Grandes ventanales separan el interior de las plataformas de llegada. Todo trascurre puertas adentro. La estación de Bariloche está perfectamente preparada para albergar personas de cualquier procedencia, cada cartel indicador, menú o folleto se repite varias veces en distintos idiomas.
Hay un gran hall de espera lleno de sillas, enfrentado a las ventanillas expendedoras de boletos. A un lado de los asientos hay un bar con limitadas ofertas de comida y bebidas. Del otro, un quiosco bastante completo, con revistas de todo el mundo. Un stan rústico, especialmente dispuesto, en el centro de las sillas, con folletos de cabañas, restaurantes y demás lugares para turistas, completa el cuadro.
Son las 9 de la mañana. La escarcha de la mañana se mantiene en el suelo, el asfalto brilla y los charcos tienen una fina capa de hielo en su superficie que se rompe al ser pisada. Desde las 6 que no paran de entrar colectivos. Descargan al menos cuarenta personas por unidad. Todos los pasajeros bajan desorbitados, lo primero que miran es el lago y luego se van a buscar los bolsos. No hay uno que al salir del micro no se abroche el cuello de la campera y estire los brazos.
El viento sopla desde el lago, que esta picado y gris, igual que el cielo. La nevada esta al caer, ninguno de los recién llegados se queja del clima, sólo los que están trabajando.
- Me tiene podrido, hace dos semanas que no veo el sol. El otro día por llevar a una vieja al cerro casi me mato con un manchón de hielo- me dice un taxista, de unos 60 años, que se acerca a hablar sin que lo llame.
Está abrigado con guantes de cuero, una boina hasta las orejas y un sobretodo de tela de avión cruzado, con botones dorados. No para de tiritar y tirar vapor por la boca como remarcando el frío que padece.
- Y bueno hombre, aunque sea hay más laburo- le digo en tono apaciguador.
- No me vengas con eso. Yo cobro lo mismo un viaje ahora que en verano, la distancia es la misma. Pero te juro que en cada viaje dejo años de vida, es estresante.
- ¿Hace mucho que vive acá?
- Me vine hace 10 años, pero no me puedo acostumbrar. La verdad es que económicamente no la paso mal, tampoco bien no te creas. Pero hago una vida de oso, que es imposible de aguantar.
-¿De dónde es?
-De Santa Fe, yo soy hombre de río. No me vengas con esta agua helada que esta sólo para mirarla.
De los recién llegados, la mayoría son turistas, los motivos del viaje pueden observarse en sus vestimentas y pertenencias. Están los que vienen a esquiar, equipados sofisticadamente, con bolsos del tamaño de tablas de esquí (mayoritariamente de snowboard) y botas que les permitirían dormir parados.
También se ven los mochileros, que no varían sus ropas de acuerdo a la estación sino que las multiplican. Se ponen los mismos puloveres de lana y babuchas, pero para no sentir frío se ponen dos de cada uno. A simple vista parecerían inmunes a la temperatura, pero al ver el grosor de sus cuerpos se nota la razón por la cual no sienten nada.
Otro grupo de pasajeros son los estudiantes que están afuera y que regresan para las vacaciones. Éstos no se caracterizan por sus ropas, sino por ser los únicos que son recibidos por un batallón de personas (familiares, amigos).
El viento sopla cada vez más fuerte, todos se apuran a subirse a algún móvil para abandonar la estación. El edificio está emplazado en un gran descampado, cuyo único resguardo es una flaca hilera de álamos que ya están doblados de tanto soportar el viento.
Los taxistas se agolpan para ganar pasajeros, un viaje básico implica al menos recorrer los cinco kilómetros que separan a la estación del centro de la ciudad. La otra opción es el colectivo de línea que tiene su terminal allí.
Otra vez los hechos marcan una distinción entre los perfiles de los turistas. Los esquiadores son los primeros en abordar los taxis, mientras que los mochileros se acurrucan como pueden para resguardarse del frío en las desprotegidas casuchas que sirven de paradas de micro.
Una vez que se dispersan, la estación descansa pero sólo por un tiempo limitado. En seguida está por arribar una nueva tanda de turistas.
- La verdad es que no se adonde meten a tanta gente- afirma el encargado del buffet.
- ¿Todos los días es así?- pregunto ya sabiendo la respuesta.
- Si, desde que empezaron las vacaciones de Buenos Aires. Pero lo raro es que los bondis que salen no se llevan a nadie. La ciudad está que explota.
- ¿Te molesta la situación?- pregunto aún sorprendido por las declaraciones del taxista.
