Es jueves por la mañana y el colectivo 508-10 por Olmos viaja lleno de pasajeros que asoman la cabeza por las ventanas como vacas viajando para el matadero. Nadie se baja hasta llegar a 44 y 147, donde el micro prácticamente se vacía, es la parada de la feria y hoy abre.
Un calor desmedido para la primavera despierta los rezongos, en 147 las calles de tierra, la abundante vegetación y las viejas que salen a regar para que no se levante polvo, hacen que el clima se haga un poco más tolerable que en la ciudad. El tiempo pasa lento y la gente se mueve a otra velocidad. Un hombre, de unos sesenta años saca la reposera de tela a la vereda, la arma y vuelve a la casa por el mate y la pava, saca la tapa para que se enfríe un poco el agua y espera ansioso la llegada de la gente a la feria.
La falta de señalización y la monotonía del paisaje dificulta el acceso al lugar, a su vez los techos de chapa en forma de grandes arcos y las columnas de hierro le dan un aspecto por fuera nada hace prever lo que hay dentro. Una bandera que dice “Paseo La Plata 45” anuncia que ese es el lugar. En hilera se suceden otros carteles con inscripciones como: “Abierto desde las nueve horas”, “sábados domingos y feriados” y “el camino seguro para la economía de tu familia”. En total son seis banderas que resumen toda la información necesaria para los que asisten -o planean hacerlo- al lugar.
Los alrededores son funcionales a la organización, al costado derecho y enfrente están los estacionamientos de la feria, al lado de uno de ellos hay un almacén que vende sándwiches y que tiene las heladeras llenas de bebidas frescas para los feriantes, el resto son terrenos baldíos o pequeños ranchos escondidos tras matorrales de arbustos.
La cuadra de la feria esta ocupada por niños que juegan a la pelota o anda en bici y camiones que descargan mercadería aprovechando el poco movimiento de la mañana. Aparte de ellos, sólo unos perros se mueven por la calle.
La galería de entrada ya anticipa el clima de adentro, un equipo de música de marca taiwanesa ilegible, con botones de colores estridentes, musicaliza el entorno con una fuerte cumbia. Al lado un adolescente tararea las canciones y toma cerveza de un vaso de café de plástico, de a ratos vocifera ofreciendo los llaveros luminoso que expone en una mesa de camping sobre la vereda.
- Podés creer que el rata de enfrente me lo cobró- le comenta al compañero de bebida, mientras le muestra el vaso de plástico.
- No hay que comprarle nada al tipo ese, yo ya te dije, pero si siguen yendo se va a seguir haciendo la estrella. ¿Cuánto te lo cobró?
- Veinte centavos. Pero no es eso, es la actitud.
- No le hubieses comprado nada- no abandona nunca su aire de superado, la situación lo tiene sin cuidado pero habla para ocupar el tiempo.
- Y qué querés que tome del pico.
- Perdón, la señorita…
- Por mí no hay problema pero sabés como son las viejas de la feria. No pierden momento de romper las bolas. El otro día vinieron a sermonearme con la imagen del lugar y todo eso, así que me evito los quilombos al pedo.
Además de la mesa con los llaveros, la galería está llena de macetas con coloridas plantas que aromatizan, junto con un panchero, el lugar. Es temprano por lo que aún se distinguen los olores, entrada la tarde habrá que abrirse paso con las manos para traspasar la densitud del aire.
Una vieja habla a los gritos por el teléfono semipúblico del almacén, todo se mueve en un ambiente muy familiar. Nadie se sorprende de los alaridos y las carcajadas de la mujer. Viste aparatosamente con unos joggins adidas de dudosa procedencia, las medias le agarran la botamanga del pantalón, la gruesa campera del conjunto está cerrada hasta el cuello y una visera rosa, a modo de bincha, le sostiene los rulos para que no se le vengan a la cara. Mientras habla no deja de trotar en el lugar, la cadena del teléfono se sacude fuertemente, en cualquier momento se va a quedar con el tubo de recuerdo para su casa. Un desprevenido le clava los ojos sorprendido por la situación.
- Es la loca Rita, ¿no la conoces?- le pregunta uno de los feriantes que acaba de salir del almacén y nota su intriga por el personaje.
- No la había visto nunca, que aparato.
- Si, pero no te cuelgues mucho mirando porque se te va a venir a poner pesada.
- Ah, menos mal que me avisas. Y, con quién hablara, lo va a dejar sordo…
- Necesitas el teléfono- interrumpe.
