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Y…BUENO

- Y…si.

- Bueno. Entonces repasemos señor Saúl Carlos: este es un trabajo que va a requerir proactividad y una fuerte predisposición al trabajo en grupo. Desde el primer día se le harán aportes por lo que va a contar con cobertura médica.

- Aja…

- Luego de un análisis de su Currículum Vitae hemos decidido con nuestro cuerpo de psicólogos escogerlo a usted. Lo único que me tiene que responder es si está dispuesto a trabajar en el horario de 3 a 10 de la mañana en nuestras oficinas de Constitución.

- Y…si.

- Saúl, lo noto un poco distante. Usted está convencido de su postulación para el trabajo; mire que, le repito, usted ha sido el afortunado por encima de otros 50 aplicantes.

- No, por favor, desde ya que me encuentro inmensamente satisfecho de ser el escogido. Me decía…

- Sigamos. De acuerdo a su currículum usted tiene un avanzado nivel de inglés-

- Estudié ocho años en un instituto. Con varios exámenes aprobados por Cambridge.

- Bien. Entonces va a ingresar en nuestra sección de atención al público bilingüe. También afirma tener acabados conocimientos en sistemas y un título universitario de Diseñador Gráfico. Cuénteme, ¿Por qué no ejerce en su rubro?

- Bueno…- Saúl se mordió el labio inferior aguantándose las ganas de espetarle un: “imagínese”- No he tenido suerte. Quizás el diseño no sea lo mío- nunca se había sentido tan poco auténtico en su vida, pero que más da: “dale que va” dijo alguna vez Enrique Santos Discépolo.

- Parece que la suerte va cambiando mi querido Saúl Carlos, ¿ve que no todo está perdido?- el anónimo entrevistador hablaba con aires de estar haciendo un favor.

- Y…si- si Batman hubiese visto la cara de poker de Saúl seguramente volvería a sentir miedo de su venido a menos enemigo: el Guasón.

- Su sueldo va a ser de 1280 pesos. Trabajando de martes a domingo con un franco y medio por semana. ¿Estamos de acuerdo?

- Y…si- en todo momento Saúl hacía el esfuerzo por retener la imagen de Nestitor diciendo sus primeras palabras, sonriendo al verlo entrar por la puerta y caminando a los tumbos para acudir en su encuentro.

- ¿Tiene alguna duda? Si no. Nos vemos el martes para iniciar con el trabajo.

- Esta todo claro. Hasta el martes señor.

- Hasta el martes.

La vorágine citadina normalmente implica que la gente se amontone en aras de conseguir ingresar al subte. Saúl dejó pasar dos línea E porque simplemente no logró dar el primer paso para subirse.

Planeaba la estrategia para hacerle frente a su amada Marie July que seguramente lo esperaría con mate aguardando las buenas nuevas. Soplaban aires de cambio para todos los gallos, le había dicho Mary en la enésima relectura de Ludovica, su libro de cabecera. Saúl no creía mucho en eso, pero aguantaba maratónicas sesiones de astrología y misticismo como preámbulo a cada una de sus miles de entrevistas laborales.

Estación Mitre, parada. Mejor seguir hasta Medalla Milagrosa. Caminaría más, pero el aire del parque le ayudaría a despejarse. Bah, en realidad nada era calculado. Simplemente no bajó.

- Hola amor, llegué- la comisura de los labios se extendía a modo de sonrisa, pero una lagrima desobediente asomaba por el rabillo del ojo y amenazaba con destruir todo su plan.

- ¿Cómo te fue? Te demoraste más de lo que esperaba. Te tuvieron bastante. ¿Quedaste? ¿Alcanzaste a comprar las cosas que te pedí? Nestitor ya se durmió así que habla despacito.

Saúl odiaba que Mary July lo agobiara a preguntas porque nunca sabía que responder. Igual esta vez le dio lo mismo.

- Empiezo el martes…

- ¡Que bueno! Felicitaciones. ¿Cuánto te van a pagar?- Mary July era una chica sin muchos rodeos, lo cual esta bien…a veces.

- Alrededor de 1300- el redondeo para arriba siempre aminora el impacto- pero tenemos obra social para Nestitor.

- Con eso no pagamos ni lo que debemos de expensas…

- Y…no.

- ¿Y el alquiler?

-

- No me hagas el mudo…que me pone peor.

- …ah, me olvide de las compras- el intento por cambiar de tema no fue muy audaz. Fue como intentar callar a un chancho a patadas.

- Yo así no puedo más Saúl Carlos. ¡Esto se desbarranca y vos no me ayudas!

Saúl que huye sirve para otra batalla. Llamó al ascensor y fue a ver si algún almacén permanecía abierto a las 11 de la noche. Una lisa y llana excusa, apenas pisó la calle se fue a lo de Juan Domingo, un ex compañero de un estudio de diseño –despedido para la misma época que Saúl- que estaba siempre peor, lo cual lo regodeaba en su miseria. Tiró un colchón y durmió en un monoambiente que no era el suyo, cambiar de aire siempre viene bien.

Domingo 10 de la mañana, los reencuentros siempre son extraños. Con Mary July no se sabe que esperar. Abrió la puerta con cara de perro recién golpeado y allí estaba ella: Cristina, la eterna salvadora de pobres y desdichados, la hija de aristócratas de cuna bien, que sabía como era la receta de la vida pero nunca la había tenido que aplicar (ah, y por cierto, la madre de Mary July).

- Ya les llené la heladera querido.

Si Saúl pudiera elegir, preferiría que su suegra le parta una sartén en la cabeza a que le haga un favor. Sabía las consecuencias.

- Tu vida no terminó con el estudio. Tenés una familia. No podés seguir con tus sueños de diseñador, hay que seguir querido.

- Y…si- Saúl se quedó cavilando acerca de la palabra “querido”-el martes arranco.

- Me dijo Mary. Pero con ese sueldo no hacen nada.

- Y…no.

La inquisición terminó gracias a la aparición de Nestitor que se acababa de levantar y pedía atención. Saúl no dejó escapar la oportunidad y escapó con el niño en los brazos.

Las visitas de Cristina duraban exactamente el tiempo que tardaba en enrostrarle a Saúl sus desdichas, así que esta vez fue fugaz. A la vuelta del parque Mary July, Saúl y Nestitor cenaron en un absoluto silencio. Era la última cena a horarios normales que tendrían, todos lo sabían, para que arruinarla con discusiones estériles.

Llegó el martes.

- Buenos días mi nombre es Saúl Carlos Mendez, esto es servicio de atención al cliente de Moviton ¿en qué puedo serle útil?….

Leonardo Favio

Introducción:

Nada puede discutir la imagen de Leonardo Favio como icono popular y como estandarte de todo un movimiento. Su sola persona connota una doctrina y hasta se podría llegar a afirmar sin temor a equivocarnos que simboliza el ideario de una época.
En un país donde los ídolos y las utopías han caído en desuso (resistiéndonos a aceptar la posibilidad de la muerte para ambos), donde el deporte ha opacado a la política y las ideas; vale la pena acordarse de personajes que fueron, son y seguirán siendo testigos de un país que pudo haber sido.
Repasando escuetamente su trayectoria pretendo dar cuenta del porque un artista significó tanto para toda una generación. Su obra, más allá de los alcances sociales que necesariamente serán mencionados, vale la pena ser destacada por lo innovadora para la cinematografía nacional.
Se propone, entonces, demostrar que es posible influir en el imaginario social, alterando todos los parámetros preestablecidos por el orden imperante, desde el arte.
Adhiriendo a la escuela comunicacional de Frankfurt adopta una posición reivindicativa de lo folklórico en sus obras, poniendo especial énfasis en la decadencia de la cultura simplista y dinámica de las masas. Es decir, como diría Benjamin (miembro de la misma escuela), cree en las posibilidades de usar al arte como medio -en realidad como única alternativa- para cambiar al mundo.
Para analizarlo adecuadamente haré referencia a su más temprana infancia. Luego pasaré a repasar el contexto histórico para situarlo en la época que surge y se desarrolla. A partir de esta pequeña reseña histórica pasaré a ver al artista en sí, sus influencias, sus características, su legado y su función social. Finalmente haréun pequeño repaso por su obra, tanto el cine (en donde se pondrá más énfasis) como la música.

Desarrollo:

Breve acercamiento a la vida de Favio:

Su biografía relata que Fuad Jorge Jury, su nombre real, nació en Luján de Cuyo, Mendoza, en 1938, que conoció la pobreza, que robó y estuvo internado en varios institutos de menores, de los cuales se escapaba o lo echaban. Que su padre abandonó el hogar cuando él era muy chico y murió joven, que pasó algunos años en el Hogar El Alba, del cual se fugó para volver a Luján de Cuyo a vivir con su hermano mayor, Zuhair Jury (quien sería coguionista de casi todas sus películas). Que algunos pequeños hurtos lo llevaron al Patronato de Menores, que intentó enrolarse en la Marina, donde duró poco pero se llevó el uniforme, con el cual pedía limosna en Retiro. Que retornó a Mendoza, donde su madre (que era escritora de radioteatros) le conseguía algunos bolos en la radio.
De vuelta en Buenos Aires, trabajó en la radio y luego comenzó su carrera como actor, bajo el padrinazgo de Leopoldo Torre Nilsson, quien lo tomó bajo su protección y lo incluyó en films como El secuestrador, Fin de fiesta, La mano en la trampa y La terraza. Su admiración por “Babsy” era tanta que –según Favio– comenzó como director para impresionarlo (también para conquistar a María Vaner, su primera mujer), y le dedicó su primer film, Crónica de un niño solo (1965)

Contexto histórico en el cuál surge como artista:

Desde el golpe a Perón en 1955, el país había andado a los tumbos, la carencia de figuras carismáticas y la presencia amenazante del general desde el exilio minaba el terreno de cualquier aspirante a la presidencia. Infructuosos fueron los intentos de poner fin a la crisis que llevaron adelante Frondizi e Illia.
Resistiendo proscripciones, amenazas de todo tipo y atentados directos, los amantes de los años dorados del peronismo mantenían en su retina la imagen de aquella Argentina industrial pujante y con esperanzas de salir adelante que ahora asomaba tan lejana. A este grupo de románticos idealistas pertenecía Leonardo Favio.
Su emergencia dentro del cine nacional con su película “crónica de un niño solo” (1964), no fue un hecho producto de la casualidad ni el azar sino un mero fruto de las condiciones sociopolíticas imperantes. La fecha coincide con el primer año de gestión del presidente Illia de la Unión Cívica Radical, quien duraría en su puesto hasta 1966, cuando un golpe militar, a cargo de lo tres comandantes en jefe, pusiera fin a su mandato.
La incertidumbre reinaba en el país, las elecciones habían sido ganadas tan sólo con el 25% de los votos, siendo el voto en blanco la figura de los sufragios. A principios del ’63 se había normalizado la CGT y los sindicalistas peronistas asumirían la conducción. Se enfrentarían pronto con el gobierno y e 1964 lanzarían su “Plan de Lucha” que concluyó con la ocupación pacífica por parte de los obreros de 11.000 establecimientos fabriles. Por entonces se estaba desarrollando, dentro del movimiento peronista, una tendencia a establecer relaciones más flexibles y distantes con el ex presidente, por entonces residente en Madrid.
En 1966 asume el general Onganía, un hombre fuertemente autoritario con un accionar definido por su paternalismo, escasamente verborrágico y un carácter marcadamente tecnocrático. Una de sus primeras medidas de gobierno fue el Estatuto de la Revolución que condicionaba la vigencia de la Constitución, suspendiendo las actividades políticas, se ejerció una severa tutela sobre periódicos y libros y, en el episodio más criticado de su gobierno, se acabó mediante un acto policial con la autonomía de las facultades.
El estudiantado estaba convulsionado por la situación del país y el nuevo presidente no hacía más que darle motivos para que prosiguieran con su lucha. Los enfrentamientos eran inevitables y el contexto internacional avalaba la posibilidad de pensar en un cambio radical de las estructuras y en utopías juveniles.
Era un período caracterizado por las ideas revolucionarias, el mapa geográfico comenzaba a cambiar y el capitalismo estaba en franca decadencia como modelo de sociedad.
Francia continuaba en la lucha contra Argelia que intentaba independizarse. En África, sus pobladores nativos reclamaban con voz fuerte ¡Europeos fuera de África! desencadenando interminables luchas que acababan con la vida de tantos africanos.
En América Latina, Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, encabezaban la revolución socialista en Cuba.
En la primavera parisina de 1968 parte del estudiantado de la Universidad de la Sorbona originó una rebelión. Jóvenes que organizaron una protesta en contra del sistema de evaluación y exámenes en el año 1967. Las herramientas de protestas eran “liberad la expresión”, “imaginación al poder”, “sea sensato, pida lo imposible”.
Hacia finales de los sesenta, en los Estados Unidos, el Dr. Martin Luther King cumplía lo tan ansiado, los negros podían ejercer sus derechos civiles, claro que para lograrlo pagó con su muerte.
También en Norteamérica, los jóvenes serían protagonistas de una nueva cultura: la “hippies”; de esta forma trataban de demostrar su oposición frente a la participación del gobierno en el conflicto de Vietnam.
Dentro de este contexto inspirador se enmarca la obra de Leonardo Favio. Su propuesta no es ajena al movimiento de revolucionarios franceses, al pensamiento de Gramsci o Marcuse, sin embargo, su calidad como artista es muy difícil de clasificar. Dejando que su obra hable por él, buscará conmover a un país que estaba anestesiado, dormido, enajenado ante la situación de los desamparados, los marginales, en definitiva, “los otros” sociales. Su fórmula será recurrente a lo largo de toda su carrera la utilización inteligente de: la leyenda, la humildad y la mitología.

Lo popular como género:

La historia del cine argentino no es muy distinta a la del resto de la cinematografía latinoamericana. Surge con problemas de distribución, experimentos con frustraciones, lógicos de un arte en expansión. Presentó sus épocas doradas y sus fracasos; respondió a intereses populistas, corrientes estéticas alternativas o a ideales políticos.
Como habíamos mencionado más arriba las lógicas de producción, los estilos, los momentos históricos, las ideologías, determinan las características de la obra de un autor. Siendo éste, en definitiva, un producto de la época fácilmente clasificable, así es como surgen determinadas escuelas para enmarcar a los diferentes creadores. Sin embargo, hay un autor que no entra en ninguna estética, ni ningún molde preestablecido, su nombre es Leonardo Favio.
Su verdadero nombre es Fuad Jury, y nació en la provincia de Mendoza en 1938. Hizo su entrada el cine como actor. Como actor, fue dirigido por Leopoldo Torre Nilsson. A los 28 años debutó como director con Crónica de un niño solo (1965), aportando una visión realista, cruel, dura y a la vez tierna de sus propios orígenes y del contexto social de la Argentina de ese entonces.
Leonardo Favio inventó su propia estética y rompió con todo el cine argentino precedente. Su escuela fueron los platós cinematográficos y los cine clubes. Retrataba todo aquello que es incontable con las palabras y hasta trascendía el espacio de las acciones y los gestos. Sus mundos proponían una espeluznante intromisión en un mundo muy íntimo, cuyo supuesto estatismo no hace más que confirmar un mundo de revoluciones interiores, de muerte, de codicia y de locura.
Sus principales influencias son directores de la talla de Fellini y Bergman, lo que se evidencia en su enorme capacidad para transmitir una gran carga de sensibilidad y emotividad. El énfasis de sus películas estaba justamente en la capacidad de estas de retratar una realidad que no fuese sólo la explícita, sino dejar entrever todo un mundo subyacente a la imagen que busca ser comunicado a través de la interacción de sensibilidades, entre el emisor y el receptor.
“Quién nace cineasta viene con una urgencia: utilizar o fabricar imágenes para testimoniar la Historia, transmitir el asombro, los sueños, la Poesía. Esto no es nuevo, siempre fue así…”
En definitiva, se podría decir que estamos hablando de una figura popular, un cineasta que trabaja para el pueblo y que en sus películas no hace más que reivindicar a los oprimidos y postergados.
Cabe remarcar que se entiende aquí por popular al “universo simbólico heterónomo y complejo que, por consiguiente, no se presenta como una esencia sino en relación con lo hegemónico; que tampoco es estático sino dinámico porque sus prácticas no están previa ni autónomamente configuradas, se establecen en cambio a partir de esta misma relación; y finalmente, que no es culturalmente homogéneo porque ninguno de sus elementos posee una identidad única. De esta manera, la cultura popular no se constituye en la pura independencia ni tampoco en la absoluta coerción”.
Si entendemos a Favio como popular y miramos sus inicios, comprenderemos que surge como oposición a un entorno que le es ajeno y que lo oprime, pero su obra no se erige únicamente por oposición a éste, sino que es una reivindicación mucho más profunda y abarcativa. Por otra parte, en un contexto de absoluta libertad la obra de Favio no hubiese sido todo lo rica que es para el análisis, ni sus aportes serían tan valiosos.
Lo hegemónico, mientras tanto, implica un proceso de construcción de legitimidad constante y, al mismo tiempo, consenso y conflicto. Sin embargo, si bien se habla de una relación, es necesario señalar aquí, primero, la presencia de la dominación y luego las características que adquiere la relación con esta presencia: lo hegemónico se transforma en lo jerárquico y lo popular en lo subalterno. Lo dominante (hegemónico) adquiere rasgos positivos mientras que lo dominado (popular) negativos.
En la filmografía de Favio el tratamiento de lo popular se hará desde una tarea pedagógica que reside en mostrar un repertorio amplio a lo popular y de lo popular. El autor no se pondrá en el lugar de, dando valoración positiva al sector que se acerque a su postura y despreciando al opositor (en el caso de Favio seria el sector dominante) sino que se presenta a lo popular como una interrogante, no una imagen cerrada o acabada (como diría Gramsci).
La particularidad del tratamiento de lo popular se explica con la noción de aparición , la misma afirma que los personajes y las historias aparecen ante la mirada del director. Así, lo popular no es señalado como tal, por el contrario, aparece en la descripción de un acontecer. Este fenómeno caracteriza al cine de Leonardo Favio y lo diferencia de otros (del de denuncia, por ejemplo).
La tarea de Favio no consiste, entonces, ni en la denuncia de las condiciones de existencia, ni en la presentación de una hipótesis previa a la obra cuya moraleja debiera corroborarse al final. Favio no intenta demostrar nada sino que las características de lo popular están implícitas en el texto y se desprenden sólo con la lectura de éste. De este modo, la violencia simbólica que se ejerce sobre todo objeto al establecer un discurso sobre él, se ve aminorada en este caso al permitir que ese objeto hable por sí mismo.
El aporte del cineasta, más allá de la innovación con respecto a criterios fílmicos en el país, reside especialmente en desbaratar el prejuicio establecido por la concepción hegemónica acerca del gusto y el criterio popular. Aportándole al público popular una mayor diversidad en cuanto a la elección de sus consumos culturales.
Este rompimiento con los límites entre lo que es entendido como arte popular y arte, lleva a desestructurar el sentido común y redefinir los parámetros de clase. Esto lo logra Leonardo Favio desde su posición de contrahegemónico, popular y peronista.