- Para nada, yo los veo solamente acá. Después me meto en mi casa y no cruzo a nadie, allá en el alto no hay muchas visitas guiadas, viste- suelta una carcajada que no se condice con la situación.
El paisaje vacío no es tan acogedor como hace diez minutos atrás. El lugar es bastante desolador. La estación esta ubicada a las afueras de la ciudad, donde comienza la estepa patagónica, por lo que la vegetación que predomina son los arbustos achaparrados.
El contraste es notable, por un lado esta el enorme edificio que alberga a los turistas, equipado para que la recepción sea lo más grata posible. A tan sólo veinte metros de distancia están los restos de la estación terminal del tren que recorre la línea sur. Presa de un notable abandono, las paredes de granito se caen a pedazos y las boleterías están selladas con tablas del lado de adentro.
El tren aún une las localidades de Bariloche con la de Viedma, pasando por parajes aislados como Pilcaniyeu, Ñorquinco, Maquinchau. Todos ellos con baja densidad de población.
La máquina estacionada frente a las enormes murallas de granito -que la ocultan de la visión de los que arriban a la terminal de ómnibus- llama la atención.
Un hombre enfundado orgullosamente en su uniforme de guarda camina y fuma por los andenes. No hay nadie en la terminal pero él patrulla igual. Un espeso bigote cae sobre su boca, tapando por completo su labio superior. De la cara solo se ven los ojos, tiene la gorra del uniforme hundida hasta las orejas y una bufanda que le cubre de la pera para abajo.
- Discúlpeme, ¿no me podría decir de qué año son estos trenes?- voy al grano porque el clima no se presta para entablar una distendida conversación.
- Uf, estos los mandaron de Buenos Aires. Los compró Massachessi, no se en que matufia. Eran las máquinas del ferrocarril Roca, pero como ya no andaban las mandaron para acá.
- Pero, acá ¿cuántos kilómetros recorren?- pregunto ya sabiendo la respuesta.
- Son como 800 o más, si tarda como 14 horas en llegar. Siempre les pasa algo- el guarda se saca el cigarrillo de la boca solamente para hablarme.
- ¿Hubo algún accidente grave?
- No, por suerte no pero es cuestión de esperar. Por ahí fallan los frenos, pero como estamos en medio de la Patagonia hay todo un trecho para pararlo.
Vuelvo caminando por los andenes hacia las plataformas de colectivos –están a tan sólo una alameda de distancia- y noto que una nueva formación de ómnibus llegó. El paisaje es el mismo, la gente actúa uniformemente y repite inconscientemente los movimientos del grupo que ya hace media hora ha abandonado el lugar.
Un hombre meditabundo, sentado en el suelo, a la intemperie, llama mi atención. Tiene una espesa barba, un gorro de lana y se arropa con una frazada que tapa todo su cuerpo. Tres perros se acuestan a su alrededor.
Es lo más parecido a un vagabundo que vi por aquí, no suelen haber demasiados, primero porque el frío no les hace la vida fácil y segundo porque el personal de la estación no los deja mendigar en el interior de la misma.
Me acerco a hablarle y abre un ojo somnoliento, me ve pero igual lo vuelve a cerrar. Me llama la atención que no pida, la gente pasa a su lado y él no se preocupa en estirar la mano. Llego a dudar si es un mendigo o no.
- Señor, hace un rato que lo observo. ¿Se siente bien?- no sabía como acercarme a romper el hielo y no se me ocurrió pregunta más original.
- Si, por- respondió cortante y molesto por haber sido interrumpido en su sueño.
- Me pareció que estaba con frío, ¿por qué no me acompaña adentro?
- No, gracias. Ya me canse de que me echaran.
- Tengo una duda, ¿cómo hace para dormir acá?
- ¿Quién le dijo que duermo acá?, estoy esperando que me pasen a buscar en una chata porque vamos a ir a desmalezar un terreno al barrio las Victorias.
- A bueno, disculpe- mire a mi alrededor, nadie me había escuchado. Me apuré en alejarme.
La gente se empezaba a dispersar nuevamente. El mediodía se acercaba, pero si no fuese por el reloj no había forma de averiguarlo. El cielo seguía gris -quizás más que a las nueve de la mañana- y el viento había cesado, eran todos indicios de nevada.
Los sectores de sombra detrás de los edificios aún seguían congelados por la escarcha matinal, muchos desprevenidos resbalaban y caían al suelo. Un taxista tomando mate apoyado en el capot de su auto, se entretenía observando los golpes de los demás.
Caminando cuidadosamente me pongo en la fila para esperar el colectivo que me sacará como a tantos otros de la estación de colectivos de San Carlos de Bariloche.