Son las doce de la noche del sábado, la calle acaba de cambiar de manos, durante el lapso que tarde el sol en reaparecer la ciudad queda a merced de los más jóvenes.
Todavía es el período de recambio, las calles aparecen escasamente iluminadas, los negocios cerrados con la excepción de unos pocos almacenes enrejados con una ventanilla abierta por donde sólo cabe una botella. No hay ruidos ni autos. Los barrios alejados del centro permanecerán así por todo lo que dure la noche, los polos de atracción serán plazas, las adyacencias de bares y boliches.
Nada se mueve hasta después de las doce, todos respetan el horario. Antes es hora de cena, algún programa de televisión o evento cultural (cine, teatro o recitales). Recién entonces, la ciudad empieza a transformarse en la panacea de cualquier noctámbulo.
Los hábitos y costumbres varían de acuerdo al grupo al cual se pertenezca. Sin embargo, se detectan rituales extrañamente similares por más que no haya contacto entre ellos.
El alcohol es un compañero de todos por igual, la diferencia radica en el espacio que se le dedica al ritual de compartir la bebida (que tampoco suele ser la misma) y el tiempo. Por un lado, están los que brindan en sus casas o departamentos, suelen ser estudiantes del interior que tienen la suerte de poder juntarse bajo techo. Por el otro, están los que directamente toman en plazas, por falta de alternativa o porque adoptan el espacio como un lugar de reunión.
Los tipos de bebida también cambian en relación a los hábitos, en una lugar abierto se opta por el efecto rápido, el rendimiento óptimo y el valor reducido, consumiéndose preferentemente vinos de escasa calidad. Se descarta la cerveza por el frío y los cócteles extraños por la poca practicidad del banco de madera para prepararlos.
Si se está bajo techo, cambia la concepción temporal y el tipo de bebida. La diferencia esta marcada por elementos invisibles para la luz del día pero imprescindibles para una reunión social nocturna; en orden de importancia estos son: heladera, vasos, sillas y mesa (si uno es ambicioso puede agregar bienes suntuarios como podrían ser hielo y frutas, pero vamos a remitirnos a lo mínimo indispensable). A partir de estos, ya se puede pensar en bebidas más elaboradas.
Utilización planificada del espacio y el horario:
Elegir el punto de reunión se presenta como todo un tema a debatir. La elección no será simple y los argumentos varían de acuerdo a las situaciones anteriormente descriptas.
Los que escojan la calle como lugar de encuentro suelen distribuirse en lugares abiertos como plazas y ramblas (en las veredas cerca de puertas de casas no suelen ser muy bienvenidos). Presentando un paisaje casi de postal todos los sábados por la noche.
Los lugares no son elegidos al azar. A partir de la ley seca, que prohíbe la venta de alcohol sin habilitación en quioscos luego de las once de la noche, los jóvenes piensan bastante antes de elegir las plazas. La misma deberá estar estratégicamente situada, teniendo como puntos de referencia, el expendio de alcohol y el bar o boliche a donde se va a ir más tarde.
Lo mismo pasará con los departamentos, si se puede optar entre varios se elegirá al que este más cerca de los puntos de referencia mencionados.
Los tiempos de salida dependerán del sitio al que se concurra y de los hábitos de los involucrados. Si bien todos se reúnen a horas similares (alrededor de las 12), el que elija una plaza tendrá necesariamente que pisar las calles más temprano que los que se junten en un departamento. Estos podrán ir directamente al bar o boliche sin paradas previas.
Los que prefieran un boliche tendrán que esperar a las tres o cuatro de la mañana, hora en que todos acuerdan implícitamente en ir. Los lugares abiertos no suelen ser recomendables como lugares de estadía si hay que esperar hasta tan tarde (es muy difícil bailar con el cuerpo entumecido). Por este motivo, los habitúes de boliches prefieren -no les queda otra- los espacios cerrados para las reuniones.
Existe otra alternativa, los bares, que al ser gratuitos permiten la entrada y salida durante toda la noche. Estos lugares funcionarán como complemento de las plazas. En esta opción ya no hay horario de ingreso sino una vorágine espacio-temporal que dura toda la noche, sin más límites ni restricciones que las propias.
Recorriendo la ciudad:
Empezando por la calle 40 (siempre situándonos en el eje imaginario que trazan las calles 7 a 9) nos encontramos en seguida con un boliche llamado el Estudio. Pasando por la puerta a las 12 notamos que todos sus miembros de seguridad están afuera conversando tranquilamente entre ellos. Nada pasa, nada se mueve, están sumergidos en una inmensa espera.
- ¿Puedo entrar, cuánto sale?
- ¿A esta hora?, si querés pasar, pasa, es gratis. Pero mira que adentro vas a estar solo, ni la barra esta abierta a esta hora.
- ¿Y gente?
