Introducción:
Nada puede discutir la imagen de Leonardo Favio como icono popular y como estandarte de todo un movimiento. Su sola persona connota una doctrina y hasta se podría llegar a afirmar sin temor a equivocarnos que simboliza el ideario de una época.
En un país donde los ídolos y las utopías han caído en desuso (resistiéndonos a aceptar la posibilidad de la muerte para ambos), donde el deporte ha opacado a la política y las ideas; vale la pena acordarse de personajes que fueron, son y seguirán siendo testigos de un país que pudo haber sido.
Repasando escuetamente su trayectoria pretendo dar cuenta del porque un artista significó tanto para toda una generación. Su obra, más allá de los alcances sociales que necesariamente serán mencionados, vale la pena ser destacada por lo innovadora para la cinematografía nacional.
Se propone, entonces, demostrar que es posible influir en el imaginario social, alterando todos los parámetros preestablecidos por el orden imperante, desde el arte.
Adhiriendo a la escuela comunicacional de Frankfurt adopta una posición reivindicativa de lo folklórico en sus obras, poniendo especial énfasis en la decadencia de la cultura simplista y dinámica de las masas. Es decir, como diría Benjamin (miembro de la misma escuela), cree en las posibilidades de usar al arte como medio -en realidad como única alternativa- para cambiar al mundo.
Para analizarlo adecuadamente haré referencia a su más temprana infancia. Luego pasaré a repasar el contexto histórico para situarlo en la época que surge y se desarrolla. A partir de esta pequeña reseña histórica pasaré a ver al artista en sí, sus influencias, sus características, su legado y su función social. Finalmente haréun pequeño repaso por su obra, tanto el cine (en donde se pondrá más énfasis) como la música.
Desarrollo:
Breve acercamiento a la vida de Favio:
Su biografía relata que Fuad Jorge Jury, su nombre real, nació en Luján de Cuyo, Mendoza, en 1938, que conoció la pobreza, que robó y estuvo internado en varios institutos de menores, de los cuales se escapaba o lo echaban. Que su padre abandonó el hogar cuando él era muy chico y murió joven, que pasó algunos años en el Hogar El Alba, del cual se fugó para volver a Luján de Cuyo a vivir con su hermano mayor, Zuhair Jury (quien sería coguionista de casi todas sus películas). Que algunos pequeños hurtos lo llevaron al Patronato de Menores, que intentó enrolarse en la Marina, donde duró poco pero se llevó el uniforme, con el cual pedía limosna en Retiro. Que retornó a Mendoza, donde su madre (que era escritora de radioteatros) le conseguía algunos bolos en la radio.
De vuelta en Buenos Aires, trabajó en la radio y luego comenzó su carrera como actor, bajo el padrinazgo de Leopoldo Torre Nilsson, quien lo tomó bajo su protección y lo incluyó en films como El secuestrador, Fin de fiesta, La mano en la trampa y La terraza. Su admiración por “Babsy” era tanta que –según Favio– comenzó como director para impresionarlo (también para conquistar a María Vaner, su primera mujer), y le dedicó su primer film, Crónica de un niño solo (1965)
Contexto histórico en el cuál surge como artista:
Desde el golpe a Perón en 1955, el país había andado a los tumbos, la carencia de figuras carismáticas y la presencia amenazante del general desde el exilio minaba el terreno de cualquier aspirante a la presidencia. Infructuosos fueron los intentos de poner fin a la crisis que llevaron adelante Frondizi e Illia.
Resistiendo proscripciones, amenazas de todo tipo y atentados directos, los amantes de los años dorados del peronismo mantenían en su retina la imagen de aquella Argentina industrial pujante y con esperanzas de salir adelante que ahora asomaba tan lejana. A este grupo de románticos idealistas pertenecía Leonardo Favio.
Su emergencia dentro del cine nacional con su película “crónica de un niño solo” (1964), no fue un hecho producto de la casualidad ni el azar sino un mero fruto de las condiciones sociopolíticas imperantes. La fecha coincide con el primer año de gestión del presidente Illia de la Unión Cívica Radical, quien duraría en su puesto hasta 1966, cuando un golpe militar, a cargo de lo tres comandantes en jefe, pusiera fin a su mandato.
