus piernas, decía “te amo” y tenía un oso abrasando un corazón gigante, atrás estaban los significados numéricos de los sueños. Las repartía una niña de no más de cinco años con un vestido a cuadros que de estar limpio hubiese generado ternura. Sus pequeñas manos trataban de apretar las tarjetas pero no alcanzaban. Pasó por todos los asientos pero la gente la ignoró, las tarjetas eran devueltas con la misma velocidad con la que eran entregadas. Ni una moneda llegó a sus manos, abandonó el vagón sin despedirse, no emitió una palabra desde que entró.
- Pobre piba- comentó el joven vestido de jugador de fútbol.
- A mi me parte el alma, pero hay veces que se ponen cargosos no lo podés negar.
- Y si…
- El otro día venía durmiendo y me vino a despertar para que agarre una tarjeta de mierda.
- Para matarla…
- Que te parece.
Se interrumpieron para escuchar un cantante que empezó a interpretar un folklore por todos conocido. Era un hombre gordo y petiso, la guitarra se apoyaba sobre su abultado estomago. Cantaba bastante entonadamente, la gente lo miraba con atención pero el no correspondía, era ciego. Su boca llamaba la atención por la falta de algunos –por no decir todos- dientes. El respetuoso silencio fue agradecido por el artista, mientras pasaba el estuche de su guitarra pidiendo monedas. El público fue bastante generoso esta vez.
Un hombre que terminaba de tragar un pancho de un peso veinticinco, se limpió la mostaza de los dedos y sacó veinticinco centavos de su bolsillo y los tiró dentro de la funda.
El tren seguía su marcha pareja, el traqueteo de las ruedas había sido asimilado de tal forma que los momentos en los que nadie hablaba eran disfrutados como silencio absoluto. Las primeras cabezas empezaron a caer a la altura de Berazategui. El movimiento oscilante era somnífero para cuerpos cansados.
Los vendedores no daban descanso, a los durmientes. Un recio morocho apareció por la puerta del vagón estaba vestido con ropas camufladas.
- Soy un ex combatiente que sirvió a la patria en la guerra de Malvinas. Yo los defendía a todos ustedes y ahora el estado no nos lo reconoce y nos da una pensión miserable como recompensa. Yo no vengo aquí a dar pena ni lastima, sólo a pedir una ayuda para seguir adelante. Cualquier moneda me viene bien.
- Ya conocemos la historia esa, ¿cómo sé que sos ex combatiente?- increpó una dama con cara de perro pequinés rabioso y con peinado de caniche consentido.
- Acá tiene un documento que lo acredite, señora- esta última palabra la dijo en un tono un poco más elevado que las demás.
- Aja…
- Esta es la gente desagradecida de la que le hablaba antes- dijo dirigiéndose al resto del vagón. Se hizo un silencio hospital.
El tren ya iba llegando a La Plata y la lluvia empezaba a menguar, la noche se mezclaba con ese aroma a tierra mojada que aún se siente en ciertas ciudades. La ciudad abrasaba a los recién llegados y el fin de la jornada se hacía más romántico.
Una enorme serpiente blanca cortaba la oscuridad reinante. Al llegar a su cueva descendió una muchedumbre que en pocos segundos inundo el andén. El viaje había terminado.