- Recién caen a eso de las 3, así que te vas a comer un embole bárbaro adentro, pero hacé como quieras.
Si bien todo lo que es gratis resulta tentador, aquí se daba la excepción, la oferta no atraía a nadie. Decido proseguir mi camino
A tan sólo una cuadra y media del lugar hay un complejo de bares (tres enfrentados entre sí) conocido como La Placita. Aquí se amontonan jóvenes de todas las edades. Muchos de ellos, con sus camisas prolijamente arregladas, están haciendo tiempo para luego ir a otro lugar.
Se observan aquí grupos de lo más diversos, desde fanáticos de las motos amontonados alrededor de sus vehículos, hasta malabaristas que festejan con lo recaudado en el semáforo por la tarde. Todos conviven en armonía, comparten el lugar sin superponerse.
La música se escucha desde uno de los bares, está en el ambiente nadie se queja, tampoco se la atiende con detenimiento. De repente, en la esquina aparece un auto “tuneado”. Es un Golf rojo con los vidrios polarizados, la luz que despiden sus resplandecientes llantas, sumadas al volumen de la música del interior, lo convierten en una especie de boliche ambulante. Estaciona frente a la plaza y descienden tres pasajeros con cerveza, el vehículo se apodera de la escena.
Ya no hay más bar, motos ni malabaristas, es este auto rojo con un interior que contrasta por su magnificencia con la ordinaria cumbia que despiden sus parlantes. Un grupo de muchachos adoradores de los ’60, empiezan a mirar mal a los tres tripulantes del “bolichemóvil”. El clima ya no es el mismo, la cordialidad se transforma en tensa coexistencia, es hora de seguir la recorrida.
Siguiendo por calle 8, doblando por diagonal 74, se encuentra otro grupo de bares. Aquí el auto rojo no causaría sensación. A diferencia del Estudio, es más difícil diferenciar al de seguridad del que no lo es, todos tienen un tamaño importante. Las mujeres bien podrían haber sido sacadas de la tapa de alguna revista, todos/as están muy arreglados. Los muchachos se mueven en grupos de no menos de cinco, no se ven muy predispuestos a hacer nuevas amistades, se cierran en su círculo (cual formación de rugby) y hablan con códigos difíciles de manejar. La única relación que guardan con el de al lado es el de estar antes o después en la largo cola para entrar al bar. Nada que hacer, no hay alrededores, todo sucede puertas adentro.
-Disculpame, ¿sabes cuanto sale la entrada?- pregunto, casi susurrando, a uno de los más grandes, que me intimida con su porte.
-¿Tenés “flyer”?
- No, es la primera vez que vengo.
- Entonces 10 pesos.
- Pero, ¿te dan algo con eso?
- Si, una lata de cerveza. En realidad te conviene ir a calle 8 y buscar un “flyer”, con eso te va a salir 5.
- Bueno gracias, voy a hacer eso.
La peatonal a estas horas es desoladora, todo oscuro, persianas cerradas con graffitis pintados, no hay vidrieras ni gente, las veredas están llenas de bolsas de basura desparramadas. Un lugar que de día es de paseo ahora es de transito. Lo último que se puede encontrar a esta hora son “flyers”, cualquier cosa menos eso.
Abandonando la peatonal, pero siguiendo por calle 8 está Almendra, un bar para mayores de 25, no hay movimiento en las veredas. Los autos estacionados en la puerta no tienen desperdicio, si se cobrara entrada estaríamos ante la exposición de la Rural pero en La Plata.
Son las tres de la mañana, ya la gente ha ganado las calles. Avanzando por calle 7 se ve gran movimiento, los semáforos dejan de ser respetados y una de las arterias principales de la ciudad se transforma en una gran pista de carreras. En 46 se llega al bar el Rectorado. La situación aquí es similar a la del anterior, gente producida pero menos puesta en escena. La muchedumbre se acumula en la esquina del bar y no ingresa, esperan que pase el tiempo, charlan y se divierten.
La gente se empieza a amontonar en la vereda, no hay cola, simplemente están parados afuera, no esperan entrar. Todos juegan con su celular; quien no lo hace deja bien en evidencia (colocándolo en un lugar visible del cuerpo, preferentemente estuche en cinturones) que no es porque no lo tenga sino porque ahora no quiere.
- ¿Cobran entrada acá?- le pregunto a una chica cuyo escote me dificulta mucho mirarla a la cara, situación que percibe al instante.
- No, es gratis.
- Ah, yo pensé… porque como están todos acá afuera…esperando- para que insistir, la conversación había terminado antes de empezar.
Desde la puerta del Rectorado hasta el próximo bar se pasa por una zona de las que se podrían denominar tranquilas dentro del alboroto nocturno. Recién en calle 59 entre 6 y 7 se encuentra Buckowski.