- ¿Por?
- No, porque si lo necesitas avisame que la saco. Lo más probable es que esté hablando sola, pero nadie le dice nada porque así se divierte Rita.
- No, no te hagás drama. Solamente la miraba porque me llamaba la atención.
- Bueno no te vayas a enamorar, eh.
El hombre no responde al chascarrillo, se da madia vuelta y entra a la feria. Desde el momento en que le advirtieron que se podía poner cargosa, dejó de mirarla y se alejó del lugar.
Adentro de la feria todo esta más oscuro, la iluminación tenue la dan unas lámparas colgantes con campana que son tan lindas como poco prácticas. Los puestos se distribuyen a lo largo de seis pasillos que van desde la entrada hasta al fondo y otros tantos que cortan al lugar transversalmente, en el techo cuelgan algunos ventiladores de techo y sobre las paredes del fondo hay tres grandes agujeros con ventiladores gigantes que giran lento y permiten la ventilación desde el exterior, las columnas y los tirantes están sucios y desprolijos, se destacan los relucientes matafuegos y carteles verdes de SALIDA, que apuntan al mismo lugar por donde se ingresa, o sea el gran portón delantero. En cada uno de los seis pasillos hay un televisor veintiún pulgadas con el canal América veinticuatro horas con el volumen bajo, la radio ocupa el espacio sonoro principal, mientras que cada puesto individualmente pone música a su gusto, es un cambalache de tangos, rocanroles y cumbias. Los carteles de “Feliz día mamá” son el factor común del lugar.
La gente que atiende los puestos saluda amistosamente y conversa entre ellos, hay gran camaradería entre los feriantes. Todos visten ropa con marcas visibles, Adidas, Nike, Levis, Wrangler, Puma y se preocupan por acomodar el puesto inmediatamente cada vez que algún curioso mueve la mercadería. Están al acecho, no hay presa ande por los pasillos que se le escape, en seguida lanzan un torbellino de ofertas y novedades a todo aquel que se interese en escucharlos.
Un muchacho joven atiende un puesto de camisetas de fútbol, tiene puesta la remera del partido homenaje a Maradona, con la transpiración del cuerpo la remera se le ha pegado a la abultada panza y se transparenta. El local está impregnado por el olor fuerte que despiden sus parissiens, los pita a escondidas.
- No me dejan fumar acá, viste barón- le comenta a otro que busca lo consulta sobre unas camisetas- por eso me escondo atrás de las remeras. ¿Qué querías?
- ¿Tenés la camiseta de Saviola?
- ¿Cuál?- responde mientras se apaga lo que queda del cigarrillo en la suela de las Topper con una “P”.
- La del Sevilla, estaba buscando.
- No pa, esa es muy nueva. Tengo la del Mónaco, si querés…
- Pero si ni jugó ahí, ¿para qué me la voy a comprar?
- Bueno pa, no tengo la culpa que el pendejo sea un fracasado…- deja silencios que no se sabe si son para tomar aire o ya ha terminado de hablar.
- No te metas con Saviola que es el próximo goleador de la selección
- No me jodás pibe, toma llevate la de Teves, te la dejo a quince porque me caíste bien- sobre el perchero hay un cartel escrito con fibrón que dice: camisetas de fútbol a quince pesos, dos por veintiocho.
- Dejame de joder, cuando vaya a jugar a un club serio de Europa paso por acá y te la compro ¿listo?
- Bueno y cuando Saviola tenga huevos para jugar te traigo la del Sevilla- el gordo no piensa perder la discusión ya que la venta la ha perdido hace rato.
- Los de Boca son todos iguales, ya los vamos a agarrar el domingo…
- Justo, seguí paseando hijo.
El chico no le responde y sale de la feria sonriendo, la provocación del grandote no lo intimidó, cree que lo puso en su lugar. El gordo por su parte lo saluda con una sonrisa, ha sido una victoria para los dos.