La incertidumbre reinaba en el país, las elecciones habían sido ganadas tan sólo con el 25% de los votos, siendo el voto en blanco la figura de los sufragios. A principios del ’63 se había normalizado la CGT y los sindicalistas peronistas asumirían la conducción. Se enfrentarían pronto con el gobierno y e 1964 lanzarían su “Plan de Lucha” que concluyó con la ocupación pacífica por parte de los obreros de 11.000 establecimientos fabriles. Por entonces se estaba desarrollando, dentro del movimiento peronista, una tendencia a establecer relaciones más flexibles y distantes con el ex presidente, por entonces residente en Madrid.
En 1966 asume el general Onganía, un hombre fuertemente autoritario con un accionar definido por su paternalismo, escasamente verborrágico y un carácter marcadamente tecnocrático. Una de sus primeras medidas de gobierno fue el Estatuto de la Revolución que condicionaba la vigencia de la Constitución, suspendiendo las actividades políticas, se ejerció una severa tutela sobre periódicos y libros y, en el episodio más criticado de su gobierno, se acabó mediante un acto policial con la autonomía de las facultades.
El estudiantado estaba convulsionado por la situación del país y el nuevo presidente no hacía más que darle motivos para que prosiguieran con su lucha. Los enfrentamientos eran inevitables y el contexto internacional avalaba la posibilidad de pensar en un cambio radical de las estructuras y en utopías juveniles.
Era un período caracterizado por las ideas revolucionarias, el mapa geográfico comenzaba a cambiar y el capitalismo estaba en franca decadencia como modelo de sociedad.
Francia continuaba en la lucha contra Argelia que intentaba independizarse. En África, sus pobladores nativos reclamaban con voz fuerte ¡Europeos fuera de África! desencadenando interminables luchas que acababan con la vida de tantos africanos.
En América Latina, Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, encabezaban la revolución socialista en Cuba.
En la primavera parisina de 1968 parte del estudiantado de la Universidad de la Sorbona originó una rebelión. Jóvenes que organizaron una protesta en contra del sistema de evaluación y exámenes en el año 1967. Las herramientas de protestas eran “liberad la expresión”, “imaginación al poder”, “sea sensato, pida lo imposible”.
Hacia finales de los sesenta, en los Estados Unidos, el Dr. Martin Luther King cumplía lo tan ansiado, los negros podían ejercer sus derechos civiles, claro que para lograrlo pagó con su muerte.
También en Norteamérica, los jóvenes serían protagonistas de una nueva cultura: la “hippies”; de esta forma trataban de demostrar su oposición frente a la participación del gobierno en el conflicto de Vietnam.
Dentro de este contexto inspirador se enmarca la obra de Leonardo Favio. Su propuesta no es ajena al movimiento de revolucionarios franceses, al pensamiento de Gramsci o Marcuse, sin embargo, su calidad como artista es muy difícil de clasificar. Dejando que su obra hable por él, buscará conmover a un país que estaba anestesiado, dormido, enajenado ante la situación de los desamparados, los marginales, en definitiva, “los otros” sociales. Su fórmula será recurrente a lo largo de toda su carrera la utilización inteligente de: la leyenda, la humildad y la mitología.
Lo popular como género:
La historia del cine argentino no es muy distinta a la del resto de la cinematografía latinoamericana. Surge con problemas de distribución, experimentos con frustraciones, lógicos de un arte en expansión. Presentó sus épocas doradas y sus fracasos; respondió a intereses populistas, corrientes estéticas alternativas o a ideales políticos.
Como habíamos mencionado más arriba las lógicas de producción, los estilos, los momentos históricos, las ideologías, determinan las características de la obra de un autor. Siendo éste, en definitiva, un producto de la época fácilmente clasificable, así es como surgen determinadas escuelas para enmarcar a los diferentes creadores. Sin embargo, hay un autor que no entra en ninguna estética, ni ningún molde preestablecido, su nombre es Leonardo Favio.
Su verdadero nombre es Fuad Jury, y nació en la provincia de Mendoza en 1938. Hizo su entrada el cine como actor. Como actor, fue dirigido por Leopoldo Torre Nilsson. A los 28 años debutó como director con Crónica de un niño solo (1965), aportando una visión realista, cruel, dura y a la vez tierna de sus propios orígenes y del contexto social de la Argentina de ese entonces.