Favio a secas:

Si bien resultaría ideal que cada persona fuese definida mediante una simple enumeración de sus ideales, sería inocente esperar encontrar un arquetipo tan fácil de caracterizar en un mundo plagado de hipocresías. Las falsas posturas sumergen a los individuos en vidas que ni ellos conocen en profundidad. Donde cada uno tiene una personalidad y una cara de acuerdo a la circunstancia en que se encuentre.
Dentro de este éter de homogeneidad y atomización, personas como Leonardo Favio nos permiten recuperar las esperanzas en un mundo distinto, donde se logre la coherencia interna y se transparenten las personas.
El director y músico entra entre las pocas personas que podrían ser comprendidas a través de sus ideales, que presenta una línea de conducta, a lo largo de su vida, afín con lo que piensa y siente. Para dar muestra de lo que afirmo, basta con mencionar tan sólo un par de frases extraídas de diferentes entrevistas con él.
Sus grandes paradigmas de vida son la religión y el peronismo. Con respecto a la primera afirma que “es importante para el hombre estar inmerso en la religiosidad porque eso le evita caer en el error de la autosuficiencia. A través de lo religioso, el hombre tiene algo ante lo que inclinarse, algo en lo que protegerse”.
En cuanto a la segunda, dice “yo no soy un director peronista, pero soy un peronista que hago cine y eso en algún momento se nota. En ningún momento yo planifico bajar línea a través de mi arte, porque tengo miedo de que se me escape la poesía. En cambio, yo sé que aquello que hace a mi manera de sentir y de pensar, aquello que está en mis genes, va a aflorar en algún momento determinado a través de la estética”.
Pero agrega, en una nota a colación de su última producción “Perón, sinfonía del sentimiento” que en su vida durante la época peronista “nunca fue más feliz. Era un niño pobre, de una pobreza muy linda. [...] Y este era un pueblo feliz, hermano. Fuimos muy felices”. Su vida esta cruzada por este sentimiento y lo muestra orgullosos en cuanta oportunidad tenga. No hay lugar para rodeos o indirectas, frontal como sólo Favio puede ser.

Sus películas:

No se podría seguir analizando a Leonardo Favio sin mencionar su legado. A partir de su obra se puede reconstruir sus influencias, su visión del mundo e ideología. Es por eso que, quizás, este sea el caso más emblemático en el que el autor hable a través de su creación, las películas.
Reconoce que sus principales guías artísticos y espirituales fueron su madre, la escritora y locutora Manuela Olivera, y dos cineastas, el argentino Leopoldo Torre Nilsson y el japonés Akira Kurosawa.
“Creo que mi madre me dio todos los instrumentos que hacen a la marcación actoral y Torre Nilsson me hizo ver que este oficio no es difícil ni fácil: es. Tiene que tocarte el corazón”
“De Kurosawa tomé todo, todo. Sobre todo la humanidad de sus personajes, su puesta. Porque además era un gran pintor. También me alimentó la música, Wagner, Vivaldi…”
Sus películas, en orden cronológico, se detallan a continuación: “Crónica de un niño solo” (1964); “El romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza…y unas pocas cosas más” (1967); “El dependiente” (1969); “Juan Moreira” (1973); “Nazareno Cruz y el lobo” (1974), “Soñar, soñar” (1976), “Gatica, el mono” (1993) y “Perón, sinfonía de un sentimiento” documental de 6 horas de duración, estrenado en el 2000.
La primera de ellas fue Crónica de un niño solo, su opera prima, que muchos quisieron ver como una versión local de Los 400 golpes de Francoise Truffaut. Era la primera de una trilogía fundamental que concluyó con El romance del Aniceto y la Francisca (1966) y El dependiente (1967). Fueron tres pequeñas historias, con personajes que exceden la anécdota inicial para empaparse de tragedia. Las tres películas tienen un extraordinario uso de la voz en off que sitúan al espectador en la vida de esas almas solitarias y tristes y una académica utilización del tiempo real.
Luego de esos tres films, Favio se mete con la mitología popular, como luego lo haría en Gatica, el mono. Y para eso elige dos personajes y una persona: Nazareno Cruz, Juan Moreira y Carlos Mónzón. Con Juan Moreira (1972) y Nazareno Cruz y el lobo (1974) hace uso de la cultura de masas y conoce el éxito: entre las dos películas junta más de 5 millones de espectadores. A Monzón lo hace protagonizar Soñar, Soñar (1976) y lo viste con ruleros en una audaz inversión de su imagen pública.
En la trilogía inicial se evidencian influencias europeas tanto de Truffaut como de Robert Bresson, sobre todo en la austeridad de la puesta. Soñar, soñar y Gatica, el mono, en cambio, son posiblemente sus obras más personales, aunque en esta última pueden hallarse similitudes con Toro Salvaje de Scorsese, sobre todo en cuanto a algunos aspectos meramente narrativos.

“Crónica de un niño solo”: es la historia de un niño marginal, que se escapa de un reformatorio y regresa a la villa miseria en la que vive en un suburbio bonaerense. Detrás de la aparente tranquilidad que refleja la cámara de Favio, se perciben las tensiones, las miserias y humillaciones de todos aquellos que habitan en un barrio marginal.

“El romance del Aniceto y la Francisca”: se divide en tres partes y está filmada en Mendoza, provincia en la que nació el realizador. Su tema es el de un romance entre los personajes del título. Los conflictos se desatan cuando aparece una tercera mujer y surge el posterior asesinato del hombre, víctima de una pelea con otro al que le había vendido su gallo de riña.

“El dependiente”: es considerada por muchos como la mejor película en la historia del cine argentino. El dependiente es la historia de un empleado de una ferretería que vive esperando la muerte de su patrón para heredar el negocio, y de una chica reprimida que vive con un hermano enfermo y su madre enfermizamente posesiva. La película hurga en una relación pueblerina, obscura e impredecible, protagonizada por gente «común», tan común que ningún extremismo patológico resulta sorpresivo y mucho menos inverosímil. Enmarcado en un ambiente obscuro, pesimista y de aspiraciones postergadas, Leonardo Favio crea el infierno en la tierra: un lugar sin llamas y con toda la apariencia de lo apacible, justificado por la engañosa frazada de la rutina

“Juan Moreira”: a través de una versión libre de la novela de Eduardo Gutiérrez, el realizador se interna en el drama y la pasión de ese gaucho del campo argentino, definido como “un cuchillero”, que dio vida al primer drama del circo criollo. En este caso la cámara del realizador se convierte en una profunda defensora del gaucho perseguido.

“Nazareno Cruz y el lobo”: trata el mito del lobizón y transcurre durante una noche de luna llena. En un lugar y en un tiempo indefinidos, nace un niño, séptimo hijo varón de una familia campesina. Tal como lo determina la leyenda, el pequeño padecerá el triste destino de transformarse en lobizón cada vez que la luna llena ilumine las tranquilas noches del pueblo.

“Soñar, soñar”: se interna en el universo de la ilusión y las fantasías de dos hombres, dos artistas nómades que recorren el interior del país. Carlos un empleado municipal, conoce en un bar del pueblo en el que vive a un artista trashumante. Este le habla de su parecido con Charles Bronson y el empleado, tentado con la vida aventurera que el otro le propone, decide irse a recorrer el interior con su nuevo amigo.

“Perón, sinfonía del sentimiento”: a diferencia de las anteriormente mencionadas, este es un documental, o intenta serlo. Tiene una función política, aborda cuestiones históricas, coloca en el centro de la mirada a Perón en su relación con la clase obrera y busca la concientización de las nuevas generaciones. Pero para ser un documental con todas las letras es demasiado subjetivo, su mirada es parcial. Y es que a Favio no le interesa ofrecer la verdad sobre la historia, sino una visión del mundo, su versión de los hechos, en suma, su interpretación personal, en la que la toma de posición es evidente a partir de la argumentación que estructura al film. “Los documentales no presentan la verdad sino una verdad (o, mejor dicho, una visión o forma de ver), incluso si las pruebas que recogen llevan la marca de autenticidad del propio mundo histórico.”

Un párrafo aparte merece la que creo fue su obra más representativa e, indiscutiblemente, más popular, Gatica “el mono”. Desmenuzando esta película se buscará dar cuenta de las características del cine de Favio y sus recursos para lograr su objetivo. Más de una escena vale la pena ser mencionada, pero arbitrariamente se han escogido unas y no otras para descubrir la trama, los paralelismos y la crítica subyacente.
La obra ganó el “Premio Goya” a la Mejor Película de Habla Hispana, el Premio de la Asociación Argentina de Críticos Cinematográficos a la Mejor Película, Dirección, Actor, Actor de Reparto, Guión y Montaje y de Argentores el Premio a la Producción Cinematográfica.
Narra en pocas palabras la lucha de un país que se cae a pedazos, que está al borde del knock out, pero se levanta y da batalla y se debate entre la gloria y el fracaso. Para esto establece un paralelismo entre un famoso boxeador argentino y el peronismo como exponentes de una cultura que pelea por ser reconocida. Ahora mostraré como se las rebuscó Favio para contar esto sin llegar a ser explícito y caer en la obviedad.

“Gatica, el mono”: le bastaron dos escenas para dejar en claro su postura: en la primera la muestra a Evita consumida en una cama, con un aura en su cabeza. En la segunda se encarga del golpe del 55 y lo resuelve con un único y breve travelling de desolación y tristeza.
Buscando destacar el paralelismo entre Perón y Gatica, apenas comienza la película, se evocan los sucesos del 17 de octubre de 1945 en Gatica, El Mono. Mientras desde la banda sonora se oye un discurso de Juan Domingo Perón, se ve la algarabía de la multitud en la Plaza frente a la Casa Rosada y sobre ella se sobreimprime una tapa no verdadera de “El Gráfico” donde se ve al boxeador en actitud triunfante.
Favio y su hermano guionista —Zuhair Jury— recogieron del imaginario de algunos argentinos esta asociación entre el militar y el deportista y la usaron para, por un lado, recrear algunos episodios, tópicos y conocidos, de la vida del último y, por el otro, para intentar trazar una equivalencia entre el apogeo y caída de éste y los del militar en sus dos primeros gobiernos.
Para entender el estilo narrativo de Favio basta tan solo una escena de apenas veinte minutos: Gatica tiene que pelear por el título mundial contra el norteamericano Ike Williams. Un cartel sobre fondo negro indica que la narración se trasladó hasta Nueva York. En su cuarto de hotel, el boxeador discute con un periodista porque los diarios argentinos publicaron que no se entrenaba y que llevaba mujeres a su habitación.
“Me quieren poner mal con el General. Dígale que al negro se lo saco en el primer round”, dice el Mono y otra vez Favio traza el paralelismo entre el box y la política. El periodista se va y Gatica aprovecha para hacer salir del balcón a una mujer desnuda que tenía escondida.
Ya en el estadio, el presentador anuncia el combate. En el momento en que comienza la pelea, Favio decide alejar la cámara del ring y se traslada mediante un travelling al lugar donde están ubicados los relatores de distintos países. El locutor argentino habla de los instantes previos a la pelea y mediante un paneo lateral la cámara muestra a los locutores de otros países que también los comentan en sus respectivos idiomas.
Se escucha un timbre que indica el comienzo de la pelea. Otra vez el paneo lateral pero hacia el lado inverso del anterior vuelve a mostrar a los extranjeros para fijarse finalmente en el locutor argentino que empieza a relatar el match. Dos golpes de Gatica, uno del norteamericano y fin del combate. La multitud grita y tapa la voz del relator que dice claramente “cayó, cayó Gatica”.
Un primer plano del norteamericano golpeando a la cámara recrea el momento del final del combate. Luego Gatica cae hacia atrás y el árbitro finaliza el conteo. El conteo se interrumpe con una música que acompaña cada momento triste de la película. Finalmente, en off, se escucha a Gatica hablando acerca de las gallinas que tiene en su casa de Buenos Aires.
Ya en Buenos Aires, el boxeador está con su mujer y su mejor amigo en un comedor público al aire libre. Lo rodea la miseria y la desolación. Sigue hablando de sus gallinas, toma ginebra y no se preocupa por la lluvia. Vuelve a su casa y maltrata a su esposa. A solas en su habitación llora y se lamenta por la derrota. El silencio de las escena sólo es interrumpido por el llanto de su bebe. Al día siguiente la mujer le dice que lo abandona y el se hace el desentendido: su orgullo le impide pedir perdón y la deja ir. Vuelve a sonar la misma música de la derrota. Cuando el auto de la mujer se aleja, el perro del boxeador lo sigue, pero otro coche lo atropella. Gatica corre, insulta, llora. Abraza al perro muerto y no puede dejar de llorar. Para él, es el fin de una etapa.
Un noticiero de la época muestra al Mono entrenando, queriendo, después de un tiempo, volver a su mejor forma. En su cara se reconoce la imagen del rencor y la agresividad de quien está herido, pero no se resigna a morir.
Alrededor de 20 minutos le lleva a Leonardo Favio plasmar en la pantalla un resumen del corazón humano. Ahí están, intensamente representados, el odio, el orgullo, la derrota, la mentira, el desprecio, la caída y la redención final.
En la pelea, resuelta de manera notable, Favio decide alejarse del ring y de la mera anécdota deportiva. Todos los que saben de boxeo, se acuerdan que el combate duró un minuto, porque Gatica, agrandado como era, le expuso la cara a su rival y no se protegió. El director, sin hacer explícito ese hecho, lo narra a través de los gestos del relator argentino que se sorprende, porque era el Mono Gatica. ¿Cómo iba a caer de entrada?, era imposible, el país se caía.
Tuvo en juego un título mundial y lo perdió, lo abandonó la esposa y la dejó ir, pero se le muere el perro y sufre: ese es José María Gatica.

Favio y la música:

La obra de Favio es tan extensa que supera los soportes fílmicos y se adentra en el terreno de la música. Figura representativa de una década, la del ’60, plena de cambios y convulsiones, marchas y contramarchas. Favio llegó a la canción después de haber dirigido tres películas que lo posicionaban como “director de culto” dentro de la llamada “generación del ’60” de la cinematografía argentina. Sin embargo, como cantante, su estilo es inclasificable. Aunque el éxito de su primer disco, Fuiste mía un verano (1968), es uno de los mayores que registra la industria discográfica de nuestro país, Favio se ubicó en una posición equidistante entre la camada de “El Club del Clan” y la que daría origen a lo que luego se llamaría “rock nacional”.
Al igual que otros cantantes de su generación generó un estilo único e irrepetible, que se construye fundamentalmente a través de su propia imaginación creadora. Su capacidad es la de construir historias y dotarlas de vívidas imágenes plenas de detalles cotidianos, que lo acercan a una suerte de neorrealismo. Pero a la vez carga esas historias con un fuerte contenido melodramático, en sintonía con la telenovela o, más probablemente, con el radioteatro. Ese tipo de relato no tenía precedentes en la canción melódica argentina, y se veía potenciado por la personalidad de su voz grave
Sus comienzos como cantante y el éxito fueron prácticamente simultáneos. Tocaba la guitarra desde chico, intercambiando clases de guitarra por sus oficios como cebador de mate con un zapatero chileno que vivía enfrente de su casa. Como buen mendocino, empezó con tonadas y otras variedades del repertorio cuyano, a lo que fue agregando luego zambas y milongas.
Si bien su relación con el éxito no fue la mejor, al punto tal que llega a encerrarse durante meses en su departamento. “Me sentí muy perplejo”, confesaba él. “No esperaba una avalancha así y no sé si me hizo bien. Venía de un mundo de mucha tranquilidad, de austeridad, y de golpe ver esa locura de los medios, de la gente, de los shows continuados. Me sorprendió, me descolocó, y tardé mucho tiempo en reaccionar.” Luego de grabar un segundo LP en 1969, en pleno apogeo de su éxito, deja la canción en 1970 para dedicarse a preparar lo que sería su siguiente film, Juan Moreira.
La fama nunca alteraría su manera de ver las cosas, ni sus propósitos a la hora de crear. “Yo quiero llegar a la gente y conmoverla porque no soy otra cosa que un narrador de cuentos, tanto cuando filmo como cuando escribo canciones”, afirmaría en una entrevista.
Si bien a la hora de poner en la balanza sus dos amores, el cine y la música, afirma que los dos pesan por igual y le gusta tanto uno como el otro, reconoce indefectiblemente que hay una carga valorativa con respecto a cada uno de ellos. El cine ha sido un gran sacrificio para él, el éxito no fue inmediato y sus producciones demandaron grandes inversiones muy difíciles de afrontar.
Por otra parte, según sus propias palabras, la música “hizo milagros, como que yo comiera más a menudo, que pudiera pagar el alquiler, que pudiera ser solidario con quien yo quiero porque tengo los medios para hacerlo, hicieron de los aviones una alfombra mágica que me llevó a países insólitos. Mis canciones hablan idiomas que yo ignoro. Han sido traducidas al francés, al hebreo. En fin, con todo eso, ¿cómo no voy a amar la profesión de la canción o cómo voy a renunciar a ella que me permite seguir en la pelea?”.
Es evidente que no se podría dejar de lado al motor de la obra de Favio en un recorrido por su trayectoria. Digo motor porque, si bien nunca lo ha aceptado, las canciones le han permitido seguir adelante y lograr reconocimiento. Los beneficios de una gran película son a largo plazo mientras que el de un éxito en los rankings es inmediato. En definitiva, un amor ha servido para mantener al otro. Todos deberíamos estar agradecidos a su música, cuyos réditos económicos permitieron que pudiera abocarse con más tiempo al cine, sin tener que esperar nada a cambio.

Ultima realización:

Doce años después de filmar Gatica, el Mono, el cineasta y cantautor imaginó Aniceto como un ballet cinematográfico con elementos mágicos cuyo guión comenzó a escribir hace cuatro años y que empezará a rodar en enero de 2006. “Creo que ésta será realmente ‘mi’ obra”, dijo. Adelantó que el bailarín argentino Hernán Pitín podría ser elegido como protagonista y que la banda sonora será de Iván Wyszogrod, con una composición de Chopin grabada por Miguel Angel Estrella. “Todo va a transcurrir dentro de un set —dice. Siempre me gustó arriesgarme a jugar a ser Meliés y ésta será mi oportunidad”.
Sobre la trama, aclara que “este es el romance del Aniceto y la Francisca…” -su famoso filme de 1967- narrará la tristeza, la caída en desgracia y la muerte de un hombre que lo tenía todo para ser feliz.
Mientras avanza en el diseño de decorados y luces para “Aniceto”, basado en el cuento “El cenizo”, de su hermano Jorge Zuhair Jury, el cineasta mantiene una lucha en su interior por hallar los mecanismos más honestos que puedan tocar el corazón del público y logren emocionarlo.
A su vez, agrega “esta película plantea una búsqueda de la expresión a través de la imagen, mucho más concentrada y potente. En estos momentos hay elementos que me pueden ayudar a conmocionar mucho más”, dijo el artista, y añadió: “Nunca me propuse cosas sobrenaturales con mi cine, simplemente busco lograr la emoción. Y con eso me doy por cumplido”.

Conclusión:

Luego de recorrer la obra de Leonardo Favio creo entender el porque de su apoyo popular y su trascendencia política.
Con respecto al primer punto, su cine rompió con todos los moldes, su retrato de los marginales permitió transparentar un submundo que hasta ese momento se mantenía deliberadamente en las penumbras. Esta modalidad de narrar no sólo le hace ganar consenso entre los excluidos (que se sienten identificados con las historias), sino que indirectamente implica asociar al director con una actitud política.
Sus historias son simples, los personajes cotidianos, los lugares habituales, pero la actitud completamente novedosa. Su mérito no radica en la originalidad o novedad, sino justamente en todo lo contrario, en contar lo que todos vemos pero nadie se detiene a observar. El conmover a la audiencia con películas de este contenido conlleva a pensar que el autor entabla un estrecho dialogo con ellos, al punto tal que nada será igual de ahí en adelante. Verán en Leonardo Favio no a un artista, sino a un igual que los comprende e interpreta. En este hecho reside el caudal de su figura política.
En su segunda etapa se dedica a los mitos, pero en realidad no hace más que cristalizar su imagen de vocero del pueblo. Los retratos son de héroes (o antihéroes) que se relacionan directamente con las bases, desde donde surgirán, irán a parar o transcurrirán sus días. Estos personajes, servirán (al igual que en la otra etapa) para avivar las alicaídas esperanzas de un pueblo abnegado.
No es casual que Favio se identifique tan estrechamente con la figura del general Perón, nadie en la historia de nuestro país fue a la vez tan carismático como pragmático. La figura del ex presidente despertaba amores y odios, pero no se puede negar que sabía como llegar a la gente. Palabras como clientelismo o demagogia surgen como contrapartida al pragmatismo enunciado con anterioridad, sin embargo, quien mejor que él para entender lo que quería el pueblo. No había rodeos, o se estaba a favor o en contra, la realidad se comía a los media tinta. Así son las historias de Favio, frontales, reales, palpables, podrán ser del agrado del público o no, lo que es indiscutible es que no hay forma de ignorarlas, están ahí como el general. Ambos son parte de nuestro pasado pero nadie puede dejar de recordarlos y reinterpretarlos.