Se hace el mediodía y los puesteros del frente despliegan una gruesa tela negra que tapa los rayos de sol y torna el aire de adentro aún más denso de lo que era a la mañana. El puesto de panchos empieza a trabajar sin dar abasto, la gente se amontona para comprar. Una mujer vestida cuidadosamente con un jersey bordó, gastado y estirado, una pollera larga hasta los tobillos y una cruz colgando sobre una impecable camisa blanca, vuelve con su pancho al puesto. Vende medallas de vírgenes, estampitas, colgantes de vidrio con pelotas para que suenen con el viento, sahumerios, cartas, relojes despertadores, billeteras, abanicos, hebillas para el pelo, se mueve cansinamente y atiende como si les estuviera haciendo un favor a sus clientes. Su puesto es el número uno de la feria, está delante de todo y en uno de sus parantes hay clavado un cartel: “SE PROHIBE EL INGRESO CON EL TORSO DESNUDO, DESCALZO Y CON ANIMALES. LA PLATA 45 SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISIÓN Y PERMANENCIA”. El gesto fruncido y los malos modales de la vieja vendedora de medallas funcionan como advertencia viviente de que en ese lugar no se jode.
Más adelante por el pasillo hay una gitana con un vestido rojo floreado entero hasta la rodilla, un pañuelo rojo en la cabeza, con el pelo recogido en dos trenzas, una bola de ropa recién lavada colgando del antebrazo y ojotas discute con una muchacha que atiende un puesto de pulloveres. Lleva a sus dos hijos de las manos que la tironean para que termine de pelear con la feriante.
- Este sueter se me encogió nena, lo quería cambiar.
- ¿Hace cuanto lo compró?- responde la mujer fastidiada, de mala gana.
- Hace una semana…
- Disculpame, pero no puedo hacer nada. Ya pasó mucho tiempo, las devoluciones son por fallas de fabricación, dentro del envoltorio original y en el lapso de un par de días- afirma casi mecánicamente.
- Pero que se achique es una falla de fábrica querida, ¿no te parece?
- Yo no se cómo lo lavó usted.
- Ah no, lo único que faltaba que vos me vas a enseñar a lavar la ropa a mí.
- No le digo eso -la chica no sabe si tutearla o tratarla de usted, de acuerdo a la intensidad de la discusión se amolda a la circunstancia- pero yo no puedo comprobar que hizo usted con el pullover.
- Bueno nena, cambiámelo por otro y basta de lola- la cara de la gitana se tornó de un bordo furia que asustaría a cualquiera. Sacude a unos de sus hijos fuertemente al escuchar que insiste en que quiere irse.
- Yo no puedo hacer eso, no es mi negocio. Además después eso a quién se lo vendo…
- No es mi problema -interrumpe- yo lo único que quiero es que me den uno nuevo o los treinta y cinco pesos que pagué.
- Bueno ya le dije que no va a ser posible -agarra el pullover con la punta de los dedos y pone cara de asco- si quiere venga mañana que va a estar el dueño y habla con él. Más no puedo hacer.
- Si ya sé cómo es eso, mañana vengo y no hay nadie y así me pelotea y me terminan cagando.
- Es todo lo que le puedo ofrecer, otra cosa no esta en mis manos, yo sólo trabajo acá.
- Mañana vuelvo pero avisale a tu jefe que si no me lo cambian armo un quilombo que se va a escuchar en toda la feria.
- Esta bien señora. Hasta mañana.
- …
La mayoría de los estanes se repiten, el que no es de ropa (vaqueros, remeras, camisas, buzos, ropa para niños) vende zapatillas o chucherías. Hay sólo un grupo que se destaca, uno de ellos es el de José, un peruano de cuarenta y cinco años que vende herramientas, estereos para el auto, televisores (color y blanco y negro, aclara al ser consulatado), teléfonos y demás artefactos de elevado valor para los precios que se manejan en el lugar. Atiende su puesto como un experto, es uno de los más viejos feriantes y lo demuestra con su afilada oratoria. Su local es el número sesenta y tres y es uno de los únicos que permite el pago en cuotas y con tarjetas de crédito. El puesto de al lado es de ropa interior femenina, los modelos expuestos son bastante insinuantes y José (conocido por todos en la feria) bromea con las chicas que atienden. No deja de asomarse para pispear quién se detiene en el puesto, da vuelo a su imaginación tantas veces como repite la frase es una ganga a sus clientes.
Otro puesto original es el número cuarenta y nueve, una juguetería. Un chico está parado contemplando un auto a control remoto, los ojos vidriosos son como nubes grises que cubren el cielo, la tormenta se está por desatar, su madre se da cuenta y trata de consolarlo con un helado. El chico no es tonto quiere el auto y el helado, una cosa no reemplaza a la otra, el berrinche se desata y la fuerza es incontenible.