Leonardo Favio inventó su propia estética y rompió con todo el cine argentino precedente. Su escuela fueron los platós cinematográficos y los cine clubes. Retrataba todo aquello que es incontable con las palabras y hasta trascendía el espacio de las acciones y los gestos. Sus mundos proponían una espeluznante intromisión en un mundo muy íntimo, cuyo supuesto estatismo no hace más que confirmar un mundo de revoluciones interiores, de muerte, de codicia y de locura.
Sus principales influencias son directores de la talla de Fellini y Bergman, lo que se evidencia en su enorme capacidad para transmitir una gran carga de sensibilidad y emotividad. El énfasis de sus películas estaba justamente en la capacidad de estas de retratar una realidad que no fuese sólo la explícita, sino dejar entrever todo un mundo subyacente a la imagen que busca ser comunicado a través de la interacción de sensibilidades, entre el emisor y el receptor.
“Quién nace cineasta viene con una urgencia: utilizar o fabricar imágenes para testimoniar la Historia, transmitir el asombro, los sueños, la Poesía. Esto no es nuevo, siempre fue así…”
En definitiva, se podría decir que estamos hablando de una figura popular, un cineasta que trabaja para el pueblo y que en sus películas no hace más que reivindicar a los oprimidos y postergados.
Cabe remarcar que se entiende aquí por popular al “universo simbólico heterónomo y complejo que, por consiguiente, no se presenta como una esencia sino en relación con lo hegemónico; que tampoco es estático sino dinámico porque sus prácticas no están previa ni autónomamente configuradas, se establecen en cambio a partir de esta misma relación; y finalmente, que no es culturalmente homogéneo porque ninguno de sus elementos posee una identidad única. De esta manera, la cultura popular no se constituye en la pura independencia ni tampoco en la absoluta coerción”.
Si entendemos a Favio como popular y miramos sus inicios, comprenderemos que surge como oposición a un entorno que le es ajeno y que lo oprime, pero su obra no se erige únicamente por oposición a éste, sino que es una reivindicación mucho más profunda y abarcativa. Por otra parte, en un contexto de absoluta libertad la obra de Favio no hubiese sido todo lo rica que es para el análisis, ni sus aportes serían tan valiosos.
Lo hegemónico, mientras tanto, implica un proceso de construcción de legitimidad constante y, al mismo tiempo, consenso y conflicto. Sin embargo, si bien se habla de una relación, es necesario señalar aquí, primero, la presencia de la dominación y luego las características que adquiere la relación con esta presencia: lo hegemónico se transforma en lo jerárquico y lo popular en lo subalterno. Lo dominante (hegemónico) adquiere rasgos positivos mientras que lo dominado (popular) negativos.
En la filmografía de Favio el tratamiento de lo popular se hará desde una tarea pedagógica que reside en mostrar un repertorio amplio a lo popular y de lo popular. El autor no se pondrá en el lugar de, dando valoración positiva al sector que se acerque a su postura y despreciando al opositor (en el caso de Favio seria el sector dominante) sino que se presenta a lo popular como una interrogante, no una imagen cerrada o acabada (como diría Gramsci).
La particularidad del tratamiento de lo popular se explica con la noción de aparición , la misma afirma que los personajes y las historias aparecen ante la mirada del director. Así, lo popular no es señalado como tal, por el contrario, aparece en la descripción de un acontecer. Este fenómeno caracteriza al cine de Leonardo Favio y lo diferencia de otros (del de denuncia, por ejemplo).
La tarea de Favio no consiste, entonces, ni en la denuncia de las condiciones de existencia, ni en la presentación de una hipótesis previa a la obra cuya moraleja debiera corroborarse al final. Favio no intenta demostrar nada sino que las características de lo popular están implícitas en el texto y se desprenden sólo con la lectura de éste. De este modo, la violencia simbólica que se ejerce sobre todo objeto al establecer un discurso sobre él, se ve aminorada en este caso al permitir que ese objeto hable por sí mismo.
El aporte del cineasta, más allá de la innovación con respecto a criterios fílmicos en el país, reside especialmente en desbaratar el prejuicio establecido por la concepción hegemónica acerca del gusto y el criterio popular. Aportándole al público popular una mayor diversidad en cuanto a la elección de sus consumos culturales.
Este rompimiento con los límites entre lo que es entendido como arte popular y arte, lleva a desestructurar el sentido común y redefinir los parámetros de clase. Esto lo logra Leonardo Favio desde su posición de contrahegemónico, popular y peronista.