Son las cuatro de la mañana y ya la concurrencia es masiva, el lugar esta a mitad de cuadra y la cola de varones llega hasta la esquina. Las mujeres entran por la izquierda del vallado. Los patovicas dejan bien en claro las normas del lugar y no pierden oportunidad de repetirlo con no muy buenos modales. La espera para ingresar es larga por lo que los jóvenes se inquietan, a la demora se le suma el hecho de que ciertos invitados “vip” ingresen por la cola de mujeres.
Es el primer momento de la noche en que se ven los ánimos realmente caldeados. La cola en conjunto rezonga, la injusticia le llega a todos por igual y no están dispuestos a soportarla. La charla se generaliza, por suerte el tema no llega a mayores y los perseverantes entran. Un grupo, el que estaba más cerca de la esquina, se retira refunfuñando hacia el pool de la vuelta.
Las cuatro de la mañana en plaza Rocha, los quioscos siguen abiertos, trabajando a toda máquina. Los grupos asentados en los bancos de madera terminan por desechar la hipótesis de que la plaza es un intervalo previo para ir a otro lugar. Los jóvenes se instalan para quedarse, un grupo toma vino blanco de cartón y conversa a los gritos.
Se escuchan anécdotas de todo tipo, hazañas increíbles, fábulas de ciudad, es un reino de la fantasía. Todos escuchan y simulan creer. Ya no se ven envases de vidrio de cerveza, como en los bares del centro, ahora predominan las botellas de Switty lima limón cortadas por la mitad.
Dentro de la plaza, en el puesto de panchos, la gente se amontona para ordenar, milanesas, hamburguesas, choripanes. Asusta ver la liviandad con que se dispone de los condimentos, el cuerpo se cobrará revancha el domingo.
A media cuadra de la plaza por diagonal esta Flamingo. Si sorprendía ver la variedad de personas de los alrededores de la Placita era porque todavía no se había llegado aquí.
Un malabarista con fuego animando a un grupo de amigos sobre la esquina de enfrente al local, una mesera tratando de hacerle entender a un borracho que si quería vomitar lo más apropiado era que saliera y si quería después volvía, razonamiento que el entrado en copas se resistía a entender, devolviendo en plena puerta.
El bar da a una pequeña rotonda con el monumento a la “noche de los lápices” en el medio. A su lado un hombre asaba unos chorizos en una parrilla sobre un changuito de supermercado. El fuego estaba en el suelo y cada tanto echaba brasas en el interior del chango revestido con un chapón.
- A dos pesos el chori, recién hecho. Para bajar la birra y la lija.
A las seis y media, la noche aparentaba finalizada, pero la vida de la urbe no deja de sorprender. Luego de adherir a la atractiva consigna y consumir uno de los poderosos chorizos salidos del carro del “Norte”, era hora de ir al After Hour.
El lugar se llama Fahrenheit 565, queda en 46 entre 7 y 8 y su fachada es extraña. Esta cubierto por vidrios que dan a la calle, pero estos en vez de hacerlo luminoso lo oscurecen. Están tapados por una lámina gruesa de color negro que, sumada a la transpiración del interior, no permite ver desde afuera. Desde la esquina (el lugar esta a mitad de cuadra) se siente la música, es electrónica. Al llegar a la puerta parece que se ha viajado por el tiempo, no un viaje de los que nos proponían en “volver al futuro” sino un simple regreso de tres horas. La fiesta recién empieza y son las siete y media de la mañana.
En la vereda no hay autos, sólo un par lujosos, el patovica de la puerta los vigila cautelosamente, no mira para adentro. Todo es diferente, en el ambiente hay un clima extraño.
Un grupo de chicos espera para ingresar, pero a diferencia de lo que pasó en Buckowski no les importa esperar, nadie se preocupa por la hora, no miran al de al lado, no abunda el diálogo.
Aparatosos lentes de sol tapan media cara de uno de ellos, parece que eso no llama la atención sino más bien todo lo contrario, es normal.
La gente entra pero no sale, ya son las ocho y la agitación esta lejos de aflojar. El patovica sigue allí impávido, sólo se inclina para saludar a los recién llegados como si los conociera. Parece que va a seguir por mucho tiempo más.
Me acerco a hablar con uno de los chicos de la cola, pero desisto de la idea. La noche terminó, la próxima parada es la de colectivos.
Espero el 202, que nunca llega cuando se esta apurado o cansado. Una situación se repite, hay que hacer cola, aunque ahora esta cambia de color. Ya no son jóvenes ansiosos y descontrolados por entrar a bailar, sino inocentes niños esperando llegar a su cama para poder descansar unas horas y recomenzar la semana.
MUY VIVIDO, SOS UN OBSERVADOR SOLITARIO, CONOZCO LA FUERZA QUE DA NO PERTENECER A NINGUN LADO.