- Pero ricardito sabés que no tenemos plata, si te lo dije antes que me acompañaras.
Sigue llorando sin responder.
- Dale no seas así, mamá te lo va a regalar para tu cumple, que falta poquito.
- No, no me lo vas a regalar.
- Si te juro, además ya tenés dos de esos en casa y no los usas.
- No son iguales y además están rotos.
- Si papito te los arreglo.
- Si pero no andan más con el control. Ahora, ni siquiera giran las ruedas.
- Eso por hacerlos andar en el parque. Vos no sos para estos juguetes porque no los sabes cuidar, son caros y no te duran nada.
Las palabras de la madre no hacen más que acrecentar el berrinche, ahora con acostada en el suelo y todo. La mujer lo toma por el brazo y trata de levantar pero el chico se suelta y se queda en el suelo.
- Mirá que mamá se va y te deja sólo.
- Bueno, pibe, ya te lo van a comprar -intercede el dueño del puesto que ya no soporta las ganas de consolar al pobre niño- Yo te prometo que te voy a guardar el auto para tu cumple. ¿Cuándo cumplis años?
- El quince de noviembre.
- Y ¿cuántos cumplis campeón?
El niño hace el gesto de cuatro con los dedos de la mano.
- Pero, tan grandote y haciendo estos berrinches.
- Ves, hasta el seños se da cuenta de que sos un chiquilín. No te da vergüenza.- aparece de nuevo la madre, ahora que se da cuenta que el chico a dejado de llorar y empieza a moquear.
- Nos vemos campeón-saluda el dueño del puesto.
El niño saluda con la mano que le queda libre (la otra la sujeta la madre) y se va por el pasillo sin abandonar el puchero que abarca todo su labio inferior.
Unos jóvenes entran con un cuaderno en las manos y empiezan a hacer anotaciones, la vieja de las medallas los mira con desconfianza. Estaba parada en el frente del puesto acomodando las fotos enmarcadas en cuadros dorados de la virgen maría, cuando ve que se aproximan los dos muchachos se mete dentro del puesto y desde allí los mira con el ceño fruncido. Por lo visto no son muy bienvenidos, se alejan por el pasillo y la vieja habla al oído de un hombre robusto que vende vaqueros en el puesto de al lado, el hombre empieza a seguir a los jóvenes. Los feriantes detienen su actividad cada vez que los ven venir.
Está atardeciendo, afuera empieza a refrescar y una brisa entra por los portones de la feria, se siente el aroma a tierra mojada y se respira ese aire que sólo en el campo se puede respirar. El viejo vuelve a salir de su casa y arma la reposera con el mate, ahora va a contemplara la salida de la gente de la feria. Muchos de los puesteros empiezan a desarmar sus puestos y conversan sobre la jornada.
- ¿Cómo te fue hoy?
- Bastante bien para ser jueves. Vendí unas cuantas remeras y un par de buzos. Vino un pibe y se equipo de pies a cabeza, llegaba a vender zapatillas y hasta eso se llevaba. ¿Y a vos?
- Maso…viene complicada la venta de compacts grabados. Me parece que vendes más si vas en el tren o en la misma estación.
- Pero acá estás más cómodo.
- Si eso no te lo discuto pero hay días en los que vendo dos discos y con eso me cago de hambre.
- Pero es jueves, ya va a venir el fin de semana.
- Si espero mejorar ahí, si no, no se que voy a hacer.
- No te preocupes, además es el día de la madre y se va a llenar de gente. Vas a ver como repuntas. Por un mal día no te podés hacer tanta mala sangre…
- Se me va a caer el pelo ¿no?- quien habla tiene el pelo largo atado con una cola atrás y el otro es calvo hasta la nuca, con un semicírculo de pelo que le rodea toda la cabeza.
- No me jodás, che, que te estaba hablando en serio.
- Si ya se pero no quiero pensar mucho en eso. Si no me caliento y me da ganas de mandar todo a la mierda.
- Quedate tranqui y haceme caso, espera el finde.
- Te tomo la palabra.
Los muchachos mientras tanto siguen recorriendo la feria con su cuaderno de apuntes sin notar la hostilidad con que los miran los vendedores. Van concentrados en sus apuntes y levantan la cabeza únicamente para observar a sus alrededores. Se les acerca un hombre de unos cuarenta años que aparenta muchos más, tiene el pelo blanco como su barba candado, sus ojos negros son profundos y mira como juez que dicta sentencia. Habla convencido de que está poniendo los puntos pero nunca pierde la compostura, sus modales son correctos, excesivamente correctos. Su boca despide susurros que cuestan ser escuchados, pero no levanta la voz porque sabe que lo que diga tiene que interesar a su interlocutor, que hará lo posible por entenderlo.