Favio a secas:
Si bien resultaría ideal que cada persona fuese definida mediante una simple enumeración de sus ideales, sería inocente esperar encontrar un arquetipo tan fácil de caracterizar en un mundo plagado de hipocresías. Las falsas posturas sumergen a los individuos en vidas que ni ellos conocen en profundidad. Donde cada uno tiene una personalidad y una cara de acuerdo a la circunstancia en que se encuentre.
Dentro de este éter de homogeneidad y atomización, personas como Leonardo Favio nos permiten recuperar las esperanzas en un mundo distinto, donde se logre la coherencia interna y se transparenten las personas.
El director y músico entra entre las pocas personas que podrían ser comprendidas a través de sus ideales, que presenta una línea de conducta, a lo largo de su vida, afín con lo que piensa y siente. Para dar muestra de lo que afirmo, basta con mencionar tan sólo un par de frases extraídas de diferentes entrevistas con él.
Sus grandes paradigmas de vida son la religión y el peronismo. Con respecto a la primera afirma que “es importante para el hombre estar inmerso en la religiosidad porque eso le evita caer en el error de la autosuficiencia. A través de lo religioso, el hombre tiene algo ante lo que inclinarse, algo en lo que protegerse”.
En cuanto a la segunda, dice “yo no soy un director peronista, pero soy un peronista que hago cine y eso en algún momento se nota. En ningún momento yo planifico bajar línea a través de mi arte, porque tengo miedo de que se me escape la poesía. En cambio, yo sé que aquello que hace a mi manera de sentir y de pensar, aquello que está en mis genes, va a aflorar en algún momento determinado a través de la estética”.
Pero agrega, en una nota a colación de su última producción “Perón, sinfonía del sentimiento” que en su vida durante la época peronista “nunca fue más feliz. Era un niño pobre, de una pobreza muy linda. [...] Y este era un pueblo feliz, hermano. Fuimos muy felices”. Su vida esta cruzada por este sentimiento y lo muestra orgullosos en cuanta oportunidad tenga. No hay lugar para rodeos o indirectas, frontal como sólo Favio puede ser.
Sus películas:
No se podría seguir analizando a Leonardo Favio sin mencionar su legado. A partir de su obra se puede reconstruir sus influencias, su visión del mundo e ideología. Es por eso que, quizás, este sea el caso más emblemático en el que el autor hable a través de su creación, las películas.
Reconoce que sus principales guías artísticos y espirituales fueron su madre, la escritora y locutora Manuela Olivera, y dos cineastas, el argentino Leopoldo Torre Nilsson y el japonés Akira Kurosawa.
“Creo que mi madre me dio todos los instrumentos que hacen a la marcación actoral y Torre Nilsson me hizo ver que este oficio no es difícil ni fácil: es. Tiene que tocarte el corazón”
“De Kurosawa tomé todo, todo. Sobre todo la humanidad de sus personajes, su puesta. Porque además era un gran pintor. También me alimentó la música, Wagner, Vivaldi…”
Sus películas, en orden cronológico, se detallan a continuación: “Crónica de un niño solo” (1964); “El romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza…y unas pocas cosas más” (1967); “El dependiente” (1969); “Juan Moreira” (1973); “Nazareno Cruz y el lobo” (1974), “Soñar, soñar” (1976), “Gatica, el mono” (1993) y “Perón, sinfonía de un sentimiento” documental de 6 horas de duración, estrenado en el 2000.
La primera de ellas fue Crónica de un niño solo, su opera prima, que muchos quisieron ver como una versión local de Los 400 golpes de Francoise Truffaut. Era la primera de una trilogía fundamental que concluyó con El romance del Aniceto y la Francisca (1966) y El dependiente (1967). Fueron tres pequeñas historias, con personajes que exceden la anécdota inicial para empaparse de tragedia. Las tres películas tienen un extraordinario uso de la voz en off que sitúan al espectador en la vida de esas almas solitarias y tristes y una académica utilización del tiempo real.
Luego de esos tres films, Favio se mete con la mitología popular, como luego lo haría en Gatica, el mono. Y para eso elige dos personajes y una persona: Nazareno Cruz, Juan Moreira y Carlos Mónzón. Con Juan Moreira (1972) y Nazareno Cruz y el lobo (1974) hace uso de la cultura de masas y conoce el éxito: entre las dos películas junta más de 5 millones de espectadores. A Monzón lo hace protagonizar Soñar, Soñar (1976) y lo viste con ruleros en una audaz inversión de su imagen pública.