La sociedad occidental se encuentra fuertemente determinada por parámetros sólidos e inquebrantables que entiende como ideales para la conformación del modelo de sociedad que imagina ideal. Estos han sido trasladados por las potencias primer mundistas -especialmente luego de finalizada la Guerra Fría- mediante diferentes procesos al resto del mundo dejando a los países receptores en la encrucijada de ser aceptados o no por un sistema que clasifica entre “civilizados” y “los otros”.
Dentro de las principales premisas se encuentra el de constituir a las diferentes naciones en torno a un estructurado Estado Nación. Su forma debe obedecer al modelo propuesto por Hobbes, quien mantenía que las personas se temen unas a otras y por esta razón deben someterse a la supremacía absoluta del Estado tanto en cuestiones seculares como religiosas . La idea fue difundida de tal forma que no hay nadie que se atreva a cuestionarla, es asimilada por el imaginario social y no se lo ve como lo que en realidad es: una construcción teórica.
De la misma forma, Rousseau, agregaba que los individuos debían acatar un orden central firmando un “contrato social” que reglamente la vida en sociedad, para ello delegaban responsabilidades y libertades . El control sobre los posibles conflictos sociales era ahora integral y todo debía funcionar de manera orgánica.
No obstante, la realidad global cambia a partir de la aparición de movimientos que rechazaban el poder central, reivindicando el tradicionalismo y sus hábitos culturales. Aparece en escena el multiculturalismo, la globalización y se desdibujan las fronteras tradicionales, el orden del modelo imperial de sociedad se ve amenazado por el auge de localismos de tipo identitario como nuevos protagonistas de la política nacional e internacional. Los nuevos conceptos ponen en crisis al Estado-nación que ahora será entendido como un proceso histórico político y social.
El Estado-nación, como muestra Charles Tilly , toma forma en un periodo de unos mil años, tiempo en el cual, luego de consolidarse en Europa y extenderse por el mundo, se convierte en elemento fundamental del sistema internacional moderno, y junto al capitalismo compone el centro del modelo de modernidad occidental.
Ya no se lo ve como un paso necesario para constituir una sociedad, sino simplemente como un modelo de sociedad que no ha sabido asimilar el paso del tiempo. Esta anacronía responde a dos aspectos fundamentales, por un lado la crisis del Estado-nación como protagonista del sistema internacional, y por otro la crisis del Estado-nación como modelo de organización y cohesión social .

El multiculturalismo bajo la lupa

La idea de multiculturalismo remite a varias imágenes y representaciones que muchas veces confunden la interpretación de las cosas. El concepto nada tiene que ver ni con el mestizaje ni con el pluralismo cultural o convivencia de culturas diferentes en un marco común. Lo que lo caracteriza es la negación de ese marco común y la división de la sociedad en compartimentos estancos.
Esta concepción se opone a las clásicas que ven en la nación como una comunidad que afirma algo: una entidad étnica distinta, con destino e historia particular y que, por tanto, reclama un estado nacional . O, como dice el autor Ernesto Gelner, grupos humanos que deben organizarse en grandes unidades centralmente educadas y culturalmente homogéneas.
El multiculturalismo va mucho más allá de la búsqueda por generar consenso en la sociedad, sino que propone una fórmula para interpretarla, mirándola desde una perspectiva global y abarcativa. Por un lado aparece lo múltiple designando o bien muchos elementos de un tipo, o bien, muchos elementos distintos entre sí. En el caso del multiculturalismo el apropiado sería el segundo uso del término múltiple: lo vario de la cultura.
Por el otro está la cultura como aquello que es por convención o por ley, múltiple y distinto entre si y respecto a otras comunidades. En términos de Ortega y Gasset, la cultura es lo que hace el hombre cuando se hunde, para sobrenadar en la vida, creando valores, sentidos. Por eso, la cultura, incluso la más despolitizada, no está exenta de contenido político, simplemente unas veces responde a los intereses del pueblo y otra a la ideología capitalista.
Un análisis conciente de la coyuntura multicultural de un país o sociedad no debería dejar de lado las necesidades reales que genera la convivencia ciudadana de la diversidad cultural en la política. El hecho de que distintas culturas compartan un mismo espacio físico, genera necesariamente una confrontación cultural que excede el mero enfrentamiento local/global. El marco de reflexión sobre concepto de multiculturalismo debe ser crítico.

Problemas del multiculturalismo

Las fronteras territoriales y políticas se encuentran desdibujadas por el fenómeno del neoliberalismo y la globalización capitalista. Los Estado – Nación dejan de ser autoridades con iniciativa para quedar a merced de las empresas transnacionales globales que regulan la economía. Esta empresa global rompe con todo lo que la pueda unir a su nación materna y trata a su país de origen simplemente como otro territorio que debe ser colonizado. En ellas reside el verdadero poder.
La globalización es presentada como la única dinámica explicativa del mundo, como un proceso irreversible: el avance hacia la instauración en el planeta de un único sistema en lo económico, lo político, lo cultural y lo comunicacional. El concepto de globalización enmascara el carácter desigualitario de las relaciones mundiales, es un constructo ideológico del neoliberalismo y hay un conciente interés por parte de los mecanismos institucionales hegemónicos por mantenerlas.
En torno a esta iniciativa y bajo la misma lógica se inscribe el multiculturalismo, que viene a ser la ideología de este capitalismo global. El mismo es una máscara que bajo la pretensión de una sociedad universal transnacional disimula las desigualdades y enajena al que se aparta del discurso dominante, permitiéndole reivindicaciones folklóricas que se inscriben dentro de los parámetros que ellos mismos preestablecen.
Zizek lo interpreta en los siguientes términos: para distorsionar un deseo, primero se debe incorporar. Así, las ideas dominantes no son precisamente las ideas de aquellos que dominan, sino que incorporan motivos y aspiraciones fundamentales de los oprimidos rearticulándose de tal modo que vuelvan a ser compatibles con las relaciones existentes de dominación. Por lo tanto, el poder y el contrapoder se generan mutuamente; el poder es siempre ya su propia transgresión. Por eso existe un agregado obsceno que el ejercicio del poder debe ocultar.
Esta manipulación inescrupulosa de las minorías no debería sorprender, el multiculturalismo propone ver a todo aquel que no logra incluir como alguien a que hay que investigar por fuera del sistema, sin permitir que deje de ser un mero objeto de estudio, es lo que se conoce como el otro social. Esta metodología no es más que una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial, un “racismo con distancia”: “respeta” la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad “auténtica” cerrada, hacia la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad.
Uno de los principales problemas que puede presentar este tipo de análisis es el de estructurarnos en torno a una trampa: presuponemos que existen fronteras entre nosotros y ellos y, aún más, que es posible mantenerlas a pesar de las interacciones en un marco -que hemos idealizado como heterogéneo y abierto- que propone la inorganicidad y recombinación constante de sus posibilidades para vivirlo. El científico social puede contribuir a legitimar las reglas de este juego, dictadas para preservar las diferencias entre los dos “grupos”, al no denunciar las desigualdades estructurales que convierten esas fronteras en los límites de su mundo posible.
Nuestro marco (capitalismo, democracia liberal y una legislación que legitima y sirve de soporte a ambas) es aquel que dicta las condiciones de posibilidad y en última instancia define la diferencia. No se puede separar únicamente por cuestiones culturales ya que no hay un límite tan tajante sino más bien una combinación de factores y los fundamentales -condiciones de explotación capitalista- dejan de ser estudiados porque conviene mantener el orden.
“La conclusión que se desprende de lo expuesto es que la problemática del multiculturalismo que se impone hoy -la coexistencia híbrida de mundos culturalmente diversos- es el modo en que se manifiesta la problemática opuesta: la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial universal. Dicha problemática multiculturalista da testimonio de la homogeneización sin precedentes del mundo contemporáneo. Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de una eventual caída del capitalismo, la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos a las minorías étnicas, los gays y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continúa su marcha triunfal” (Slavoj Zizek 1998: 176).
La neutralidad multiculturalista es falsa. Éste no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura, sino que pretende afirmar la coexistencia híbrida de mundos culturalmente diversos ocultando la problemática real: la presencia masiva del capitalismo con su consecuente imaginario.
Otro de los problemas que puede suscitar el pensar la otredad dentro del cuerpo de un Estado-nación democrático es que, promoviendo diferencias étnicas y culturales, se puede pensar en la posibilidad de que los inmigrantes no respeten los principios de la sociedad de acogida. Lo cual constituiría una amenaza para la democracia.
El principio de igualdad ante la ley no depende de las prácticas particulares de una determinada comunidad cultural. Si se admiten excepciones por razones culturales, se admite su violación y su destrucción.
Imponer el respeto a la Constitución, aun en contra de creencias y prácticas tribales, no constituye un acto de intolerancia ni una muestra de xenofobia, sino de pura coherencia intelectual y de fidelidad a los principios y valores democráticos .
La aplicación de políticas de identidad por parte de minorías internas y su búsqueda de reconocimiento como miembros valiosos y la exigencia de derechos diferenciales que les permitan mantener su propia cultura sin necesidad de escindirse del Estado y la cultura mayoritaria, cuestionan seriamente el Estado-nación como modelo de organización social.
Los argumentos de tipo racional-legal cada vez tienen que ceder más terreno a argumentos de tipo étnico, religioso o cultural, como fundamento de las relaciones internacionales, lo cual, unido a la aparición de fenómenos basados en políticas de la identidad de alcance trasnacional (el internacionalismo islámico por ejemplo) hace que el Estado moderno de tipo occidental o lo que es lo mismo, el Estado-nación ya no pueda ser considerado el único y legítimo protagonista del sistema internacional.
Las políticas de la identidad han ganado importancia en los últimos años en la medida en que los grupos que recurren a ellas han desbordado los espacios locales o intergrupales y le han dado a sus intereses un carácter político. Asuntos que antes solo eran del interés de cada comunidad específica pasan a ser temas que tocan a toda la sociedad, e incluso, llegan a ocupar sitios centrales en la agenda internacional.
De esta forma surgen movimientos de protesta ambientales globales, grupos radicales que actúan a nivel mundial con células en diferentes países, asociaciones que reivindican a minorías desprotegidas por el sistema. Como diría Ignacio Ramonet : “El fenómeno al-Qaeda, como sus distintas manifestaciones, aparece ante todo como transnacional y sólo tiene lazos circunstanciales con Oriente Próximo. La dinámica de movilización y de acción solo está ligada de forma indirecta a los conflictos de la región, que se inscriben ante todo en lógicas nacionalistas. Se tiende a “sobreislamizar” a al-Qaeda y a minusvalorar su dimensión global, antiimperialista y tercermundista. La lógica del movimiento será, sin duda, la de encarnar no tanto la defensa del islam como la vanguardia de los movimientos de contestación del orden establecido y de la superpotencia norteamericana”.

Formas de asimilación del otro social en la sociedad multicultural

Hay básicamente dos formas que corresponden a la actitud de la minoría ante el medio mayoritario.
El primer caso se da cuando las minorías nacionales, culturas que antes de la incorporación a una sociedad mayoritaria gozaban de autogobierno y poseían sus propias tierras, en la actualidad siguen deseando ser sociedades distintas a la cultura mayoritaria. Sus exigencias, en consecuencia, giran en torno a la autonomía y autogobierno como medios para garantizar su supervivencia cultural.
El segundo caso se da cuando los grupos étnicos que se han integrado a una sociedad mayoritaria por medio de la inmigración individual o familiar, buscan ante todo, ser reconocidos como miembros de pleno derecho de dicha sociedad, sin que esto entre en contradicción con el reconocimiento de sus particularidades culturales.
De estas dos formas de integración cultural surgen a su vez dos tipos de sociedad: el Estado multinacional y el Estado poliétnico (además de sus formas combinadas).
El Estado multinacional, en oposición al Estado-nación, es aquel en que coexiste más de una nación, entendiendo nación como una comunidad histórica, con sus propias instituciones culturales y posesión de territorio. A las culturas más pequeñas que hagan parte de un Estado multinacional se les llama “minorías nacionales”.
Se dice que un Estados es poliétnico cuando la fuente de su pluralismo cultural es la inmigración de un gran número de personas y familias de culturas diferentes a la del Estado receptor.
El reto a que se enfrentan la gran mayoría de las democracias liberales, es encontrar alguna forma de acomodar las minorías nacionales y étnicas a su sociedad sin que se genere inestabilidad y que a la vez sea moralmente defendible.
La discusión se plantea en términos del miedo que tiene el occidental al Otro desconocido por un lado y, por el otro, hasta qué punto una minoría tiene derecho a ser autónoma dentro de un Estado-nación sin poner en jaque el equilibrio de las instituciones y a la democracia en sí. En definitiva, cualquiera de las dos alternativas atenta contra alguno de las premisas occidentales de organización.

No hay sistema que no sea perfectible, pero…

La decadencia del modelo capitalista es evidente, el liberalismo económico ya se agotó y el Estado- nación da sobradas muestras de inaptitud para solventar los problemas que se le presentan a raíz de los cambios en la sociedad global. Pero, ¿Cuál sería el modelo ideal a implementar para que el multiculturalismo deje de ser un problema?
La solución es evidente pero los grupos hegemónicos y su comunidad de intereses con las empresas transnacionales no dejan ver el bosque tras el árbol. El desplazar el centro de atención desde la reivindicación de la igualdad estructural como ciudadanos, para problematizar y concentrarse únicamente en una dimensión cultural, es una actitud de encubrimiento innegable. La misma actúa como telón de acero para quienes se sienten marginados y no llegan a comprender que no es por ser Otros que este fenómeno ocurre.
No hay choque de clases por fuera de las propuestas que surgen desde los grupos homogéneos que monopolizan el poder. La actividad política se ve disminuida y la “multiculturalidad” no hace más que disipar las protestas en diferentes reivindicaciones circunstanciales que no van al foco de la cuestión.
El Estado-nación, por su parte, utiliza todas las herramientas a su disposición para cohersionar sobre la población y perpetrar su modelo. Sus castigos para los disidentes van desde la exclusión del modelo capitalista hasta la demonización de aquellos que considera demasiado alejados a su modelo (los Otros sociales). Hasta el momento ambas han funcionado a la perfección.
Pero el proceso es reversible. Adquiera la forma tradicional de los Estados o se reorganice en nuevos entes supraestatales (como la Unión Europea), es imprescindible que la política vuelva a ocupar su lugar y someta a sus designios a la economía. Ante todo hay que apostar por el Estado del Bienestar como agente regulador de la integración social, reductor de desigualdades, ya que el mercado ha demostrado sobradamente su incapacidad para lograr estos objetivos. En su papel renovado, tendrá que dar cabida al reconocimiento simbólico de las minorías. Los derechos sociales ya no serán suficientes para este nuevo Estado del Bienestar: tendrá que incluir, además, los derechos multiculturales. En definitiva, hay que llevar a cabo políticas activas tendentes a lograr la integración socioeconómica y cultural de todos los ciudadanos.
Ya no es posible hablar de Otros sociales y mirar al multiculturalismo como un fenómeno de grupos autárquicos que compiten y se disputan el poder. La hibridación cultural, el diario contacto y las regularidades que presentan los grupos heterogéneos ya no pueden ser vistos como un fenómeno anómalo a analizar ni como un objeto de estudio de alguna ciencia social. Ellas son producto de procesos históricos y su dinámica existencia es tan inabarcable como la realidad en la que se desarrollan.
No obstante, es interesante pensar en las posibilidades de integración de los individuos y es aquí donde deben centrarse los esfuerzos de los trabajadores sociales que, mediante enfoques multidisciplinarios -ya sea de varias ciencias como también de diversos enfoques, como ser el utilitarismo, el funcionalismo o el culturalismo- darán cuenta de una realidad que no debe serles ajena y de la que no podrán tomar distancia.
Pensar en dividir a la sociedad de acuerdo a características étnicas y culturales particulares no es más que una estrategia para atomizar a los individuos, haciéndolos más susceptibles de ser dominados. Interpretar a ésta como un todo orgánico donde las partes se articulan con un estado o supraestado regulador, es una tarea mucho más audaz y que requiere un esfuerzo mayor. Si embargo, es la única forma de arribar a modificaciones substanciales en el orden capitalista enajenante y discriminatorio de las mayorías. Las diferencias culturales siempre existirán pero no pueden ser ideas rectoras de un análisis mucho más profundo, como el del orden económico mundial, la democracia representativa y un orden jurídico medular e igualitario.
A partir de la implantación de un orden que concierne estos aspectos se sentarán las bases para el edificio social, pero esto no es todo. Quedará mucho por hacer, como limar asperezas entre comunidades de intereses. La lucha y los enfrentamientos serán eternos, pero si se entablan dentro de un marco regulatorio estable e igualitario y en una sociedad sin barreras económicas, los resultados serán mucho más ricos que si se disputa el poder por el poder mismo.

Apariencias que engañan

Todo es muy tranquilo y silencioso, hay una quietud en el ambiente que presagia que algo está por ocurrir, tiene que ocurrir. Por la diagonal 74 ya no pasan transeúntes -y eso que son tan sólo las nueve de la noche- nada más autos a gran velocidad que suben a la autopista Buenos Aires- La Plata.
La entrada a la guardia del Hospital Rossi no está anunciada ni señalizada, solamente un camino con dos carriles que desciende desde la calle principal hasta una entrada a veinte metros por debajo del nivel del suelo.
En el aire se respira soledad, dos guardias sentados en un banco de plaza contemplan el hueco de salida mientras cuidan los autos del estacionamiento como vaqueros de película del lejano oeste que acechan desde el porche de una vieja casa de madera. Miran sin mirar, no charlan entre ellos pero igual se dirigen miradas amistosas. Visten uniformes color marrón opaco que, bajo los tubos fluorescentes del techo, son aún más deslucidos. Los pantalones -más oscuros que la camisa- .son de talle único por lo que la mujer tiene que subírselos varios centímetros por encima de la cintura para no pisárselos, el hombre se las ingenia para no ridiculizarse con la vestimenta.
Un perro se despereza y asoma la cabeza por entre las piernas del guardia que lo acaricia fuertemente, las orejas se le sacuden y mueve la cola festejando el torpe mimo. En seguida se vuelve a las sombras de las tablas del banco.
El calor es insoportable, la gente de la sala de espera sale a tomar un poco de aire al estacionamiento donde aún corre una leve brisa. Cada vez que se abre la puerta de la guardia un fuerte olor a medicamentos impregna el aire.
Un hombre de unos treinta años de mediana estatura, flaco y desgarbado, baja en cueros por el camino de autos. Trae la mano atada por un pañuelo colgando contra el pecho, no tiene heridas visibles y camina como pisando vidrio, cada paso que da repercute en su cara, sus ojos se cierran y sus dientes aprietan a medida que va bajando hacia la salita.
- Discúlpeme jefe me puede decir dónde es la sala de primeros auxilios.
- Ahí- el guardia le señala un cartel lo suficientemente grande como para que entren las letras que componen el nombre “guardia”, pero no mucho más.
- Ah, perdón, no lo había visto.
- Abra los ojos entonces- el guardia se da cuenta en seguida de la ironía del recién llegado.
- Muy amable, para variar. Hasta luego y buenas noches.
El guardia se limita a contestar llevándose la mano a la gorra y haciendo una especie de improvisada venia.