- ¿Qué escriben muchachos? ¿Es una encuesta?- mira la hoja asomándose por encima del extremo superior del cuaderno.
- No estamos escribiendo para un trabajo de la facultad- responden sorprendidos los dos jóvenes.
- Ah y ¿cómo es eso?
- Tenemos que describir lugares de La Plata, ya hemos ido al hipódromo y ahora venimos acá- explican lo mínimo e indispensable como para poder seguir circulando, pero el hombre no se conforma.
- Y se puede ver- manotea el cuaderno, pero sin llegar a ser rudo.
- …
- Ah, mirá vos. Bueno está bien. Lo que pasa es que la vieja del primer puesto estaba asustada porque no sabía qué era lo que estaban escribiendo, vieron, acá la gente anda con cuatro ojos.
- Está bien…
- Sigan- da la autorización con la mano como un inspector de tránsito que habilita al tránsito a circular.
- Bueno…gracias- responden casi sin pensar los muchachos.
Los televisores siguen encendidos a pesar de que quedan muy pocos puestos sin desarmar, el sonido ahora es monopolizado por la radio del barrio, ya no hay más equipos que la tapen. Por los altoparlantes suena la publicidad de Carlos Quintana a diputado provincial, anuncian una peña en un salón cercano y la llegada de La Nueva Luna a La Plata.
Una muchacha se trata de deshacer del acoso de un borracho que ha estado acechando su puesto durante toda la tarde. Es una mujer bien formada, de un metro setenta, cara redonda y pelos rizados colorados, es hermosa por donde se la mire; el borracho es exactamente lo contrario, desagradable, apenas puede mantenerse en pie y escupe mientras habla. La joven desprende unos cintos que colgaban de la pared del puesto y el borracho da un brinco hacia el costado, estira su mano para tratar de pellizcar sus muslos, pero el estado de ebriedad es tal que trastabilla y por poco cae al suelo. Un hombre grandote de ojos achinados se acerca y le dice algo al oído, al rato vienen otros dos que lo agarran por los brazos y lo llevan en el aire hasta la vereda. El borracho patalea la primer parte del trayecto, luego se resigna y se deja transportar como un perro con las cuatro extremidades en el aire y apuntando al frente.
Los estudiantes no se quieren perder esta secuencia y vuelven a sacar sus cuadernos de apuntes. El hombre achinado los ve por el rabillo del ojo y al instante se les hecha encima. Está visiblemente exaltado, el episodio del borracho lo ha alterado y ya no le importa tener otro altercado, es más, le gustaría que esto sucediera.
- ¿Qué se creen que hacen?- los modales de este no son tan corteses como los del anterior.
- Nada escribimos- la verdad es que no quieren repetir la historia otra vez.
- Eso lo veo, no soy tarado, pero que escriben y a quién le pidieron permiso.
- A nadie, no sabíamos que…
- No así no se actúa muchachos, ustedes no están en la facultad, acá hay códigos que respetar, gente de seguridad y con mercaderías de esta índole no se puede andar jodiendo como si nada- habla con términos que evidentemente no maneja, de sólo oírlo podría ser asociado con cualquier miembro de la policía pero su aspecto dista mucho del de un uniformado.
- Solamente escribimos una nota describiendo el lugar.
- ¿Y qué describen?
- De todo un poco, nada más las personas y los lugares.
- Igual les digo que no pueden moverse así, en éstos lugares se pregunta antes de hacer este tipo de cosas, ¿saben?
- Bueno, para la próxima ya sabemos.
- Si, si…
El achinado se aleja caminando de costado sin quitarle los ojos de encima a los dos jóvenes que deciden marcharse de la feria para evitar cualquier tipo de posibles futuros altercados.
La parada del 508 está llena. El colectivo llega vacío y ocupa todos sus asientos y pasillos en tan solo una estación. El colectivero rezonga con la máquina de boletos que justo ahora empieza a fallar, la gente empuja desde abajo.
La feria ha quedado vacía, las calles se hacen oscuras y tenebrosas, sólo quedan algunos feriantes que se encargan de asegurar los portones para que nadie entre al lugar antes del sábado cuando reabra.