En la trilogía inicial se evidencian influencias europeas tanto de Truffaut como de Robert Bresson, sobre todo en la austeridad de la puesta. Soñar, soñar y Gatica, el mono, en cambio, son posiblemente sus obras más personales, aunque en esta última pueden hallarse similitudes con Toro Salvaje de Scorsese, sobre todo en cuanto a algunos aspectos meramente narrativos.
“Crónica de un niño solo”: es la historia de un niño marginal, que se escapa de un reformatorio y regresa a la villa miseria en la que vive en un suburbio bonaerense. Detrás de la aparente tranquilidad que refleja la cámara de Favio, se perciben las tensiones, las miserias y humillaciones de todos aquellos que habitan en un barrio marginal.
“El romance del Aniceto y la Francisca”: se divide en tres partes y está filmada en Mendoza, provincia en la que nació el realizador. Su tema es el de un romance entre los personajes del título. Los conflictos se desatan cuando aparece una tercera mujer y surge el posterior asesinato del hombre, víctima de una pelea con otro al que le había vendido su gallo de riña.
“El dependiente”: es considerada por muchos como la mejor película en la historia del cine argentino. El dependiente es la historia de un empleado de una ferretería que vive esperando la muerte de su patrón para heredar el negocio, y de una chica reprimida que vive con un hermano enfermo y su madre enfermizamente posesiva. La película hurga en una relación pueblerina, obscura e impredecible, protagonizada por gente «común», tan común que ningún extremismo patológico resulta sorpresivo y mucho menos inverosímil. Enmarcado en un ambiente obscuro, pesimista y de aspiraciones postergadas, Leonardo Favio crea el infierno en la tierra: un lugar sin llamas y con toda la apariencia de lo apacible, justificado por la engañosa frazada de la rutina
“Juan Moreira”: a través de una versión libre de la novela de Eduardo Gutiérrez, el realizador se interna en el drama y la pasión de ese gaucho del campo argentino, definido como “un cuchillero”, que dio vida al primer drama del circo criollo. En este caso la cámara del realizador se convierte en una profunda defensora del gaucho perseguido.
“Nazareno Cruz y el lobo”: trata el mito del lobizón y transcurre durante una noche de luna llena. En un lugar y en un tiempo indefinidos, nace un niño, séptimo hijo varón de una familia campesina. Tal como lo determina la leyenda, el pequeño padecerá el triste destino de transformarse en lobizón cada vez que la luna llena ilumine las tranquilas noches del pueblo.
“Soñar, soñar”: se interna en el universo de la ilusión y las fantasías de dos hombres, dos artistas nómades que recorren el interior del país. Carlos un empleado municipal, conoce en un bar del pueblo en el que vive a un artista trashumante. Este le habla de su parecido con Charles Bronson y el empleado, tentado con la vida aventurera que el otro le propone, decide irse a recorrer el interior con su nuevo amigo.
“Perón, sinfonía del sentimiento”: a diferencia de las anteriormente mencionadas, este es un documental, o intenta serlo. Tiene una función política, aborda cuestiones históricas, coloca en el centro de la mirada a Perón en su relación con la clase obrera y busca la concientización de las nuevas generaciones. Pero para ser un documental con todas las letras es demasiado subjetivo, su mirada es parcial. Y es que a Favio no le interesa ofrecer la verdad sobre la historia, sino una visión del mundo, su versión de los hechos, en suma, su interpretación personal, en la que la toma de posición es evidente a partir de la argumentación que estructura al film. “Los documentales no presentan la verdad sino una verdad (o, mejor dicho, una visión o forma de ver), incluso si las pruebas que recogen llevan la marca de autenticidad del propio mundo histórico.”
Un párrafo aparte merece la que creo fue su obra más representativa e, indiscutiblemente, más popular, Gatica “el mono”. Desmenuzando esta película se buscará dar cuenta de las características del cine de Favio y sus recursos para lograr su objetivo. Más de una escena vale la pena ser mencionada, pero arbitrariamente se han escogido unas y no otras para descubrir la trama, los paralelismos y la crítica subyacente.
La obra ganó el “Premio Goya” a la Mejor Película de Habla Hispana, el Premio de la Asociación Argentina de Críticos Cinematográficos a la Mejor Película, Dirección, Actor, Actor de Reparto, Guión y Montaje y de Argentores el Premio a la Producción Cinematográfica.