La sala de espera de emergencias es de tres metros por dos. Dos de sus paredes están ocupadas por decadentes bancos, la mayoría de los cuales les falta respaldo. Da impresión sentarse en ellos, pero los pacientes esperan acostados como si fueran sofás de pluma de ganso, apoyan sus espaldas contra los grises azulejos ya marrones de la mugre. Un vidrio con un agujero en el centro sirve de recepción, una gorda con gestos fuertes y cara de pocos amigos le ladra a los que llegan. Se acoda del otro lado del mostrador y espera ser provocada para lanzar monosílabos entrecortados. A sus espaldas hay una pared cubierta por carpetas negras con archivos. A los lados de la ventanilla hay dos carteles de “prohibido fumar ley 11.241”, como si la cara de la gorda no fuese suficiente advertencia.
- Tenés que anunciarte, nene- un chico trata de abrir la puerta vaivén que da a los consultorios. Al estar trabada se queda forcejeando, la gorda lo mira y lo deja un rato antes de advertirle.
- Huy perdón, pero pensé…
- Si que te iban a estar esperando a vos.
- No lo que pasa es que no vi a nadie en la ventanilla y pensé que…
- Bueno, bueno. Deja de explicarte y anunciate así te sentás a esperar tu turno.
El muchacho le da los datos: nombre, domicilio, documento. La mujer los apunta en un cuaderno largo color sepia y lo manda a sentarse. En seguida, anuncia:
- Gómez…Gómez…ya se fue Gómez -silencio- alguien que haya venido con Gómez -silencio- bueno…Ravainera…

Se abre la puerta que da al estacionamiento y entra un médico con un agua Ser en la mano. Tiene puesto un delantal azul y camina sin apuros, la cara delata que ha dormido poco en los últimos días pero su ánimo trata de disimular la carencia. Su uniforme despide un fuerte olor similar al que impregna la sala que, por cierto, con el tiempo se llega a incorporar como natural hasta que otro más fuerte recuerda su presencia. Se detiene enfrente de una niña de unos cuatro años que hace pucheros agarrada de la mano de su madre, la mujer hace esfuerzos vanos por tratar de tranquilizarla y respira aliviada cuando aparece el doctor.
- Que carita, mamita, tan feo soy.
- No…- la niña esboza una especie de sonrisa que no alcanza a tapar el puchero que hasta ese momento es el protagonista principal de la escena
- ¿Cómo te llamás?
- Mónica.
- ¿Querés un poco de gaseosa?
- No, gracias.
- Que te pasó, ¿Te duele algo?
- No, nada, pero mi mamá me trajo igual.
El médico le da pie con la mirada para que la madre haga su descargo.
- Es que se clavó un clavo en la planta del pie. Por andar callejeando en una obra abandonada de al lado de casa. El agujero es chiquito pero el clavo estaba todo oxidado…
- Ah…entiendo, se trata de la anti ¿no?
- Claaaaro. Lo que pasa es que no quiero berrinches antes de tiempo, le dije que era para revisarla nomás.
- ¿qué decís ma?- la nena desconfía de las intenciones de su madre y lo hace notar con sus ojos inquisidores.
- Nada nena, nada. El doctor dice que no es nada, como yo te había dicho pero igual te quiere revisar.
- Aja… ahora esperame un ratito que ya te llaman y pasás, ¿eh?- se despide de la madre con un guiño de ojo, acaricia la cabeza de la niña y se va por la puerta vaivén.
- Viste que es bueno el señor, no te va a hacer nada malo.
- Pse.

Se suceden los paciente en la sala, se renuevan inevitablemente, personas de todas las edades, tamaños y colores; acompañados o solos; desesperados o rutinariamente. Ahora entra un joven de unos quince años visiblemente borracho, la madre lo trae tomado del brazo y le grita a medida que entran a la salita. Parece no importarle que la gente los mire. El chico esta en cuero, maya y ojotas, con los ojos desorbitados mira hacia delante y empieza a sonrojarse cuando nota que su madre es el centro de la escena en la guardia. Lleva vendada la rodilla izquierda, pero la espesa y rudimentaria venda no logra contener la sangre que brota por los extremos, parece no importarle el hecho, está más preocupado por calmar a su madre que por su estado. La mujer va a anunciarse a la ventanilla y se encuentra con la gorda, dos potencias se saludan.
- Ahora vas a ir a llamar a tu padre y le vas a contar lo que hiciste con el auto- le señala el teléfono público esta colgado en la pared detrás de la puerta de entrada.
- Pero ma, es al pedo. Deja que yo lo arreglo cuando llego…
- Vos no podés arreglar nada porque sos un pendejo pelotudo. Así que hace lo que te digo- le alcanza una moneda de veinticinco centavos y lo empuja para donde esta el teléfono.
- Te digo que…
- Dale si sos tan machito para tomar como tomas, se macho para enfrentar a tu viejo, yo no quiero quilombos por tu culpa.
- Yo le voy a decir, pero no ahora…
- Sabés que, ya tuviste tiempo de decidir antes y lo hiciste mal. Acá están las consecuencias, así que ahora vas a hacer lo que yo te diga o te parto la cabeza, ¿me escuchaste?
- Ta bien…-el chico se va al teléfono y hace como que llama. Aprieta un montón de números y espera.- No me atiende, debe haber salido…
- Nooooooo, me estás tomando por idiota a mí. Sos igual que tu padre al final, acá nadie se hace cargo de nada. Pero yo te voy a sacar bueno, va a ver.
- Te digo que es al pedo, llamar ahora.
- Listo me cansaste, le voy a decir yo. Pero la paliza que te van a pegar va a ser inolvidable, acordate lo que te digo.
- No ma, por favor- al chico se le van todos los vestigios que pudieran quedarle de la borrachera y empieza a lagrimear.
- Después hablamos…- parece que se ha dado cuenta del papelón que están haciendo y decide terminar con el show, aunque un poco tarde.

Nadie notó que, ante el escándalo, uno de lo guardias se había asomado a la puerta y miraba la situación con intriga más que con ánimos de intervenir. Al finalizar todo le dirigió una sonrisa cómplice a la gorda de la ventanilla que le respondió girando la cabeza hacia la pared. En ese momento entró un hombre de unos cuarenta años, vestido con camisa escocesa abierta hasta el ombligo, con un vaquero gastado y borceguíes cerrados encima de la bocamanga del pantalón. Empujaba un carrito como el del supermercado alto y angosto, adentro llevaba termos con café y sándwiches de milanesa envueltos en papel transparente. Ofreció pero nadie le compró nada, saludó cortésmente y se retiró de la salita.
Se abre la puerta vaivén y sale una vieja que tenía todos los años que puede llegar a tolerar un ser humano, caminaba encorvada lo que la hacía más pequeña aún de lo que era – mediría un metro y medio como mucho. Tenía la cabeza cubierta en canas, al menos en los lugares en que le quedaban pelos, llevaba puesto un vestido de flores arrugado y las medias caídas sobre el tobillo tapaban los zapatos chatos que arrastraba a cada paso que daba. Tardó diez minutos en recorrer los tres metros que separan la puerta vaivén de la de salida, afuera la esperaba un taxi con las balizas puestas, subirla a él fue toda una empresa para la enfermera que la acompañaba. Le abren la puerta y se sienta con las piernas colgando afuera, luego el taxista le levanto las piernas y la hizo girar en círculo para poder cerrar la puerta. La enfermera le entregó un sobre marrón al chofer y se fue. La viejita la mira desde la ventana sin siquiera levantar la mano para saludar, su lengua no para de salirse de la boca, empujando el labio inferior hacia delante como una lagartija.
El taxi empieza a subir por la pendiente y casi choca con un Pointer blanco que bajaba a toda velocidad por el carril contrario. El recién llegado largaba un espeso humo negro por el caño de escape que en pocos momentos inundó todo el lugar de un olor difícil de aguantar. Al volante viene un médico de delantal blanco que le pregunta al hombre de seguridad si hay mucha gente en la guardia. La respuesta es siete personas, entonces el hombre maniobra su auto y vuelve a subir rumbo a la calle.
Una vez que desaparecieron los autos y la guardia se tranquilizó un poco el barrio vuelve a la tranquilidad del principio, el movimiento y el ruido viene todo del hospital, nada ocurre en los alrededores.
Llega la ambulancia sin sirena pero a gran velocidad. Baja un chico de unos veinte años en silla de rueda, lo acompañan tres amigos de similares edades. Todos visten de manera similar, con camisetas de fútbol pantalones cortos y medias largas con botines para césped sintético. El de la silla de rueda trae uno de los botines sobre la falda y un pie al descubierto que esta visiblemente hinchado y morado.
- Che, loco, te hiciste mierda- le dice uno de los que lo acompañan, mientras los chóferes hablan con la gorda de la ventanilla.
- Si, sentí como me sonaba el tobillo. Es horrible- mientras habla con sus amigos responde las preguntas que le hace el chofer: apellido, dirección, documento, de qué cancha de fútbol había venido, aunque ya lo supiera.
- Te dije que te la iban a dar- el otro compañero no quiere quedar afuera de la conversación.
- Si, pero no así, el muy mala leche me la pego de atrás no lo vi venir que si no se la pongo. Que garrón, para colmo mañana tengo que ir a laburar y voy a tener que estar postrado en la cama.
- Jodete, por tirar caños…
El herido suelta una carcajada ruidosa y en seguida se agarra el tobillo.
- Bueno, che, tampoco exageres que no debe ser para tanto.
- A no, mirá como tengo. Encima hablas vos que el otro día te cortaste haciendo la ensalada y poco menos tuvimos que internarte, maricón.
Nueva carcajada.

Los médicos no tienen respiros, se asoman por la puerta vaiven que abren -para llamar a nuevos pacientes- a patadas y la dejan bailando. Los rostros agotados empiezan a asomar pero no dejan de sonreír a los pacientes. La mayoría de los que atienden son jóvenes que no pasan los treinta años, se ven pocos médicos grandes y, los que aparecen, duran unos pocos minutos en la guardia y salen rumbo a otra parte del hospital.
Una chica flaca de unos veintitres años confiesa que por las noches no hay profesionales dando vueltas. Ella está en cuarto año de medicina y hace prácticas en el hospital como parte de la carrera, la controlan los que están haciendo la residencia que no son mucho más grandes que ella. Las prácticas son rotativas y a le ha tocado situaciones peores como la del hospital de Berizzo, donde ella misma presenció como los médicos de experiencia mataban el tiempo con alcohol mientras que los residentes no daban abasto para atender a los pacientes de la guardia.
Entre una vieja apoyada en un bastón con un trípode en un extremo y una aparatosa manopla en el otro. Trae una bolsa de nylon colgando del antebrazo, que en seguida apoya en uno de los asientos de la sala de espera. Es muy pequeña, se sienta y las piernas le quedan colgando sin tocar el suelo; entrelaza las manos sobre las rodillas y balancea los pies como si estuviera bailando. Al verla, la gorda se compadece -o no- y la intercepta con su discurso habitual (“tiene que anunciarse”) pero la mujer no presta atención.
- Abuela, ¿me escucha?
- Ah…que… ¿me habla a mí?
- Si, que tiene que anunciarse si quiere que la atiendan porque ahora están todos ocupados.
- No, no, yo vengo a buscar a alguien. Es una chica joven, rubia, bonita, que tenía puesto un…
- El apellido dígame, más fácil.
- Ludueña. Ya tiene que haber salido porque…
- A ver, déjeme ver.
- Si acá está, salió hace cuarenta minutos.
- Vio le dije. Pero, ahora que hago. ¿Estaba bien ella?
- Supongo, por algo salió.
- ¿El teléfono ese anda?
- Si.
- Bueno, muchas gracias.
- …

El calor de la noche se hace cada vez más insoportable. La gorda sale de atrás del vidrio y deja ver por primera vez su enorme humanidad, agarra una roca que había debajo de uno de los bancos y traba la puerta de entrada para que entre brisa de afuera. Un buen gesto.
En el extremo de la hilera de sillas hay un joven que hace media hora está sentado solo con un parche en el ojo. Nadie lo atiende pero no parece impacientarse, mira alrededor y no baja nunca la cabeza, tiene una mirada fuerte, pesada, intimidante, parece que aún después de lo que le ha ocurrido en el ojo le quedan ganas de pelear. Lleva puesta una campera de cuero negra y la barba larga hasta el pecho, sólo le falta la moto y una inscripción que diga “Hells Angels” en la espalda. Lo llaman, se para rápidamente y saca de abajo del asiento un casco, no sorprende a nadie. Pasa por delante de una muchacha aparatosamente vestida a quien dirige una penetrante mirada.
La joven esta sentada hace rato también, pero la inmensa humanidad del motoquero la tapaba y no dejaba que se luzca la producción de su vestuario. Lleva puesto una campera que no le cubre ni los pechos (de una talla para un niño de seis años) abajo una remera con dos grandes y cuidados agujeros en la panza; de la cintura para abajo la cubre una pollera escocesa que, junto con la campera, podrían ser parte del vestuario para una chica de seis años, medias de red negras y unas botas de cuero brilloso hasta la rodilla. La cara no tiene desperdicio, todas las partes que pudieran ser agujereadas están llenas de aros, el pelo se lo han cortado a los tirones y los ojos casi no se ven tras un fuerte maquillaje negro que le ocupa casi todo el párpado.
Está esperando a alguien, se impacienta y le va a preguntar a la gorda, que la ve venir y agarra rápidamente una revista “Gente” tras la que se oculta. La chica igual golpea el vidrio y la mujer dice que no la puede ayudar que se siente y espere que el novio ya va a salir. En ese instante, se abre la puerta y sale un joven del estilo -si se puede llamar estilo- de la muchacha. Las características se repiten, ropa ajustada, aros por doquier, rimel y tatuajes como nuevo ingrediente (todo muy asexual). Se saludan y le pregunta que tenía.
- Me dijo que no era nada.
- Viste que te dije, pero ni siquiera una fisura un hueso roto nada- le mira la mano que lleva colgando de un pañuelo.
- Nada, la verdad es que no entiendo porque casi no la puedo mover. Pero mirá, acá están las placas y dicen que no tengo nada- sacude un sobre marrón.
- Como se te van a cagar de risa cuando volvamos a casa…
- No les doy bola, que digan lo que quieran.
- ¿Vamos en taxi?
- No, caminemos. Que apuro hay.

Una nueva vieja se asoma por la puerta, ya quedan pocas personas en la salita, así que tiene que esperar poco. La acompaña un joven que lleva una cara visible de fastidio.
- Ma, te digo que no tenés nada. No podés venir a joder a los médicos cada vez que te sentís rara.
- Vos que sabés lo que siento. Te digo que tengo taquicardia y a mi edad es peligroso.
- Ya lo se, y me preocuparía si no fuese porque día por medio tenés algo.
- Que me querés decir que invento.
- No, ma… pero por ahí exagerás un poco las cosas.
- Le tendría que haber dicho a tu hermana que me acompañe…ella no se queja de nada pobrecita.
- Lo mismo digo. No se queja porque siempre el boludo que está de acá para allá con vos soy yo. Pero mejor dejémoslo ahí porque vamos a terminar discutiendo como siempre.
En ese momento sale el médico que en seguida la reconoce y se acerca.
- Hola doña ¿qué le anda pasando?
- Nada, ¿qué le va a pasar?, esta aburrida y no me quiere dejar ver el partido del “pincha” en paz- interrumpe el hijo.
- Callate que a vos nadie te habló, mal educado. Tengo taquicardia y me siento un poco mal.
- A ver, trajo los análisis que le hicimos la última vez.
- Huy, me los olvidé.
- Pero, la voy a tener que poner en penitencia. No me hace caso.
- No sea…
- Bueno pase, que me voy a hacer un tiempo para revisarla. Ya me estaba yendo pero vamos que la revisamos. Ya te la dejo para que te la lleves y puedas enganchar al menos el segundo tiempo…
- Grande flaco- le levanta el pulgar el hombre.
- ¿Viste que es un dulce el doctor?- la vieja lo mira al hijo de una forma intimidante.
- Vos anda, dale, apurate, así vamos a casa.

En la pared del fondo de la sala hay una puerta negra de metro y medio de ancho. Está cerrada sin picaporte y la pintura se ha salido en varias partes a causa de inscripciones hechas con elementos punzantes. Permaneció cerrada hasta las diez de la noche cuando una mujer oficial de la policía la abrió y atravesó una especie de camilla para evitar que nadie pasara por allí. Se trajo una silla y se sentó del otro lado, abrió un libro de apuntes y se puso a repasarlo, no habló con nadie hasta que llegó una camilla del exterior y la hicieron pasar por donde estaba ella.
- Y este, ¿Dónde lo levantaron?
- Ya empiezan a llegar los primero heridos de la cancha- el camillero le habla mientras empuja la camilla adentro del hospital donde otros médicos la agarran y se la llevan.
- Que, desde el bosque lo trajeron hasta acá.
- No, llamaron desde la panchería de la estación de trenes.
- ¿Contra quién jugaba Estudiantes hoy?
- Contra Arsenal, así que todos estos se deben estar volviendo para Sarandí. Igual no se si fue que se pelearon entre las barras.
- ¿Qué es lo que tiene?
- Herida de arma blanca.
- Ah.

Entra una muchacha y le pregunta a la oficial si sabía de un hombre que había entrado por un choque de autos. La policía le señala amablemente la mesa de entradas para que pregunte. La chica esta desesperada, busca a su tío, le acaban de avisar por teléfono del accidente y no lo puede encontrar, ya fue al hospital Gutiérrez y al San Martín. Lo atiende la gorda, que tarda en venir porque estaba fuera de la ventanilla acomodando unos archivos.
- Qué te pasa, nena.
- Busco a mi tío. Me avisaron que estaba en algún hospital, no se que hacer porque del miedo y la sorpresa ni pregunté dónde podía estar y ya me recorrí toda la ciudad buscándolo…
- A ver, decime el nombre de tu tío.
- Manuel Ruiz
- Esperá que me fijo, ¿a qué hora te dijeron que fue?
- No me dijeron nada solamente eso.
- ¿Qué le pasó?
- Ni eso se, es algo con los autos, no entendí si era un choque o lo habían atropellado. Hace tres horas que tendría que haber llegado a casa.
- No, mirá acá no tengo a nadie registrado con ese nombre. No te puedo ayudar.
- Pero, que hago…-la muchacha estaba a punto de ponerse a llorar sobre el mostrador y la gorda seguía inmutable.
- Lo que te recomiendo es que vayas a la policía y que ellos te informen es más seguro, ¿sabés si tenía obra social?
- Creo que sí, bah no se, estoy mareada.
- Te pregunto porque puede que lo hayan llevado a una clínica.
- Si, puede ser.
- Andá a la policía. Haceme caso.
La chica no termina de darse vuelta que la gorda le hace un gesto de fastidio a la mujer que esta del otro lado de la camilla en la puerta negra.

Son las diez y media de la noche y las palabras de la mujer policía empiezan a verse en los hechos, los heridos de la cancha comienzan a llegar, hay para todos los gustos y se diferencian de los demás porque vienen vestidos con ropas características y muy agitados. Son difíciles de manejar porque muchas veces los traen sin que quieran y no quieren dejarse atender, especialmente a los borrachos. Uno de ellos entra con un fuerte golpe en la cabeza que le ha abierto un tajo que despide mucha sangre, a gatas se mantiene en pie y trata amistosamente a todos los médicos. Habla pausadamente, casi deletreando cada palabra y repite las cosas una y otra vez, todo el personal del hospital se sonríen de costado (todos menos la gorda de la mesa de entrada) para que no se ofenda pero igual el borracho no se da cuenta de nada, es más en una que otra oportunidad devolvió la sonrisa sin darse cuenta de que el motivo de burla era él mismo.
- ¿Qué pasó papá?
- Nada, le ganamos a los putos de Arsenal, son hijos.
- Viste cómo tenés la cabeza.
- Que grande el Burru, yo le tenía fe antes que viniera sabés, todos me decían que era un invento pero yo no.
- A ver me dejás revisarte- el doctor atina a tocarle la herida para ver la profundidad.
- Epa- corre la cabeza para atrás y se golpea contra la pared que hacía de respaldo de la silla de la sala de espera.
- No querés acompañarme, adentro a ver si ponemos algo ahí para que deje de sangrar.
- Vos que mirás- el borracho se levanta mirando a la policía que lo mira desde la puerta negra- ¡botona!
- Dale vení acompañame- le toma el brazo y lo lleva a través de la puerta vaivén.
El borracho obedece, pero ya no mira al doctor, no le quita los ojos de encima a la policía, que lo ignora.
- ¡Botona!
- Vamos hombre, que no queremos problemas acá adentro. Te coso y te vas a festejar por ahí.
- Aguante el Burru.