Narra en pocas palabras la lucha de un país que se cae a pedazos, que está al borde del knock out, pero se levanta y da batalla y se debate entre la gloria y el fracaso. Para esto establece un paralelismo entre un famoso boxeador argentino y el peronismo como exponentes de una cultura que pelea por ser reconocida. Ahora mostraré como se las rebuscó Favio para contar esto sin llegar a ser explícito y caer en la obviedad.
“Gatica, el mono”: le bastaron dos escenas para dejar en claro su postura: en la primera la muestra a Evita consumida en una cama, con un aura en su cabeza. En la segunda se encarga del golpe del 55 y lo resuelve con un único y breve travelling de desolación y tristeza.
Buscando destacar el paralelismo entre Perón y Gatica, apenas comienza la película, se evocan los sucesos del 17 de octubre de 1945 en Gatica, El Mono. Mientras desde la banda sonora se oye un discurso de Juan Domingo Perón, se ve la algarabía de la multitud en la Plaza frente a la Casa Rosada y sobre ella se sobreimprime una tapa no verdadera de “El Gráfico” donde se ve al boxeador en actitud triunfante.
Favio y su hermano guionista —Zuhair Jury— recogieron del imaginario de algunos argentinos esta asociación entre el militar y el deportista y la usaron para, por un lado, recrear algunos episodios, tópicos y conocidos, de la vida del último y, por el otro, para intentar trazar una equivalencia entre el apogeo y caída de éste y los del militar en sus dos primeros gobiernos.
Para entender el estilo narrativo de Favio basta tan solo una escena de apenas veinte minutos: Gatica tiene que pelear por el título mundial contra el norteamericano Ike Williams. Un cartel sobre fondo negro indica que la narración se trasladó hasta Nueva York. En su cuarto de hotel, el boxeador discute con un periodista porque los diarios argentinos publicaron que no se entrenaba y que llevaba mujeres a su habitación.
“Me quieren poner mal con el General. Dígale que al negro se lo saco en el primer round”, dice el Mono y otra vez Favio traza el paralelismo entre el box y la política. El periodista se va y Gatica aprovecha para hacer salir del balcón a una mujer desnuda que tenía escondida.
Ya en el estadio, el presentador anuncia el combate. En el momento en que comienza la pelea, Favio decide alejar la cámara del ring y se traslada mediante un travelling al lugar donde están ubicados los relatores de distintos países. El locutor argentino habla de los instantes previos a la pelea y mediante un paneo lateral la cámara muestra a los locutores de otros países que también los comentan en sus respectivos idiomas.
Se escucha un timbre que indica el comienzo de la pelea. Otra vez el paneo lateral pero hacia el lado inverso del anterior vuelve a mostrar a los extranjeros para fijarse finalmente en el locutor argentino que empieza a relatar el match. Dos golpes de Gatica, uno del norteamericano y fin del combate. La multitud grita y tapa la voz del relator que dice claramente “cayó, cayó Gatica”.
Un primer plano del norteamericano golpeando a la cámara recrea el momento del final del combate. Luego Gatica cae hacia atrás y el árbitro finaliza el conteo. El conteo se interrumpe con una música que acompaña cada momento triste de la película. Finalmente, en off, se escucha a Gatica hablando acerca de las gallinas que tiene en su casa de Buenos Aires.
Ya en Buenos Aires, el boxeador está con su mujer y su mejor amigo en un comedor público al aire libre. Lo rodea la miseria y la desolación. Sigue hablando de sus gallinas, toma ginebra y no se preocupa por la lluvia. Vuelve a su casa y maltrata a su esposa. A solas en su habitación llora y se lamenta por la derrota. El silencio de las escena sólo es interrumpido por el llanto de su bebe. Al día siguiente la mujer le dice que lo abandona y el se hace el desentendido: su orgullo le impide pedir perdón y la deja ir. Vuelve a sonar la misma música de la derrota. Cuando el auto de la mujer se aleja, el perro del boxeador lo sigue, pero otro coche lo atropella. Gatica corre, insulta, llora. Abraza al perro muerto y no puede dejar de llorar. Para él, es el fin de una etapa.
Un noticiero de la época muestra al Mono entrenando, queriendo, después de un tiempo, volver a su mejor forma. En su cara se reconoce la imagen del rencor y la agresividad de quien está herido, pero no se resigna a morir.