La noche ya esta en plenitud y el calor no afloja. La gente no deja de caer y los muchachos que hacen la guardia no tienen respiro, se toman intervalos mínimos para salir hasta el kiosco a comprar alguna gaseosa y se mantienen a fuerza de mateadas y cafés cargados.
Afuera, el estacionamiento sigue tal cual estaba cundo empezó la noche. Los dos guardias de seguridad reposan en un banco de plaza y miran para el portón de entrada. La calle sigue desierta y el silencio es cada vez mayor (si esto es posible), cada vez menos autos entran al playón, la gente viene caminando o en ambulancia. Los guardias contemplan la nada con una fascinación digna de admirar. El perro se asoma de abajo del banco pero no hay nada que lo atraiga, se vuelve a acostar. El guardia le tira una pelota que le rebota en el hocico, el animal levanta un ojo incomprensivo que se cierra para dar paso a un pesado sueño.

Un mundo puertas adentro

Caminando once cuadras desde el centro, cruzando las vías del tren, del otro lado de la ciudad, se llega al hipódromo de La Plata. Su fachada está visiblemente deteriorada, dominada por graffittis y publicidad de campaña. Un portón verde y una puerta son las únicas vías de acceso.
Un vigilante lee el diario en una reposera, lleva puesto lentes de sol y el pelo desalineado. Se levanta perezosamente cuando llega un joven con un caballo y le pide que le abra la puerta. Levanta el portón con la punta del pie para que no se arrastre y separa una hoja de la otra lo suficiente como para que el animal pase en diagonal. Saluda con la cabeza y retorna a su asiento.
Apenas se ingresa al predio se observan tres grandes galpones que van disminuyendo en magnificencia a medida que se acercan a la pista de carreras. El primero tiene un rosetón encima de la puerta de acceso, el techo oculto bajo guardas onduladas cual corte de pelo entresacado; enfrente de su puerta de entrada hay un viejo surtidor de nafta cuadrado y petizo, adentro sólo se ven camiones y camionetas. El segundo es más rústico, tan sólo un techo a dos aguas de chapa con paredes de material despintadas. En la puerta hay un cartel que dice talleres al lado de una rampa de césped que termina en un corte sobre el vacío; en el interior hay tractores de gran tamaño y máquinas para mover y pisar tierra. El tercero ya es tan sólo cuatro columnas de metal con un techo en forma de arco, bajo su protección hay dos carros verde y blanco de diez metros de largo y dos de alto con compartimentos separados, son las gateras para la salida de las carreras.
Desde el portón verde de entrada hasta las tribunas hay una calle asfaltada que marca el camino de acceso. Son las dos de la tarde y no hay mayor movimiento en el interior, así que se puede circular con tranquilidad por el medio de la calzada. Transcurridos cien metros se llega a la primera tribuna, pero no hay nadie en ella, tampoco a sus alrededores, las ventanillas de apostadores están cerradas y el parque que separa las tribunas del tablado está abandonado, se siente un fuerte olor a orín.
Todo allí es muy gris y triste, el sol picante de la tarde no ilumina este sector, ni siquiera la pista de carreras se ve desde aquí. Parece ser que se ha corrido el hipódromo unos metros y no le informaron a las edificaciones que quedaron arrumbados como huellas de un pasado mejor. Enfrente de la tribuna hay una casita alpina pequeña con todo el frente vidriado, está vacía, como todo a su alrededor. Es de ladrillo visto y las partes de cemento están pintadas con un tomo anaranjado que combina con el rojo fuerte de todo el resto. Un cartel en el frente anuncia: Parrilla sandwichera.
Un cerco de macrocarpa de un metro de alto anuncia el movimiento. Otro policía vigila el estacionamiento de motos y bicicletas, al que le sigue el estacionamiento para empleados, que está protegido por un alto techo rojo con fachada de vidrios pequeños, la mayoría rotos a piedrazas. A continuación están las populares y aparecen los largavistas apuntando al óvalo de tierra.
Un hombre revisa cuidadosamente el suelo y levanta boletos de jugadas viejas, los chequea y los vuelve a tirar. Al ser observado disimula y se aleja por la vereda. Esta vestido con un baquero un par de números más grande sin cinto que se lo sube a cada paso que da, del bolsillo de atrás asoma un trapo sucio, fuma como un condenado y su forma de andar transmite nervios de sólo mirarlo.
Atrás de las populares están las primeras ventanillas habilitadas, las protege una carpa de lona amarilla con ventanas transparentes que hace efecto invernadero. Afuera la temperatura es agradable pero bajo ese toldo el calor es insoportable pero a nadie parece preocuparle. Un televisor transmite la carrera y cinco viejos contemplan en silencio los acontecimientos sentados en bancos de madera verdes, de unos cuatro metros de largo. El silencio se interrumpe cuando se acercan a la meta, alientos e insultos surgen de la nada, personas hasta ese momento simpáticas y hasta inofensivas se transforman en fieras incontrolables que vociferan sin control.
- Te dije que para mí ganaba Vicente, si me escucharas un poco más Leopoldo- le dice una mujer a su esposo mientras le pasa un mate lavado.
- Por favor, mujer, no me jodas, sabes que me pongo loco con esto. Si era una fija el tres y vos viste cuando lo anunciaron. No me lo digas ahora que ya no podemos hacer nada- le responde sin mirarla, mientras tanto se limpia la frente con un pañuelo que saca de la solapa de su saco.
- Pero si te lo dije antes.
- Basta no me digas más nada es temprano y después sabes como terminan éstas cosas.
- Tenga paciencia hombre- guarda enojada el mate en la canasta de mimbre, donde lleva un tremo y un tupper lleno de pastelitos con dulce de membrillo.

Bajo la carpa el calor se transforma en calidez, todos conversan ahora que no hay carreras y se forma una especie de gran familia. Las ventanillas reabren y los cinco viejos esperan que las apuestas se realicen para ver quién es el favorito. La ventanilla es un rectángulo de unos cincuenta centímetros de alto donde una persona se encarga de sacar todo clima de candidez con sus malos modales y gesticulaciones.
Dos apostadores conversan apoyados sobre un cartel que dice: Resolución 3384/04: Jugar compulsivamente es perjudicial para la salud. Uno de ellos lleva una boina escocesa roja y negra volcada sobre un costado de la cabeza, los lentes los lleva colgando de una tira sobre el jersey beige, guarda las manos en los bolsillos traseros del pantalón y se balancea sobre sus talones al hablar. El otro lo escucha con atención, le falta tomar nota para ser un perfecto alumno, el pelo le crece sólo a los lados de la cabeza como una herradora gris y tiene una venda que le cubre gran parte de la frente.
- Si gana el tres me voy del hipódromo, ya te lo digo- dice el de boina.
- Usted dice…
- Pero claro hombre- interrumpe.
- ¿Y a cuál es la fija para ésta?
- Por supuesto que el dos, que te parece. Ese potrillo no me dejo pagando nunca, haceme caso.
- A mi me dijeron que el tres es más que el dos. Pero los cuatro kilos de más que tiene el pibe me hacen dudar- retruca el de la venda sin terminar de perderle el respeto a su interlocutor.

El de boina no le contesta, mira para otro lado y saca la lista de carreras del bolsillo y la repasa. La voz por los altoparlantes anuncia que quedan tres minutos para que cierren las apuestas, cada uno hace sus apuestas sin comentar nada al otro y vuelven a sus bancos para seguir la carrera por la tele. Una campana anuncia la largada y los caballos los mil metros del premio INCAPARAI. Llega primero el número ocho, cuarto el número tres y quinto el dos. Silencio sepulcral.
La carpa amarilla es visitada por los que apuestan, que luego dan la vuelta y se sientan en las tribunas, sólo estos cinco personajes se quedan allí. En la popular la cosa es distinta, pocos se cuidan de gesticular y casi nadie habla con el otro. El aire es tan denso como en un lugar cerrado, el humo de los cigarrillos parece quedarse flotando en el aire sin moverse. Los estrados son de cemento pero recubiertos por maderas, como las de los bancos de plaza, bastante cómodas para tratarse de una popular gratis. Los años y el uso le han dado una curvatura interesante a las tablas, parecen hechas a medida. Atrás de la tribuna hay una galería vidriada, son las cabinas de transmisión. Una cámara de televisión se acomoda para filmar la próxima carrera.
Están repitiendo el relato de la carrera por los altoparlantes. Un locutor apasionado grita las posiciones de los caballos, llamándolos por su nombre y se emociona al borde del colapso cuando llegan a la meta.
La tribuna queda semivacía cuando la voz oficial avisa que quedan tres minutos para que cierren las apuestas, la gente se agolpa frente a los televisores que anuncian a los favoritos y luego se vuelven a amontonar frente a las ventanillas. Suena la campana y retornan a la tribuna, ¡largaron! El relator vuelve al ruedo, nadie más habla durante los treinta segundos que dura la carrera.
Gana una fija: Cristian Fabricio Quiles, que paga 2,25 centavos. Un hombre canoso de espeso bigote baja corriendo por las gradas gritando y agitando una revista. Tiene los ojos vidriosos, la voz difónica y no se preocupa por cuidarla. Las venas del cuello se le hinchan, parecen enredaderas que trepana hasta el bosque de su tupido cabello, mientras grita: Vamos Quiles nomás, vamos viejo Quiles nomás.
Otro parate, la voz invita por los altoparlante, como lo ha hecho durante toda la tarde y lo seguirá haciendo, a la gente a presenciar el espectáculo de tango en el salón central de exposiciones de la tribuna oficial. Actuará Paula Gal y Marcelo Miró con su show “Tango y romance”.
Pasando otro cerco de macrocarpa se llega a la tribuna oficial, allí el acceso a los palcos cuesta dos pesos. Detrás de ellas tres mujeres reparten revistas con el programa oficial de carreras de la reunión número 94 del Hipódromo de La Plata. Debajo de las tarimas está el salón de exposiciones, donde se presenta la muestra de Elina Zagarra y Cristina Cajade con cuadros de caballos.
Está por empezar el espectáculo gratuito de tango, aparece una mujer vestida de gala y maquillada de una forma que muy difícil se la pueda observar en alguien que hace las compras en el supermercado. El pianista pasa desapercibido, esta de zapatillas y buzo, y se esconde tras su instrumento. Un viejo de la primera fila pide que le toquen “Naranjo en flor”.
- Es mi cumpleaños, ¿sabés?- le dice el viejito en una voz casi inaudible.
- En serio. ¿Cuantos años cumple?- le responde la cantante, haciendo ademanes impostados de emoción.
- 74 años y desde los 4 años años que ando entre los caballos.

La verdad que a primera vista el viejo parecería muchos más. Está vestido de traje y corbata, con un pañuelo que deja asomar cuidadosamente tres puntas, zapatos lustrados y el poco cabello que le queda acomodado para atrás. En el bolsillo trasero sobresale un peine. Se sienta encorvado hacia delante y se balancea para hablar, reposa sólo en una silla de plástico.
Finalmente luego de pasar por tres tribunas se llega a la que concentra la mayor cantidad de personas, la “profesionales”. Un fuerte olor a frituras invade el aire, los cuatro puestos de comida dispersado sobre el parque se encargan de que cada vez sea más intenso. La gente se amontona alrededor de ellos a pesar de que sean las seis de la tarde. Comes pizzas, papas fritas, hamburguesas, todo acompañado con fuertes dosis de cerveza. Para el atardecer, las voces ya se han empezado a elevar y los codos a apoyarse en las barras de los puestos.
Sobre la pared que hace de contrafrente a la tribuna hay tres televisores. En uno pasan la carrera y los pronósticos para las que siguen, anunciando favoritos y cómo van las apuestas. La gente se entorna alrededor, consulta y delibera. Un televisor está apagado. En el otro están pasando el partido de River contra Independiente, aquí también se concentra gran cantidad de personas. Se arman las hinchadas y la gente despunta su otro vicio.
- ¿Cómo va el partido?- pregunta un joven con una camiseta de River que tiene la publicidad de “Fate”.
- Gana River dos a uno- responde un viejo gordo, fastidioso y sin mirarlo.
- ¿En serio?
- No ves la pantalla, pibe o me estás jodiendo.
- No, en serio, soy corto de vista. ¿Quién hizo los goles?
- Montenegro y un pibe nuevo, no se cómo se llama.
- Que grande, los tenemos de hijos a estos amargos.
- …
- Yo me quedo a ver el partido, por un rato dejo los burros.
- …

Debajo de los televisores hay largas pizarras color verde donde un hombre subido a una escalera anota los resultados de las carreras y cuanto pagó cara uno. Hay apartados para cuanto paga la trifecta (los tres primeros), cuatrifecta (los cuatro primeros), imperfecta (los dos primeros pero al revés de lo que se pronosticó) y exacta (tal cual fue predicho).
En uno de los puestos hay un grupo de cuatro jóvenes que comparten una cerveza. Uno de ellos tiene una pechera del diario Hoy, los otros visten bastante desalineados, ya sus caras están de un tono rojo más fuerte que el normal para cualquier rostro. Vociferan en voz alta y repiten las frases a cada rato, ya se le empiezan a patinar las palabras. De pronto se les suma otro que camina a duras penas, sus intenciones no son claras pero en seguida les manotea la cerveza y se sirve un trago en un vaso que agarra del mostrador, la mujer que atiende el puesto lo mira asustada. Lleva puesta una gorra de chicago bulls, aparenta unos sesenta años, es gordo y petizo. Camina como si lo vinieran empujando de los costados.
- Epa, amigo, ¿se siente bien?- pregunta el de la pechera de diario Hoy.
- ¿Por?
- Le pregunto nomás. Sírvase si quiere, eh.
- Bueno, che, un vaso de mierda no se le niega a nadie, si querés te lo devuelvo.
- No, le digo en serio. No hay problema.
- Ah, menos mal- le dice en tono elevado.
La respuesta le causa gracia al de la pechera. Le lleva dos cuerpos de alto y por lo menos uno y medio de ancho.
- De qué te reís, ¿te causo gracia, tengo cara de payazo?- increpa el gordo casi tumbado sobre la barra del puesto.
- No hombre, no se enoje. Pero tampoco se ponga pesado.
- Querés ver lo que es ser pesado, mocoso.
- Bueno basta, eh, que la paciencia tiene un límite.
Los amigos agarran al borracho y se lo llevan para evitar el escándalo.
- Te salvas pibe. Claro ya se como son ustedes, como todos los negros, vienen de a muchos- responde el gordo entre los brazos de los que lo separan. Se queda sentado sólo en un banco verde enfrente de la televisión y al rato se queda dormido babeando sobre el hombro.

Suena la campana y otra vez la gente se amontona en la tribuna, esta vez es la “Profesionales”. Esta carrera es de dos mil metros así que las fijas son más firmes y las apuestas más fuertes. El clima es muy tenso y la corrida parece no terminar nunca, la voz del estadio ayuda a generar tensión. Sorprende que aún no haya estallado algún corazón, un hombre tamborilea con sus dedos sobre la rodilla, está casi en cuclillas al borde del asiento aunque no se da cuenta de la incómoda posición.
Los caballos se aproximan a la meta, comienzan los gritos de la multitud. Un joven se desvive alentando trepado a las rejas que se paran la pista de las tribunas. Lleva lentes de sol, un celular a la cintura, camisa desabotonada hasta el pecho y una brillante cadena de oro que asoma bajo ella.
- ¡Vamos Talaverano nomás, carajo, dale fusta!

Gana el caballo con el jockey de uniforme celeste cielo, de círculos blancos con gaviotas celeste cielo, mangas y gorra blanca, brazaletes celeste cielo con el número seis. Es su caballo, festeja y se abrasa con su amigo que permanecía callado a su lado. Otro hombre que pasa por atrás lo saluda a pesar de no conocerlo, son compañeros en la victoria.
- Menos mal que gano, papá, tenía lo que me quedaba en esta. Llegaba a perder y estaba hasta las manos- le comenta el desconocido.
- Pero Talaverano no falla, hace rato que le apuesto a él. Es un capo, ¡que lo van a correr éstos, por favor!- Le responde el de la camisa desprendida.

Las tribunas se empiezan a despoblar, un viejo saca un bolso negro cilíndrico y alto y de él un termo. Lo destapa y se sirve un café que impregna de olor toda la tribuna, se le acerca en seguida otro que se presenta y se sienta al lado. El del café lo mira con ojos desorbitados, no lo conoce pero igual le convida un vaso. Los dos son más o menos de la misma estatura, sólo que uno es mucho mayor que el otro. El viejo tiene profundas ojeras que hacen que sus ojos negros parezcan dos agujeros vacíos. Su cara triste y meditabunda no parece querer compañía, está ausente. El joven, más vivaz, parece querer animarlo, es muy locuaz y gesticuliza al hablar, pero es innecesario ya que el viejo ni lo mira.
- ¿En serio no se acuerda de mí? Del tren, nos hemos cruzado toda la vida, bah, yo hace cinco años que estoy arriba pero a usted lo conocen todos.
- Yo empecé en el ’83, viste, imaginate la cantidad de gente que vi ahí arriba.
- Pero, ¿en serio no me conoce?, si yo lo saludo y todo. Soy el de las garrapiñadas.
- Ahora que me decís, puede ser.
- Hace rato igual que no lo veo por allá. ¿Le pasó algo?
- Está jodido, viste que ahora tenés unos quilombos de competencia bárbaro. Yo ya no quiero pelear más, viste, ya estoy grande.
- Si, los guachos están terribles. ¿Apostó algo?
- Si a Talaverano, treinta pesos así que ya me hice unos pesitos. Ahora voy aver si le doy una sorpresa a la patrona.
- Que bueno. No se lo ve muy contento igual.
- Y…

La gente se amontona para cobrar o cambiar los billetes por nuevas apuestas. En el medio del parque, entre los puestos de comida un viejo trata de llamar la atención. Lo rodean un grupo de chicos que le festejan las payasadas que hace. Esta vestida con una campera de cuero negro brillante al estilo Ubaldini, lleva una gorra blanca con la visera levantada y unos lentes Ray Ban. Tiene barba de unos meses y apesta a vino, se mueve sobre un mismo eje y pega alaridos de tanto en tanto a los chicos que le rodean.
- No saben ingles ustedes, para que van a la escuela entonces. Guach yor nai, de jors run fas, jau taim is. Que piensan que soy un bruto yo, yo trabajaba para el gobierno.
- A ver, preguntale a aquel tipo de allá cómo van las carreras- lo reta uno de los chicos que lo rodea.
- Ahora vas a ver, Hey flaco, de hors run tuday.
El hombre se da vuelta lo mira y no le contesta.
- Hey, ¿no me escuchas? de hors run tuday.
Otra vez no obtiene respuesta y los chicos alrededor se largan la carcajada que venían reteniendo hacía ya demasiado tiempo.
- De qué se ríen pelotudos, los voy a cagar a patadas.
Los pibes se dispersan corriendo y trastabillando de la risa.

Llegando al fondo del predio están los studs donde preparan los caballos para las carreras. Hay lugar para que entre el animal y el cuidador que los peina y viste para la competencia. El olor es característico, la bosta mezclada con la tierra y el pasto seco que le dan para comer.
Ya está oscureciendo y se encienden las luces de la pista, el panorama es otro, los alrededores se pierden desde la tribuna y se concentra la atención sobre la carrera. Los puestos y las ventanillas son los otros focos de atención del hipódromo.
La voz del altoparlante anuncia que en tres minutos más se largará una nueva carrera. Los apostadores se asoman de vuelta a las ventanillas. Un hombre de andar cansino y pensativo se pone en la fila.
- Yo sé que el favorito es el seis pero yo le juego siempre al catorce porque lo conozco, es una potrilla de siete años pero corredora. Igual me cubro con el seis por que si pierdo todo me capo.
- Pero el catorce esta gordo.
- No, te digo que lo conozco. Igual no te canto nada, yo solamente le apuesto porque me gusta, nada más.

Antes de que suene la campana los caballos se presentan ante la popular para que la población apostadora elija entre los postulantes. Hay colores y ropas para todos los gustos, rojos, azules, blancos, amarillos; todos llevan máscaras sobre sus cabezas y monturas, a tono con la máscara, donde llevan escrito el número.
Se larga la última carrera, vienen cabeza a cabeza cuatro caballos, está muy disputado el primer puesto, los favoritos ésta vez no están muy definidos. Es una carrera de mil cuatrocientos metros, no es tan fácil acertar. Las enormes planchas del tablero indicador afirman que ganó por muy poco Andrea Marinha, con el número nueve. La presentan en una herradura de macrocarpa y flores rojas y amarillas. La muchacha saluda a la tribuna que le dedican piropos y se marcha a los studs.
La noche ya cayó y la gente empieza a retirarse, hay algunos que lo hacen cabizbajos y desconsolados, van mirando el suelo como criatura que ha sido regañada. Otros se retiran en familia disimulando su estado de ánimo tras una cara de hombres y mujeres serios que vuelven a su rutina. Por último, están los felices aunque éstos ya se han ido hace rato del lugar y festejan lejos de la tentación.

Historias sobre rieles

Afuera está frío, lluvioso, aparentemente es de esas tormentas que hasta no inundar todo no paran. La estación de trenes está cercada por grandes lagunas que desbordan los cordones. Algunos prueban infructuosamente saltar alcanzar el extremo seco, otros ya no se preocupan por lo que pisan.
Adentro hay olor a rancio, que se hace más fuerte e inevitable al mezclarse con la humedad del aire. La gente se refugia en el techo y mira al exterior, con la vista vacía. La triste nostalgia de la rutina invade el ambiente.
- A constitución por favor- dos monedas, una de cincuenta centavos y otra de un peso caen por el agujero debajo del vidrio de protección al vendedor.
- Ya sale…
- Gracias- dice una mujer con un bolso al hombro y sale corriendo hacia el andén. En su carrera casi choca contra una señora gorda y haraposa que mendiga vueltos de pasaje al lado de la ventanilla. Nadie la mira, solo le empujan monedas de cinco centavos con el revés de la mano. La plata desliza por el frente de la boletería y cae en una caja de zapatos.

El ferrocarril Roca sale en punto, el cartel indicador dice 16:52 y no espera ni un minuto más. Los que no lo alcanzan corren a la par y saltan sobre los estribos, agarrándose con gran habilidad de las manijas de los costados.
Todos los que pretenden viajar sin pasaje aprovechan el apuro para pasar rápido por enfrente de los guardas y que estos no los detengan pidiéndole el boleto. Un gordo que hace malabares para permanecer sentado en una banqueta menea una cachiporra, exhibe orgullosamente un chaleco azul que dice seguridad mientras sonríe cómplicemente a un colado que corre frente a él.
Un vendedor con una caja de cartón que sostiene contra la cintura y le llega casi al hombro, pasa por enfrente del guarda y lo saluda amistosamente. Su cara muestra el paso de años difíciles, no tiene más de treinta pero aparenta unos cincuenta. Lleva una gorra de Chicago Bulls manchada con grasa y una remera manga corta que deja ver unos rústicos tatuajes que ocupan todo su brazo. El tren ya esta por salir del andén pero él igual lo alcanza, entrando a la altura del vagón de carga con majestuosa habilidad. Su cara está inmutable y no demuestra orgullo por su prodigioso movimiento. No bien abandona el último vagón empieza a vociferar con una voz alta, aguda y penetrante.
- A un peso el Mantecol, fresco y rico. Para el viaje para llevar de postre o para regalarle a su mujer. Fecha de vencimiento al dorso. Si señora ahí voy- dice apuntando con el dedo al fondo del vagón donde nadie lo ha llamado.

El tren por dentro

Los vagones para todos los gustos. Unos con dos asientos paralelos a los extremos. La gente se sienta y las ventanas le quedan a las espaldas, inevitablemente tienen que mirar al frente o contornearse sobre la dura chapa que hace de banco. Los pasillos son más anchos así que hay lugar para que la gente viaje parada. Una señora empuja con sus bolsas de supermercado a un joven que de a ratos se apoya contra sus rodillas. El muchacho mira distraído hacia el costado hasta que la mujer lo increpa.
- Nene, ¿no te das cuenta de que desde hoy me estas chocando las rodillas?
- Perdón señora pero el tren se sacude- le responde sin siquiera mirarla.
- No es excusa. ¿Podes alejarte un poco?, no te cuesta nada y a mí me duelen las rodillas de tanto andar.
- Señora, estamos todos cansados y apretados. No hay otro lugar para ir sino le juro que me corro- sigue hablándole sin mirarla.
- Andate allá cerca de la puerta que hay más lugar y vamos a estar los dos más cómodos.
- ¡Ta bien!- se aleja mordiéndose fuerte el labio inferior. Ya la gente del vagón empezaba a mirarlo y un color rojo fuerte asomaba en sus mejillas, a pesar de ser bastante oscuro de piel.
- Sos un ángel nene.

En los otros vagones ya no hay tanto roce, los asientos no están paralelos a las ventanas sino perpendiculares. Hay de dos tipos, unos de chapa rígida y otros -los más viejos- de cuero marrón con resortes, que tienen la posibilidad de que su respaldo mire para Constitución o para La Plata. Estos últimos son el premio para los primeros en subir, es lo más cercano a la comodidad que se puede viajar en el tren.
En los de chapa la gente se distribuye de a pares y no tiene mayor contacto con los demás, viajan silenciosos. En los de cuero en cambio aprovechan la movilidad de los asientos y los enfrentan, se ven familias viajando todos juntos con sus hijos o grupos de amigos que viajan con las rodillas entrecruzadas para poder estirar las piernas.
En la estación “Gonnet” suben tres chicos liderados por el mayor, de unos seis años. Se presentan como hermanos y piden la caridad de los pasajeros para poder comprar comida.
El más chico lleva una lata de leche nido, con un cable enganchado en sus dos extremos, se la cuelga tipo bolso y le va pegando contra las rodillas. No tiene más de tres años, anda en ojotas dejando a la intemperie sus largas uñas y sus dedos llenos de mugre. Viste una maya que no se distingue bien las manchas del color original, arriba una musculosa ajada cuyo cuello le llega casi a la cintura, todo de color marrón, o eso parece. Su cara es tan triste como un preso mirando atardeceres por la ventana de su celda.
De repente se sienta en el medio del pasillo, su hermano saca de una caja una matraca y el líder dedica la canción que van a tocar a todo “su público”. Empiezan a aullar “”Los caminos de la vida”, los alaridos son imposibles de ignorar.
Un viejo que estaba durmiendo apoyado contra la ventana, se despierta sobresaltado por los ruidos. Mira a los chicos y se vuelve a dormir, o eso intenta. El tema se extiende por unos largos tres minutos y medio. El del medio se saca un gorro de lana, que hasta ese momento había ocultado una melena dura por la mugre, y la pasa por entre los asientos. No caen más de cuatro monedas en su interior.
Recién en Bernal – a unos treinta y cinco kilómetros de La Plata- pasa el guarda pidiendo boletos. Un hombre, que estaba mirando por la ventana, súbitamente se duerme. Está sentado en uno de los últimos asientos pero ya no tiene tiempo de escapar.
- Discúlpeme- le dice el guarda mientras le sacude el hombro.
- …
- ¿Señor?- mira a una muchacha enfrente que se hace la distraída y gira la cabeza para la ventana, ocultando su inevitable sonrisa apunto de estallar en carcajada.
- ¿Que querés?- le responde el hombre abriendo ofuscadamente un ojo.
- Boletos
- Para eso me despertás barón, yo tengo que laburar en cuanto llegue a Avellaneda. Es mi único momento de sueño.
- Disculpame. Boletos- insiste secamente.
- A ver…creo que los tenía por acá en el bolso- saca de abajo del asiento una mochila llena de barro y la revisa pausadamente- creo que lo perdí, papá, pero te juro que lo pagué.
- Si, bueno. A ver que hacemos con esto- mira de vuelta a la muchacha de enfrente que ha cambiado su risa por una mirada seria de preocupación y nerviosismo.
- Se me debe haber caído cuando me dormí- agrega para tapar el incómodo silencio.
- Esperáme que controlo el próximo vagón y ahora vuelvo para ver cómo arreglamos este problemita. No te muevas.- Le palmea el hombro y le hace una sonrisa cómplice a la muchacha de enfrente.
- Bueno dale, yo te espero acá.

El muchacho se baja en la próxima parada y se queda mojándose en el andén mientras que el tren se va sin él arriba. La muchacha lo mira desde su asiento con ojos tristes, el joven mira el reloj y suspira hondamente.
La lluvia se mezcla con viento cruzado. Las ventanas se bajan solas, los gastados resortes no pueden hacerle frente al vendaval. El frío empieza a hacer moquear a los pasajeros, que se cierran los cuellos de las camperas. La próxima estación es Avellaneda y la gente empieza abrir los paraguas y a amontonarse en las puertas para bajar. Se renueva gran parte de los pasajeros.
Ya no hay una vía de ida y otra de vuelta como en todo el camino, sino que ahora se entrecruzan con otros y conforman una complicada red como un tejido de araña borracha.
Atardece sobre Constitución, todo es gris y triste. Las personas se mueven rápido siguiendo al malón. Todo es muy oscuro y tenebroso, hay un fuerte olor pero no se distingue bien a qué. Es parecido al que se sintió la primera vez en La Plata pero mucho más fuerte, sin duda que los baños no son muy visitados por acá.
Hay personas durmiendo sobre cartones en el suelo, se tapan con diarios y permanecen allí ajenos al tiempo como gato desperezándose en el sillón de un living.
La estación es enorme y de estilo antiguo, grandes arcos marcan la entrada y en el hall central los puestos de diarios y los de comida se disputan por quién ocupa más lugar. Sobre el costado izquierdo una escalera desciende al subterráneo y sobre el derecho una enorme puerta comunica a la calle.

El retorno

- ¿A qué hora sale el tren para La Plata?- pregunta un desprevenido.
El boletero le señala el enorme cartel indicador y no le responde.
- Y el boleto, ¿cuánto sale?
- Uno con cincuenta.
- A bueno, déme uno- saca un billete de dos pesos y lo mete por debajo de la ventanilla.
- Pago exacto señor- le dice el vendedor a la vez que señala un cartel pegado al vidrio.
- Apurate flaco que ya sale y lo vamos a perder- increpa un viejo parado detrás de él en la fila.

El tren sale puntual como desde La Plata, por supuesto hay quienes lo tienen que correr. Afuera sigue lloviendo y el guarda aclara a los gritos que los estribos pueden llegar a estar mojados y resbalosos. Sus advertencias son ignoradas.
Un joven de unos veinte años corre con una criatura en brazos. El niño llora, el sonido es fuerte e irregular, como el de la locomotora. A cada sacudida que da su padre el niño grita más enérgico. Salta y se para en el primer escalón, agarrándose con la mano libre de la barra de al lado de la puerta.
- Flaco te podrías haber matado- lo increpa un hombre vestido de traje con un maletín en la mano.
- No pasa nada, estoy acostumbrado.
- Parece que el pibe no…- señaló a la criatura cuyo berrinche era cada vez más fuerte. Era de esos llantos cargados de indignación.
- Bueno loco está todo bien- el padre se abrió paso empujando a su interlocutor con el hombro.

Los asientos del tren de vuelta tenían la misma disposición que el de ida y la gente parecía la misma también. Una mezcla de todo, estaban las amas de casa que volvían de hacer las compras, obreros engrasados y embarrados, estudiantes con apuntes en las manos, ejecutivos; el factor común a todos era la cara de cansancio.
Se derrumbaban sobre los asientos y levantaban la vista sólo cuando escuchaban a algún vendedor o artista ambulante. Cada cinco minutos pasaba uno.
Una luz amarilla y tenue alumbraba desde el otro lado de la puerta, al rato se asomó un hombre correctamente vestido con un bolso negro al hombre. Tenía anteojos de larga distancia que le daban un aire intelectual, hablaba rebuscadamente y en voz alta. En su mano llevaba una linterna-llavero. Tenía la forma de una grande pero en miniatura, venían en todos los motivos y funcionaba tan sólo con dos pilas de reloj. Hablaba convincentemente sobre un producto sin ninguna utilidad práctica, tres personas le compraron su oferta a un peso.
- Como chamuyan estos vagos- le comentó un joven a otro. Los dos venían con camisetas de equipos de fútbol, pantalones cortos y medias altas hasta la rodilla.
- Ni hablar, yo si traigo plata la liquido en pelotudeces. La otra vez me comí como seis alfajores, le llevé un clavel a mi mujer y caí con un sepillo masajeador. Para colmo no me di cuenta hasta que empecé a sacar las cosas de la mochila.
- Está re enfermo.
- Que te parece, pero igual fijate que te convencen de cualquier cosa.
- ¿Qué te dijeron cuando llegaste?
- No sirvió ni el clavel para calmar a mi mujer. No puedo tener plata en la mano que la liquido al toque. Por suerte hoy ando seco.

Los interrumpió una mano que se posaba en sus rodillas, era pequeña y curtida por los maltratos y el frío. Una tarjeta se apoyó sobre sus piernas, decía “te amo” y tenía un oso abrasando un corazón gigante, atrás estaban los significados numéricos de los sueños. Las repartía una niña de no más de cinco años con un vestido a cuadros que de estar limpio hubiese generado ternura. Sus pequeñas manos trataban de apretar las tarjetas pero no alcanzaban. Pasó por todos los asientos pero la gente la ignoró, las tarjetas eran devueltas con la misma velocidad con la que eran entregadas. Ni una moneda llegó a sus manos, abandonó el vagón sin despedirse, no emitió una palabra desde que entró.
- Pobre piba- comentó el joven vestido de jugador de fútbol.
- A mi me parte el alma, pero hay veces que se ponen cargosos no lo podés negar.
- Y si…
- El otro día venía durmiendo y me vino a despertar para que agarre una tarjeta de mierda.
- Para matarla…
- Que te parece.

Se interrumpieron para escuchar un cantante que empezó a interpretar un folklore por todos conocido. Era un hombre gordo y petiso, la guitarra se apoyaba sobre su abultado estomago. Cantaba bastante entonadamente, la gente lo miraba con atención pero el no correspondía, era ciego. Su boca llamaba la atención por la falta de algunos –por no decir todos- dientes. El respetuoso silencio fue agradecido por el artista, mientras pasaba el estuche de su guitarra pidiendo monedas. El público fue bastante generoso esta vez.
Un hombre que terminaba de tragar un pancho de un peso veinticinco, se limpió la mostaza de los dedos y sacó veinticinco centavos de su bolsillo y los tiró dentro de la funda.
El tren seguía su marcha pareja, el traqueteo de las ruedas había sido asimilado de tal forma que los momentos en los que nadie hablaba eran disfrutados como silencio absoluto. Las primeras cabezas empezaron a caer a la altura de Berazategui. El movimiento oscilante era somnífero para cuerpos cansados.
Los vendedores no daban descanso, a los durmientes. Un recio morocho apareció por la puerta del vagón estaba vestido con ropas camufladas.
- Soy un ex combatiente que sirvió a la patria en la guerra de Malvinas. Yo los defendía a todos ustedes y ahora el estado no nos lo reconoce y nos da una pensión miserable como recompensa. Yo no vengo aquí a dar pena ni lastima, sólo a pedir una ayuda para seguir adelante. Cualquier moneda me viene bien.
- Ya conocemos la historia esa, ¿cómo sé que sos ex combatiente?- increpó una dama con cara de perro pequinés rabioso y con peinado de caniche consentido.
- Acá tiene un documento que lo acredite, señora- esta última palabra la dijo en un tono un poco más elevado que las demás.
- Aja…
- Esta es la gente desagradecida de la que le hablaba antes- dijo dirigiéndose al resto del vagón. Se hizo un silencio hospital.

El tren ya iba llegando a La Plata y la lluvia empezaba a menguar, la noche se mezclaba con ese aroma a tierra mojada que aún se siente en ciertas ciudades. La ciudad abrasaba a los recién llegados y el fin de la jornada se hacía más romántico.
Una enorme serpiente blanca cortaba la oscuridad reinante. Al llegar a su cueva descendió una muchedumbre que en pocos segundos inundo el andén. El viaje había terminado.

Para todos los gustos

Es jueves por la mañana y el colectivo 508-10 por Olmos viaja lleno de pasajeros que asoman la cabeza por las ventanas como vacas viajando para el matadero. Nadie se baja hasta llegar a 44 y 147, donde el micro prácticamente se vacía, es la parada de la feria y hoy abre.
Un calor desmedido para la primavera despierta los rezongos, en 147 las calles de tierra, la abundante vegetación y las viejas que salen a regar para que no se levante polvo, hacen que el clima se haga un poco más tolerable que en la ciudad. El tiempo pasa lento y la gente se mueve a otra velocidad. Un hombre, de unos sesenta años saca la reposera de tela a la vereda, la arma y vuelve a la casa por el mate y la pava, saca la tapa para que se enfríe un poco el agua y espera ansioso la llegada de la gente a la feria.
La falta de señalización y la monotonía del paisaje dificulta el acceso al lugar, a su vez los techos de chapa en forma de grandes arcos y las columnas de hierro le dan un aspecto por fuera nada hace prever lo que hay dentro. Una bandera que dice “Paseo La Plata 45” anuncia que ese es el lugar. En hilera se suceden otros carteles con inscripciones como: “Abierto desde las nueve horas”, “sábados domingos y feriados” y “el camino seguro para la economía de tu familia”. En total son seis banderas que resumen toda la información necesaria para los que asisten -o planean hacerlo- al lugar.
Los alrededores son funcionales a la organización, al costado derecho y enfrente están los estacionamientos de la feria, al lado de uno de ellos hay un almacén que vende sándwiches y que tiene las heladeras llenas de bebidas frescas para los feriantes, el resto son terrenos baldíos o pequeños ranchos escondidos tras matorrales de arbustos.
La cuadra de la feria esta ocupada por niños que juegan a la pelota o anda en bici y camiones que descargan mercadería aprovechando el poco movimiento de la mañana. Aparte de ellos, sólo unos perros se mueven por la calle.
La galería de entrada ya anticipa el clima de adentro, un equipo de música de marca taiwanesa ilegible, con botones de colores estridentes, musicaliza el entorno con una fuerte cumbia. Al lado un adolescente tararea las canciones y toma cerveza de un vaso de café de plástico, de a ratos vocifera ofreciendo los llaveros luminoso que expone en una mesa de camping sobre la vereda.
- Podés creer que el rata de enfrente me lo cobró- le comenta al compañero de bebida, mientras le muestra el vaso de plástico.
- No hay que comprarle nada al tipo ese, yo ya te dije, pero si siguen yendo se va a seguir haciendo la estrella. ¿Cuánto te lo cobró?
- Veinte centavos. Pero no es eso, es la actitud.
- No le hubieses comprado nada- no abandona nunca su aire de superado, la situación lo tiene sin cuidado pero habla para ocupar el tiempo.
- Y qué querés que tome del pico.
- Perdón, la señorita…
- Por mí no hay problema pero sabés como son las viejas de la feria. No pierden momento de romper las bolas. El otro día vinieron a sermonearme con la imagen del lugar y todo eso, así que me evito los quilombos al pedo.