Alrededor de 20 minutos le lleva a Leonardo Favio plasmar en la pantalla un resumen del corazón humano. Ahí están, intensamente representados, el odio, el orgullo, la derrota, la mentira, el desprecio, la caída y la redención final.
En la pelea, resuelta de manera notable, Favio decide alejarse del ring y de la mera anécdota deportiva. Todos los que saben de boxeo, se acuerdan que el combate duró un minuto, porque Gatica, agrandado como era, le expuso la cara a su rival y no se protegió. El director, sin hacer explícito ese hecho, lo narra a través de los gestos del relator argentino que se sorprende, porque era el Mono Gatica. ¿Cómo iba a caer de entrada?, era imposible, el país se caía.
Tuvo en juego un título mundial y lo perdió, lo abandonó la esposa y la dejó ir, pero se le muere el perro y sufre: ese es José María Gatica.
Favio y la música:
La obra de Favio es tan extensa que supera los soportes fílmicos y se adentra en el terreno de la música. Figura representativa de una década, la del ’60, plena de cambios y convulsiones, marchas y contramarchas. Favio llegó a la canción después de haber dirigido tres películas que lo posicionaban como “director de culto” dentro de la llamada “generación del ’60” de la cinematografía argentina. Sin embargo, como cantante, su estilo es inclasificable. Aunque el éxito de su primer disco, Fuiste mía un verano (1968), es uno de los mayores que registra la industria discográfica de nuestro país, Favio se ubicó en una posición equidistante entre la camada de “El Club del Clan” y la que daría origen a lo que luego se llamaría “rock nacional”.
Al igual que otros cantantes de su generación generó un estilo único e irrepetible, que se construye fundamentalmente a través de su propia imaginación creadora. Su capacidad es la de construir historias y dotarlas de vívidas imágenes plenas de detalles cotidianos, que lo acercan a una suerte de neorrealismo. Pero a la vez carga esas historias con un fuerte contenido melodramático, en sintonía con la telenovela o, más probablemente, con el radioteatro. Ese tipo de relato no tenía precedentes en la canción melódica argentina, y se veía potenciado por la personalidad de su voz grave
Sus comienzos como cantante y el éxito fueron prácticamente simultáneos. Tocaba la guitarra desde chico, intercambiando clases de guitarra por sus oficios como cebador de mate con un zapatero chileno que vivía enfrente de su casa. Como buen mendocino, empezó con tonadas y otras variedades del repertorio cuyano, a lo que fue agregando luego zambas y milongas.
Si bien su relación con el éxito no fue la mejor, al punto tal que llega a encerrarse durante meses en su departamento. “Me sentí muy perplejo”, confesaba él. “No esperaba una avalancha así y no sé si me hizo bien. Venía de un mundo de mucha tranquilidad, de austeridad, y de golpe ver esa locura de los medios, de la gente, de los shows continuados. Me sorprendió, me descolocó, y tardé mucho tiempo en reaccionar.” Luego de grabar un segundo LP en 1969, en pleno apogeo de su éxito, deja la canción en 1970 para dedicarse a preparar lo que sería su siguiente film, Juan Moreira.
La fama nunca alteraría su manera de ver las cosas, ni sus propósitos a la hora de crear. “Yo quiero llegar a la gente y conmoverla porque no soy otra cosa que un narrador de cuentos, tanto cuando filmo como cuando escribo canciones”, afirmaría en una entrevista.
Si bien a la hora de poner en la balanza sus dos amores, el cine y la música, afirma que los dos pesan por igual y le gusta tanto uno como el otro, reconoce indefectiblemente que hay una carga valorativa con respecto a cada uno de ellos. El cine ha sido un gran sacrificio para él, el éxito no fue inmediato y sus producciones demandaron grandes inversiones muy difíciles de afrontar.
Por otra parte, según sus propias palabras, la música “hizo milagros, como que yo comiera más a menudo, que pudiera pagar el alquiler, que pudiera ser solidario con quien yo quiero porque tengo los medios para hacerlo, hicieron de los aviones una alfombra mágica que me llevó a países insólitos. Mis canciones hablan idiomas que yo ignoro. Han sido traducidas al francés, al hebreo. En fin, con todo eso, ¿cómo no voy a amar la profesión de la canción o cómo voy a renunciar a ella que me permite seguir en la pelea?”.