Además de la mesa con los llaveros, la galería está llena de macetas con coloridas plantas que aromatizan, junto con un panchero, el lugar. Es temprano por lo que aún se distinguen los olores, entrada la tarde habrá que abrirse paso con las manos para traspasar la densitud del aire.
Una vieja habla a los gritos por el teléfono semipúblico del almacén, todo se mueve en un ambiente muy familiar. Nadie se sorprende de los alaridos y las carcajadas de la mujer. Viste aparatosamente con unos joggins adidas de dudosa procedencia, las medias le agarran la botamanga del pantalón, la gruesa campera del conjunto está cerrada hasta el cuello y una visera rosa, a modo de bincha, le sostiene los rulos para que no se le vengan a la cara. Mientras habla no deja de trotar en el lugar, la cadena del teléfono se sacude fuertemente, en cualquier momento se va a quedar con el tubo de recuerdo para su casa. Un desprevenido le clava los ojos sorprendido por la situación.
- Es la loca Rita, ¿no la conoces?- le pregunta uno de los feriantes que acaba de salir del almacén y nota su intriga por el personaje.
- No la había visto nunca, que aparato.
- Si, pero no te cuelgues mucho mirando porque se te va a venir a poner pesada.
- Ah, menos mal que me avisas. Y, con quién hablara, lo va a dejar sordo…
- Necesitas el teléfono- interrumpe.
- ¿Por?
- No, porque si lo necesitas avisame que la saco. Lo más probable es que esté hablando sola, pero nadie le dice nada porque así se divierte Rita.
- No, no te hagás drama. Solamente la miraba porque me llamaba la atención.
- Bueno no te vayas a enamorar, eh.

El hombre no responde al chascarrillo, se da madia vuelta y entra a la feria. Desde el momento en que le advirtieron que se podía poner cargosa, dejó de mirarla y se alejó del lugar.
Adentro de la feria todo esta más oscuro, la iluminación tenue la dan unas lámparas colgantes con campana que son tan lindas como poco prácticas. Los puestos se distribuyen a lo largo de seis pasillos que van desde la entrada hasta al fondo y otros tantos que cortan al lugar transversalmente, en el techo cuelgan algunos ventiladores de techo y sobre las paredes del fondo hay tres grandes agujeros con ventiladores gigantes que giran lento y permiten la ventilación desde el exterior, las columnas y los tirantes están sucios y desprolijos, se destacan los relucientes matafuegos y carteles verdes de SALIDA, que apuntan al mismo lugar por donde se ingresa, o sea el gran portón delantero. En cada uno de los seis pasillos hay un televisor veintiún pulgadas con el canal América veinticuatro horas con el volumen bajo, la radio ocupa el espacio sonoro principal, mientras que cada puesto individualmente pone música a su gusto, es un cambalache de tangos, rocanroles y cumbias. Los carteles de “Feliz día mamá” son el factor común del lugar.
La gente que atiende los puestos saluda amistosamente y conversa entre ellos, hay gran camaradería entre los feriantes. Todos visten ropa con marcas visibles, Adidas, Nike, Levis, Wrangler, Puma y se preocupan por acomodar el puesto inmediatamente cada vez que algún curioso mueve la mercadería. Están al acecho, no hay presa ande por los pasillos que se le escape, en seguida lanzan un torbellino de ofertas y novedades a todo aquel que se interese en escucharlos.
Un muchacho joven atiende un puesto de camisetas de fútbol, tiene puesta la remera del partido homenaje a Maradona, con la transpiración del cuerpo la remera se le ha pegado a la abultada panza y se transparenta. El local está impregnado por el olor fuerte que despiden sus parissiens, los pita a escondidas.
- No me dejan fumar acá, viste barón- le comenta a otro que busca lo consulta sobre unas camisetas- por eso me escondo atrás de las remeras. ¿Qué querías?
- ¿Tenés la camiseta de Saviola?
- ¿Cuál?- responde mientras se apaga lo que queda del cigarrillo en la suela de las Topper con una “P”.
- La del Sevilla, estaba buscando.
- No pa, esa es muy nueva. Tengo la del Mónaco, si querés…
- Pero si ni jugó ahí, ¿para qué me la voy a comprar?
- Bueno pa, no tengo la culpa que el pendejo sea un fracasado…- deja silencios que no se sabe si son para tomar aire o ya ha terminado de hablar.
- No te metas con Saviola que es el próximo goleador de la selección
- No me jodás pibe, toma llevate la de Teves, te la dejo a quince porque me caíste bien- sobre el perchero hay un cartel escrito con fibrón que dice: camisetas de fútbol a quince pesos, dos por veintiocho.
- Dejame de joder, cuando vaya a jugar a un club serio de Europa paso por acá y te la compro ¿listo?
- Bueno y cuando Saviola tenga huevos para jugar te traigo la del Sevilla- el gordo no piensa perder la discusión ya que la venta la ha perdido hace rato.
- Los de Boca son todos iguales, ya los vamos a agarrar el domingo…
- Justo, seguí paseando hijo.

El chico no le responde y sale de la feria sonriendo, la provocación del grandote no lo intimidó, cree que lo puso en su lugar. El gordo por su parte lo saluda con una sonrisa, ha sido una victoria para los dos.
Se hace el mediodía y los puesteros del frente despliegan una gruesa tela negra que tapa los rayos de sol y torna el aire de adentro aún más denso de lo que era a la mañana. El puesto de panchos empieza a trabajar sin dar abasto, la gente se amontona para comprar. Una mujer vestida cuidadosamente con un jersey bordó, gastado y estirado, una pollera larga hasta los tobillos y una cruz colgando sobre una impecable camisa blanca, vuelve con su pancho al puesto. Vende medallas de vírgenes, estampitas, colgantes de vidrio con pelotas para que suenen con el viento, sahumerios, cartas, relojes despertadores, billeteras, abanicos, hebillas para el pelo, se mueve cansinamente y atiende como si les estuviera haciendo un favor a sus clientes. Su puesto es el número uno de la feria, está delante de todo y en uno de sus parantes hay clavado un cartel: “SE PROHIBE EL INGRESO CON EL TORSO DESNUDO, DESCALZO Y CON ANIMALES. LA PLATA 45 SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISIÓN Y PERMANENCIA”. El gesto fruncido y los malos modales de la vieja vendedora de medallas funcionan como advertencia viviente de que en ese lugar no se jode.
Más adelante por el pasillo hay una gitana con un vestido rojo floreado entero hasta la rodilla, un pañuelo rojo en la cabeza, con el pelo recogido en dos trenzas, una bola de ropa recién lavada colgando del antebrazo y ojotas discute con una muchacha que atiende un puesto de pulloveres. Lleva a sus dos hijos de las manos que la tironean para que termine de pelear con la feriante.
- Este sueter se me encogió nena, lo quería cambiar.
- ¿Hace cuanto lo compró?- responde la mujer fastidiada, de mala gana.
- Hace una semana…
- Disculpame, pero no puedo hacer nada. Ya pasó mucho tiempo, las devoluciones son por fallas de fabricación, dentro del envoltorio original y en el lapso de un par de días- afirma casi mecánicamente.
- Pero que se achique es una falla de fábrica querida, ¿no te parece?
- Yo no se cómo lo lavó usted.
- Ah no, lo único que faltaba que vos me vas a enseñar a lavar la ropa a mí.
- No le digo eso -la chica no sabe si tutearla o tratarla de usted, de acuerdo a la intensidad de la discusión se amolda a la circunstancia- pero yo no puedo comprobar que hizo usted con el pullover.
- Bueno nena, cambiámelo por otro y basta de lola- la cara de la gitana se tornó de un bordo furia que asustaría a cualquiera. Sacude a unos de sus hijos fuertemente al escuchar que insiste en que quiere irse.
- Yo no puedo hacer eso, no es mi negocio. Además después eso a quién se lo vendo…
- No es mi problema -interrumpe- yo lo único que quiero es que me den uno nuevo o los treinta y cinco pesos que pagué.
- Bueno ya le dije que no va a ser posible -agarra el pullover con la punta de los dedos y pone cara de asco- si quiere venga mañana que va a estar el dueño y habla con él. Más no puedo hacer.
- Si ya sé cómo es eso, mañana vengo y no hay nadie y así me pelotea y me terminan cagando.
- Es todo lo que le puedo ofrecer, otra cosa no esta en mis manos, yo sólo trabajo acá.
- Mañana vuelvo pero avisale a tu jefe que si no me lo cambian armo un quilombo que se va a escuchar en toda la feria.
- Esta bien señora. Hasta mañana.
- …

La mayoría de los estanes se repiten, el que no es de ropa (vaqueros, remeras, camisas, buzos, ropa para niños) vende zapatillas o chucherías. Hay sólo un grupo que se destaca, uno de ellos es el de José, un peruano de cuarenta y cinco años que vende herramientas, estereos para el auto, televisores (color y blanco y negro, aclara al ser consulatado), teléfonos y demás artefactos de elevado valor para los precios que se manejan en el lugar. Atiende su puesto como un experto, es uno de los más viejos feriantes y lo demuestra con su afilada oratoria. Su local es el número sesenta y tres y es uno de los únicos que permite el pago en cuotas y con tarjetas de crédito. El puesto de al lado es de ropa interior femenina, los modelos expuestos son bastante insinuantes y José (conocido por todos en la feria) bromea con las chicas que atienden. No deja de asomarse para pispear quién se detiene en el puesto, da vuelo a su imaginación tantas veces como repite la frase es una ganga a sus clientes.
Otro puesto original es el número cuarenta y nueve, una juguetería. Un chico está parado contemplando un auto a control remoto, los ojos vidriosos son como nubes grises que cubren el cielo, la tormenta se está por desatar, su madre se da cuenta y trata de consolarlo con un helado. El chico no es tonto quiere el auto y el helado, una cosa no reemplaza a la otra, el berrinche se desata y la fuerza es incontenible.
- Pero ricardito sabés que no tenemos plata, si te lo dije antes que me acompañaras.
Sigue llorando sin responder.
- Dale no seas así, mamá te lo va a regalar para tu cumple, que falta poquito.
- No, no me lo vas a regalar.
- Si te juro, además ya tenés dos de esos en casa y no los usas.
- No son iguales y además están rotos.
- Si papito te los arreglo.
- Si pero no andan más con el control. Ahora, ni siquiera giran las ruedas.
- Eso por hacerlos andar en el parque. Vos no sos para estos juguetes porque no los sabes cuidar, son caros y no te duran nada.
Las palabras de la madre no hacen más que acrecentar el berrinche, ahora con acostada en el suelo y todo. La mujer lo toma por el brazo y trata de levantar pero el chico se suelta y se queda en el suelo.
- Mirá que mamá se va y te deja sólo.
- Bueno, pibe, ya te lo van a comprar -intercede el dueño del puesto que ya no soporta las ganas de consolar al pobre niño- Yo te prometo que te voy a guardar el auto para tu cumple. ¿Cuándo cumplis años?
- El quince de noviembre.
- Y ¿cuántos cumplis campeón?
El niño hace el gesto de cuatro con los dedos de la mano.
- Pero, tan grandote y haciendo estos berrinches.
- Ves, hasta el seños se da cuenta de que sos un chiquilín. No te da vergüenza.- aparece de nuevo la madre, ahora que se da cuenta que el chico a dejado de llorar y empieza a moquear.
- Nos vemos campeón-saluda el dueño del puesto.
El niño saluda con la mano que le queda libre (la otra la sujeta la madre) y se va por el pasillo sin abandonar el puchero que abarca todo su labio inferior.

Unos jóvenes entran con un cuaderno en las manos y empiezan a hacer anotaciones, la vieja de las medallas los mira con desconfianza. Estaba parada en el frente del puesto acomodando las fotos enmarcadas en cuadros dorados de la virgen maría, cuando ve que se aproximan los dos muchachos se mete dentro del puesto y desde allí los mira con el ceño fruncido. Por lo visto no son muy bienvenidos, se alejan por el pasillo y la vieja habla al oído de un hombre robusto que vende vaqueros en el puesto de al lado, el hombre empieza a seguir a los jóvenes. Los feriantes detienen su actividad cada vez que los ven venir.
Está atardeciendo, afuera empieza a refrescar y una brisa entra por los portones de la feria, se siente el aroma a tierra mojada y se respira ese aire que sólo en el campo se puede respirar. El viejo vuelve a salir de su casa y arma la reposera con el mate, ahora va a contemplara la salida de la gente de la feria. Muchos de los puesteros empiezan a desarmar sus puestos y conversan sobre la jornada.
- ¿Cómo te fue hoy?
- Bastante bien para ser jueves. Vendí unas cuantas remeras y un par de buzos. Vino un pibe y se equipo de pies a cabeza, llegaba a vender zapatillas y hasta eso se llevaba. ¿Y a vos?
- Maso…viene complicada la venta de compacts grabados. Me parece que vendes más si vas en el tren o en la misma estación.
- Pero acá estás más cómodo.
- Si eso no te lo discuto pero hay días en los que vendo dos discos y con eso me cago de hambre.
- Pero es jueves, ya va a venir el fin de semana.
- Si espero mejorar ahí, si no, no se que voy a hacer.
- No te preocupes, además es el día de la madre y se va a llenar de gente. Vas a ver como repuntas. Por un mal día no te podés hacer tanta mala sangre…
- Se me va a caer el pelo ¿no?- quien habla tiene el pelo largo atado con una cola atrás y el otro es calvo hasta la nuca, con un semicírculo de pelo que le rodea toda la cabeza.
- No me jodás, che, que te estaba hablando en serio.
- Si ya se pero no quiero pensar mucho en eso. Si no me caliento y me da ganas de mandar todo a la mierda.
- Quedate tranqui y haceme caso, espera el finde.
- Te tomo la palabra.

Los muchachos mientras tanto siguen recorriendo la feria con su cuaderno de apuntes sin notar la hostilidad con que los miran los vendedores. Van concentrados en sus apuntes y levantan la cabeza únicamente para observar a sus alrededores. Se les acerca un hombre de unos cuarenta años que aparenta muchos más, tiene el pelo blanco como su barba candado, sus ojos negros son profundos y mira como juez que dicta sentencia. Habla convencido de que está poniendo los puntos pero nunca pierde la compostura, sus modales son correctos, excesivamente correctos. Su boca despide susurros que cuestan ser escuchados, pero no levanta la voz porque sabe que lo que diga tiene que interesar a su interlocutor, que hará lo posible por entenderlo.
- ¿Qué escriben muchachos? ¿Es una encuesta?- mira la hoja asomándose por encima del extremo superior del cuaderno.
- No estamos escribiendo para un trabajo de la facultad- responden sorprendidos los dos jóvenes.
- Ah y ¿cómo es eso?
- Tenemos que describir lugares de La Plata, ya hemos ido al hipódromo y ahora venimos acá- explican lo mínimo e indispensable como para poder seguir circulando, pero el hombre no se conforma.
- Y se puede ver- manotea el cuaderno, pero sin llegar a ser rudo.
- …
- Ah, mirá vos. Bueno está bien. Lo que pasa es que la vieja del primer puesto estaba asustada porque no sabía qué era lo que estaban escribiendo, vieron, acá la gente anda con cuatro ojos.
- Está bien…
- Sigan- da la autorización con la mano como un inspector de tránsito que habilita al tránsito a circular.
- Bueno…gracias- responden casi sin pensar los muchachos.

Los televisores siguen encendidos a pesar de que quedan muy pocos puestos sin desarmar, el sonido ahora es monopolizado por la radio del barrio, ya no hay más equipos que la tapen. Por los altoparlantes suena la publicidad de Carlos Quintana a diputado provincial, anuncian una peña en un salón cercano y la llegada de La Nueva Luna a La Plata.
Una muchacha se trata de deshacer del acoso de un borracho que ha estado acechando su puesto durante toda la tarde. Es una mujer bien formada, de un metro setenta, cara redonda y pelos rizados colorados, es hermosa por donde se la mire; el borracho es exactamente lo contrario, desagradable, apenas puede mantenerse en pie y escupe mientras habla. La joven desprende unos cintos que colgaban de la pared del puesto y el borracho da un brinco hacia el costado, estira su mano para tratar de pellizcar sus muslos, pero el estado de ebriedad es tal que trastabilla y por poco cae al suelo. Un hombre grandote de ojos achinados se acerca y le dice algo al oído, al rato vienen otros dos que lo agarran por los brazos y lo llevan en el aire hasta la vereda. El borracho patalea la primer parte del trayecto, luego se resigna y se deja transportar como un perro con las cuatro extremidades en el aire y apuntando al frente.
Los estudiantes no se quieren perder esta secuencia y vuelven a sacar sus cuadernos de apuntes. El hombre achinado los ve por el rabillo del ojo y al instante se les hecha encima. Está visiblemente exaltado, el episodio del borracho lo ha alterado y ya no le importa tener otro altercado, es más, le gustaría que esto sucediera.
- ¿Qué se creen que hacen?- los modales de este no son tan corteses como los del anterior.
- Nada escribimos- la verdad es que no quieren repetir la historia otra vez.
- Eso lo veo, no soy tarado, pero que escriben y a quién le pidieron permiso.
- A nadie, no sabíamos que…
- No así no se actúa muchachos, ustedes no están en la facultad, acá hay códigos que respetar, gente de seguridad y con mercaderías de esta índole no se puede andar jodiendo como si nada- habla con términos que evidentemente no maneja, de sólo oírlo podría ser asociado con cualquier miembro de la policía pero su aspecto dista mucho del de un uniformado.
- Solamente escribimos una nota describiendo el lugar.
- ¿Y qué describen?
- De todo un poco, nada más las personas y los lugares.
- Igual les digo que no pueden moverse así, en éstos lugares se pregunta antes de hacer este tipo de cosas, ¿saben?
- Bueno, para la próxima ya sabemos.
- Si, si…

El achinado se aleja caminando de costado sin quitarle los ojos de encima a los dos jóvenes que deciden marcharse de la feria para evitar cualquier tipo de posibles futuros altercados.
La parada del 508 está llena. El colectivo llega vacío y ocupa todos sus asientos y pasillos en tan solo una estación. El colectivero rezonga con la máquina de boletos que justo ahora empieza a fallar, la gente empuja desde abajo.
La feria ha quedado vacía, las calles se hacen oscuras y tenebrosas, sólo quedan algunos feriantes que se encargan de asegurar los portones para que nadie entre al lugar antes del sábado cuando reabra.

Mixtura de realidades

Grandes ventanales separan el interior de las plataformas de llegada. Todo trascurre puertas adentro. La estación de Bariloche está perfectamente preparada para albergar personas de cualquier procedencia, cada cartel indicador, menú o folleto se repite varias veces en distintos idiomas.
Hay un gran hall de espera lleno de sillas, enfrentado a las ventanillas expendedoras de boletos. A un lado de los asientos hay un bar con limitadas ofertas de comida y bebidas. Del otro, un quiosco bastante completo, con revistas de todo el mundo. Un stan rústico, especialmente dispuesto, en el centro de las sillas, con folletos de cabañas, restaurantes y demás lugares para turistas, completa el cuadro.
Son las 9 de la mañana. La escarcha de la mañana se mantiene en el suelo, el asfalto brilla y los charcos tienen una fina capa de hielo en su superficie que se rompe al ser pisada. Desde las 6 que no paran de entrar colectivos. Descargan al menos cuarenta personas por unidad. Todos los pasajeros bajan desorbitados, lo primero que miran es el lago y luego se van a buscar los bolsos. No hay uno que al salir del micro no se abroche el cuello de la campera y estire los brazos.
El viento sopla desde el lago, que esta picado y gris, igual que el cielo. La nevada esta al caer, ninguno de los recién llegados se queja del clima, sólo los que están trabajando.

- Me tiene podrido, hace dos semanas que no veo el sol. El otro día por llevar a una vieja al cerro casi me mato con un manchón de hielo- me dice un taxista, de unos 60 años, que se acerca a hablar sin que lo llame.
Está abrigado con guantes de cuero, una boina hasta las orejas y un sobretodo de tela de avión cruzado, con botones dorados. No para de tiritar y tirar vapor por la boca como remarcando el frío que padece.
- Y bueno hombre, aunque sea hay más laburo- le digo en tono apaciguador.
- No me vengas con eso. Yo cobro lo mismo un viaje ahora que en verano, la distancia es la misma. Pero te juro que en cada viaje dejo años de vida, es estresante.
- ¿Hace mucho que vive acá?
- Me vine hace 10 años, pero no me puedo acostumbrar. La verdad es que económicamente no la paso mal, tampoco bien no te creas. Pero hago una vida de oso, que es imposible de aguantar.
-¿De dónde es?
-De Santa Fe, yo soy hombre de río. No me vengas con esta agua helada que esta sólo para mirarla.