Es evidente que no se podría dejar de lado al motor de la obra de Favio en un recorrido por su trayectoria. Digo motor porque, si bien nunca lo ha aceptado, las canciones le han permitido seguir adelante y lograr reconocimiento. Los beneficios de una gran película son a largo plazo mientras que el de un éxito en los rankings es inmediato. En definitiva, un amor ha servido para mantener al otro. Todos deberíamos estar agradecidos a su música, cuyos réditos económicos permitieron que pudiera abocarse con más tiempo al cine, sin tener que esperar nada a cambio.
Ultima realización:
Doce años después de filmar Gatica, el Mono, el cineasta y cantautor imaginó Aniceto como un ballet cinematográfico con elementos mágicos cuyo guión comenzó a escribir hace cuatro años y que empezará a rodar en enero de 2006. “Creo que ésta será realmente ‘mi’ obra”, dijo. Adelantó que el bailarín argentino Hernán Pitín podría ser elegido como protagonista y que la banda sonora será de Iván Wyszogrod, con una composición de Chopin grabada por Miguel Angel Estrella. “Todo va a transcurrir dentro de un set —dice. Siempre me gustó arriesgarme a jugar a ser Meliés y ésta será mi oportunidad”.
Sobre la trama, aclara que “este es el romance del Aniceto y la Francisca…” -su famoso filme de 1967- narrará la tristeza, la caída en desgracia y la muerte de un hombre que lo tenía todo para ser feliz.
Mientras avanza en el diseño de decorados y luces para “Aniceto”, basado en el cuento “El cenizo”, de su hermano Jorge Zuhair Jury, el cineasta mantiene una lucha en su interior por hallar los mecanismos más honestos que puedan tocar el corazón del público y logren emocionarlo.
A su vez, agrega “esta película plantea una búsqueda de la expresión a través de la imagen, mucho más concentrada y potente. En estos momentos hay elementos que me pueden ayudar a conmocionar mucho más”, dijo el artista, y añadió: “Nunca me propuse cosas sobrenaturales con mi cine, simplemente busco lograr la emoción. Y con eso me doy por cumplido”.
Conclusión:
Luego de recorrer la obra de Leonardo Favio creo entender el porque de su apoyo popular y su trascendencia política.
Con respecto al primer punto, su cine rompió con todos los moldes, su retrato de los marginales permitió transparentar un submundo que hasta ese momento se mantenía deliberadamente en las penumbras. Esta modalidad de narrar no sólo le hace ganar consenso entre los excluidos (que se sienten identificados con las historias), sino que indirectamente implica asociar al director con una actitud política.
Sus historias son simples, los personajes cotidianos, los lugares habituales, pero la actitud completamente novedosa. Su mérito no radica en la originalidad o novedad, sino justamente en todo lo contrario, en contar lo que todos vemos pero nadie se detiene a observar. El conmover a la audiencia con películas de este contenido conlleva a pensar que el autor entabla un estrecho dialogo con ellos, al punto tal que nada será igual de ahí en adelante. Verán en Leonardo Favio no a un artista, sino a un igual que los comprende e interpreta. En este hecho reside el caudal de su figura política.
En su segunda etapa se dedica a los mitos, pero en realidad no hace más que cristalizar su imagen de vocero del pueblo. Los retratos son de héroes (o antihéroes) que se relacionan directamente con las bases, desde donde surgirán, irán a parar o transcurrirán sus días. Estos personajes, servirán (al igual que en la otra etapa) para avivar las alicaídas esperanzas de un pueblo abnegado.
No es casual que Favio se identifique tan estrechamente con la figura del general Perón, nadie en la historia de nuestro país fue a la vez tan carismático como pragmático. La figura del ex presidente despertaba amores y odios, pero no se puede negar que sabía como llegar a la gente. Palabras como clientelismo o demagogia surgen como contrapartida al pragmatismo enunciado con anterioridad, sin embargo, quien mejor que él para entender lo que quería el pueblo. No había rodeos, o se estaba a favor o en contra, la realidad se comía a los media tinta. Así son las historias de Favio, frontales, reales, palpables, podrán ser del agrado del público o no, lo que es indiscutible es que no hay forma de ignorarlas, están ahí como el general. Ambos son parte de nuestro pasado pero nadie puede dejar de recordarlos y reinterpretarlos.