De los recién llegados, la mayoría son turistas, los motivos del viaje pueden observarse en sus vestimentas y pertenencias. Están los que vienen a esquiar, equipados sofisticadamente, con bolsos del tamaño de tablas de esquí (mayoritariamente de snowboard) y botas que les permitirían dormir parados.
También se ven los mochileros, que no varían sus ropas de acuerdo a la estación sino que las multiplican. Se ponen los mismos puloveres de lana y babuchas, pero para no sentir frío se ponen dos de cada uno. A simple vista parecerían inmunes a la temperatura, pero al ver el grosor de sus cuerpos se nota la razón por la cual no sienten nada.
Otro grupo de pasajeros son los estudiantes que están afuera y que regresan para las vacaciones. Éstos no se caracterizan por sus ropas, sino por ser los únicos que son recibidos por un batallón de personas (familiares, amigos).
El viento sopla cada vez más fuerte, todos se apuran a subirse a algún móvil para abandonar la estación. El edificio está emplazado en un gran descampado, cuyo único resguardo es una flaca hilera de álamos que ya están doblados de tanto soportar el viento.
Los taxistas se agolpan para ganar pasajeros, un viaje básico implica al menos recorrer los cinco kilómetros que separan a la estación del centro de la ciudad. La otra opción es el colectivo de línea que tiene su terminal allí.
Otra vez los hechos marcan una distinción entre los perfiles de los turistas. Los esquiadores son los primeros en abordar los taxis, mientras que los mochileros se acurrucan como pueden para resguardarse del frío en las desprotegidas casuchas que sirven de paradas de micro.
Una vez que se dispersan, la estación descansa pero sólo por un tiempo limitado. En seguida está por arribar una nueva tanda de turistas.

- La verdad es que no se adonde meten a tanta gente- afirma el encargado del buffet.
- ¿Todos los días es así?- pregunto ya sabiendo la respuesta.
- Si, desde que empezaron las vacaciones de Buenos Aires. Pero lo raro es que los bondis que salen no se llevan a nadie. La ciudad está que explota.
- ¿Te molesta la situación?- pregunto aún sorprendido por las declaraciones del taxista.
- Para nada, yo los veo solamente acá. Después me meto en mi casa y no cruzo a nadie, allá en el alto no hay muchas visitas guiadas, viste- suelta una carcajada que no se condice con la situación.

El paisaje vacío no es tan acogedor como hace diez minutos atrás. El lugar es bastante desolador. La estación esta ubicada a las afueras de la ciudad, donde comienza la estepa patagónica, por lo que la vegetación que predomina son los arbustos achaparrados.
El contraste es notable, por un lado esta el enorme edificio que alberga a los turistas, equipado para que la recepción sea lo más grata posible. A tan sólo veinte metros de distancia están los restos de la estación terminal del tren que recorre la línea sur. Presa de un notable abandono, las paredes de granito se caen a pedazos y las boleterías están selladas con tablas del lado de adentro.
El tren aún une las localidades de Bariloche con la de Viedma, pasando por parajes aislados como Pilcaniyeu, Ñorquinco, Maquinchau. Todos ellos con baja densidad de población.
La máquina estacionada frente a las enormes murallas de granito -que la ocultan de la visión de los que arriban a la terminal de ómnibus- llama la atención.
Un hombre enfundado orgullosamente en su uniforme de guarda camina y fuma por los andenes. No hay nadie en la terminal pero él patrulla igual. Un espeso bigote cae sobre su boca, tapando por completo su labio superior. De la cara solo se ven los ojos, tiene la gorra del uniforme hundida hasta las orejas y una bufanda que le cubre de la pera para abajo.

- Discúlpeme, ¿no me podría decir de qué año son estos trenes?- voy al grano porque el clima no se presta para entablar una distendida conversación.
- Uf, estos los mandaron de Buenos Aires. Los compró Massachessi, no se en que matufia. Eran las máquinas del ferrocarril Roca, pero como ya no andaban las mandaron para acá.
- Pero, acá ¿cuántos kilómetros recorren?- pregunto ya sabiendo la respuesta.
- Son como 800 o más, si tarda como 14 horas en llegar. Siempre les pasa algo- el guarda se saca el cigarrillo de la boca solamente para hablarme.
- ¿Hubo algún accidente grave?
- No, por suerte no pero es cuestión de esperar. Por ahí fallan los frenos, pero como estamos en medio de la Patagonia hay todo un trecho para pararlo.

Vuelvo caminando por los andenes hacia las plataformas de colectivos –están a tan sólo una alameda de distancia- y noto que una nueva formación de ómnibus llegó. El paisaje es el mismo, la gente actúa uniformemente y repite inconscientemente los movimientos del grupo que ya hace media hora ha abandonado el lugar.
Un hombre meditabundo, sentado en el suelo, a la intemperie, llama mi atención. Tiene una espesa barba, un gorro de lana y se arropa con una frazada que tapa todo su cuerpo. Tres perros se acuestan a su alrededor.
Es lo más parecido a un vagabundo que vi por aquí, no suelen haber demasiados, primero porque el frío no les hace la vida fácil y segundo porque el personal de la estación no los deja mendigar en el interior de la misma.
Me acerco a hablarle y abre un ojo somnoliento, me ve pero igual lo vuelve a cerrar. Me llama la atención que no pida, la gente pasa a su lado y él no se preocupa en estirar la mano. Llego a dudar si es un mendigo o no.

- Señor, hace un rato que lo observo. ¿Se siente bien?- no sabía como acercarme a romper el hielo y no se me ocurrió pregunta más original.
- Si, por- respondió cortante y molesto por haber sido interrumpido en su sueño.
- Me pareció que estaba con frío, ¿por qué no me acompaña adentro?
- No, gracias. Ya me canse de que me echaran.
- Tengo una duda, ¿cómo hace para dormir acá?
- ¿Quién le dijo que duermo acá?, estoy esperando que me pasen a buscar en una chata porque vamos a ir a desmalezar un terreno al barrio las Victorias.
- A bueno, disculpe- mire a mi alrededor, nadie me había escuchado. Me apuré en alejarme.

La gente se empezaba a dispersar nuevamente. El mediodía se acercaba, pero si no fuese por el reloj no había forma de averiguarlo. El cielo seguía gris -quizás más que a las nueve de la mañana- y el viento había cesado, eran todos indicios de nevada.
Los sectores de sombra detrás de los edificios aún seguían congelados por la escarcha matinal, muchos desprevenidos resbalaban y caían al suelo. Un taxista tomando mate apoyado en el capot de su auto, se entretenía observando los golpes de los demás.
Caminando cuidadosamente me pongo en la fila para esperar el colectivo que me sacará como a tantos otros de la estación de colectivos de San Carlos de Bariloche.

La Plata sin sombra

Son las doce de la noche del sábado, la calle acaba de cambiar de manos, durante el lapso que tarde el sol en reaparecer la ciudad queda a merced de los más jóvenes.
Todavía es el período de recambio, las calles aparecen escasamente iluminadas, los negocios cerrados con la excepción de unos pocos almacenes enrejados con una ventanilla abierta por donde sólo cabe una botella. No hay ruidos ni autos. Los barrios alejados del centro permanecerán así por todo lo que dure la noche, los polos de atracción serán plazas, las adyacencias de bares y boliches.
Nada se mueve hasta después de las doce, todos respetan el horario. Antes es hora de cena, algún programa de televisión o evento cultural (cine, teatro o recitales). Recién entonces, la ciudad empieza a transformarse en la panacea de cualquier noctámbulo.
Los hábitos y costumbres varían de acuerdo al grupo al cual se pertenezca. Sin embargo, se detectan rituales extrañamente similares por más que no haya contacto entre ellos.
El alcohol es un compañero de todos por igual, la diferencia radica en el espacio que se le dedica al ritual de compartir la bebida (que tampoco suele ser la misma) y el tiempo. Por un lado, están los que brindan en sus casas o departamentos, suelen ser estudiantes del interior que tienen la suerte de poder juntarse bajo techo. Por el otro, están los que directamente toman en plazas, por falta de alternativa o porque adoptan el espacio como un lugar de reunión.
Los tipos de bebida también cambian en relación a los hábitos, en una lugar abierto se opta por el efecto rápido, el rendimiento óptimo y el valor reducido, consumiéndose preferentemente vinos de escasa calidad. Se descarta la cerveza por el frío y los cócteles extraños por la poca practicidad del banco de madera para prepararlos.
Si se está bajo techo, cambia la concepción temporal y el tipo de bebida. La diferencia esta marcada por elementos invisibles para la luz del día pero imprescindibles para una reunión social nocturna; en orden de importancia estos son: heladera, vasos, sillas y mesa (si uno es ambicioso puede agregar bienes suntuarios como podrían ser hielo y frutas, pero vamos a remitirnos a lo mínimo indispensable). A partir de estos, ya se puede pensar en bebidas más elaboradas.

Utilización planificada del espacio y el horario:

Elegir el punto de reunión se presenta como todo un tema a debatir. La elección no será simple y los argumentos varían de acuerdo a las situaciones anteriormente descriptas.
Los que escojan la calle como lugar de encuentro suelen distribuirse en lugares abiertos como plazas y ramblas (en las veredas cerca de puertas de casas no suelen ser muy bienvenidos). Presentando un paisaje casi de postal todos los sábados por la noche.
Los lugares no son elegidos al azar. A partir de la ley seca, que prohíbe la venta de alcohol sin habilitación en quioscos luego de las once de la noche, los jóvenes piensan bastante antes de elegir las plazas. La misma deberá estar estratégicamente situada, teniendo como puntos de referencia, el expendio de alcohol y el bar o boliche a donde se va a ir más tarde.
Lo mismo pasará con los departamentos, si se puede optar entre varios se elegirá al que este más cerca de los puntos de referencia mencionados.
Los tiempos de salida dependerán del sitio al que se concurra y de los hábitos de los involucrados. Si bien todos se reúnen a horas similares (alrededor de las 12), el que elija una plaza tendrá necesariamente que pisar las calles más temprano que los que se junten en un departamento. Estos podrán ir directamente al bar o boliche sin paradas previas.
Los que prefieran un boliche tendrán que esperar a las tres o cuatro de la mañana, hora en que todos acuerdan implícitamente en ir. Los lugares abiertos no suelen ser recomendables como lugares de estadía si hay que esperar hasta tan tarde (es muy difícil bailar con el cuerpo entumecido). Por este motivo, los habitúes de boliches prefieren -no les queda otra- los espacios cerrados para las reuniones.
Existe otra alternativa, los bares, que al ser gratuitos permiten la entrada y salida durante toda la noche. Estos lugares funcionarán como complemento de las plazas. En esta opción ya no hay horario de ingreso sino una vorágine espacio-temporal que dura toda la noche, sin más límites ni restricciones que las propias.

Recorriendo la ciudad:

Empezando por la calle 40 (siempre situándonos en el eje imaginario que trazan las calles 7 a 9) nos encontramos en seguida con un boliche llamado el Estudio. Pasando por la puerta a las 12 notamos que todos sus miembros de seguridad están afuera conversando tranquilamente entre ellos. Nada pasa, nada se mueve, están sumergidos en una inmensa espera.

- ¿Puedo entrar, cuánto sale?
- ¿A esta hora?, si querés pasar, pasa, es gratis. Pero mira que adentro vas a estar solo, ni la barra esta abierta a esta hora.
- ¿Y gente?
- Recién caen a eso de las 3, así que te vas a comer un embole bárbaro adentro, pero hacé como quieras.

Si bien todo lo que es gratis resulta tentador, aquí se daba la excepción, la oferta no atraía a nadie. Decido proseguir mi camino
A tan sólo una cuadra y media del lugar hay un complejo de bares (tres enfrentados entre sí) conocido como La Placita. Aquí se amontonan jóvenes de todas las edades. Muchos de ellos, con sus camisas prolijamente arregladas, están haciendo tiempo para luego ir a otro lugar.
Se observan aquí grupos de lo más diversos, desde fanáticos de las motos amontonados alrededor de sus vehículos, hasta malabaristas que festejan con lo recaudado en el semáforo por la tarde. Todos conviven en armonía, comparten el lugar sin superponerse.
La música se escucha desde uno de los bares, está en el ambiente nadie se queja, tampoco se la atiende con detenimiento. De repente, en la esquina aparece un auto “tuneado”. Es un Golf rojo con los vidrios polarizados, la luz que despiden sus resplandecientes llantas, sumadas al volumen de la música del interior, lo convierten en una especie de boliche ambulante. Estaciona frente a la plaza y descienden tres pasajeros con cerveza, el vehículo se apodera de la escena.
Ya no hay más bar, motos ni malabaristas, es este auto rojo con un interior que contrasta por su magnificencia con la ordinaria cumbia que despiden sus parlantes. Un grupo de muchachos adoradores de los ’60, empiezan a mirar mal a los tres tripulantes del “bolichemóvil”. El clima ya no es el mismo, la cordialidad se transforma en tensa coexistencia, es hora de seguir la recorrida.
Siguiendo por calle 8, doblando por diagonal 74, se encuentra otro grupo de bares. Aquí el auto rojo no causaría sensación. A diferencia del Estudio, es más difícil diferenciar al de seguridad del que no lo es, todos tienen un tamaño importante. Las mujeres bien podrían haber sido sacadas de la tapa de alguna revista, todos/as están muy arreglados. Los muchachos se mueven en grupos de no menos de cinco, no se ven muy predispuestos a hacer nuevas amistades, se cierran en su círculo (cual formación de rugby) y hablan con códigos difíciles de manejar. La única relación que guardan con el de al lado es el de estar antes o después en la largo cola para entrar al bar. Nada que hacer, no hay alrededores, todo sucede puertas adentro.

-Disculpame, ¿sabes cuanto sale la entrada?- pregunto, casi susurrando, a uno de los más grandes, que me intimida con su porte.
-¿Tenés “flyer”?
- No, es la primera vez que vengo.
- Entonces 10 pesos.
- Pero, ¿te dan algo con eso?
- Si, una lata de cerveza. En realidad te conviene ir a calle 8 y buscar un “flyer”, con eso te va a salir 5.
- Bueno gracias, voy a hacer eso.

La peatonal a estas horas es desoladora, todo oscuro, persianas cerradas con graffitis pintados, no hay vidrieras ni gente, las veredas están llenas de bolsas de basura desparramadas. Un lugar que de día es de paseo ahora es de transito. Lo último que se puede encontrar a esta hora son “flyers”, cualquier cosa menos eso.
Abandonando la peatonal, pero siguiendo por calle 8 está Almendra, un bar para mayores de 25, no hay movimiento en las veredas. Los autos estacionados en la puerta no tienen desperdicio, si se cobrara entrada estaríamos ante la exposición de la Rural pero en La Plata.
Son las tres de la mañana, ya la gente ha ganado las calles. Avanzando por calle 7 se ve gran movimiento, los semáforos dejan de ser respetados y una de las arterias principales de la ciudad se transforma en una gran pista de carreras. En 46 se llega al bar el Rectorado. La situación aquí es similar a la del anterior, gente producida pero menos puesta en escena. La muchedumbre se acumula en la esquina del bar y no ingresa, esperan que pase el tiempo, charlan y se divierten.
La gente se empieza a amontonar en la vereda, no hay cola, simplemente están parados afuera, no esperan entrar. Todos juegan con su celular; quien no lo hace deja bien en evidencia (colocándolo en un lugar visible del cuerpo, preferentemente estuche en cinturones) que no es porque no lo tenga sino porque ahora no quiere.

- ¿Cobran entrada acá?- le pregunto a una chica cuyo escote me dificulta mucho mirarla a la cara, situación que percibe al instante.
- No, es gratis.
- Ah, yo pensé… porque como están todos acá afuera…esperando- para que insistir, la conversación había terminado antes de empezar.

Desde la puerta del Rectorado hasta el próximo bar se pasa por una zona de las que se podrían denominar tranquilas dentro del alboroto nocturno. Recién en calle 59 entre 6 y 7 se encuentra Buckowski.
Son las cuatro de la mañana y ya la concurrencia es masiva, el lugar esta a mitad de cuadra y la cola de varones llega hasta la esquina. Las mujeres entran por la izquierda del vallado. Los patovicas dejan bien en claro las normas del lugar y no pierden oportunidad de repetirlo con no muy buenos modales. La espera para ingresar es larga por lo que los jóvenes se inquietan, a la demora se le suma el hecho de que ciertos invitados “vip” ingresen por la cola de mujeres.
Es el primer momento de la noche en que se ven los ánimos realmente caldeados. La cola en conjunto rezonga, la injusticia le llega a todos por igual y no están dispuestos a soportarla. La charla se generaliza, por suerte el tema no llega a mayores y los perseverantes entran. Un grupo, el que estaba más cerca de la esquina, se retira refunfuñando hacia el pool de la vuelta.
Las cuatro de la mañana en plaza Rocha, los quioscos siguen abiertos, trabajando a toda máquina. Los grupos asentados en los bancos de madera terminan por desechar la hipótesis de que la plaza es un intervalo previo para ir a otro lugar. Los jóvenes se instalan para quedarse, un grupo toma vino blanco de cartón y conversa a los gritos.
Se escuchan anécdotas de todo tipo, hazañas increíbles, fábulas de ciudad, es un reino de la fantasía. Todos escuchan y simulan creer. Ya no se ven envases de vidrio de cerveza, como en los bares del centro, ahora predominan las botellas de Switty lima limón cortadas por la mitad.
Dentro de la plaza, en el puesto de panchos, la gente se amontona para ordenar, milanesas, hamburguesas, choripanes. Asusta ver la liviandad con que se dispone de los condimentos, el cuerpo se cobrará revancha el domingo.
A media cuadra de la plaza por diagonal esta Flamingo. Si sorprendía ver la variedad de personas de los alrededores de la Placita era porque todavía no se había llegado aquí.
Un malabarista con fuego animando a un grupo de amigos sobre la esquina de enfrente al local, una mesera tratando de hacerle entender a un borracho que si quería vomitar lo más apropiado era que saliera y si quería después volvía, razonamiento que el entrado en copas se resistía a entender, devolviendo en plena puerta.
El bar da a una pequeña rotonda con el monumento a la “noche de los lápices” en el medio. A su lado un hombre asaba unos chorizos en una parrilla sobre un changuito de supermercado. El fuego estaba en el suelo y cada tanto echaba brasas en el interior del chango revestido con un chapón.

- A dos pesos el chori, recién hecho. Para bajar la birra y la lija.

A las seis y media, la noche aparentaba finalizada, pero la vida de la urbe no deja de sorprender. Luego de adherir a la atractiva consigna y consumir uno de los poderosos chorizos salidos del carro del “Norte”, era hora de ir al After Hour.
El lugar se llama Fahrenheit 565, queda en 46 entre 7 y 8 y su fachada es extraña. Esta cubierto por vidrios que dan a la calle, pero estos en vez de hacerlo luminoso lo oscurecen. Están tapados por una lámina gruesa de color negro que, sumada a la transpiración del interior, no permite ver desde afuera. Desde la esquina (el lugar esta a mitad de cuadra) se siente la música, es electrónica. Al llegar a la puerta parece que se ha viajado por el tiempo, no un viaje de los que nos proponían en “volver al futuro” sino un simple regreso de tres horas. La fiesta recién empieza y son las siete y media de la mañana.
En la vereda no hay autos, sólo un par lujosos, el patovica de la puerta los vigila cautelosamente, no mira para adentro. Todo es diferente, en el ambiente hay un clima extraño.
Un grupo de chicos espera para ingresar, pero a diferencia de lo que pasó en Buckowski no les importa esperar, nadie se preocupa por la hora, no miran al de al lado, no abunda el diálogo.
Aparatosos lentes de sol tapan media cara de uno de ellos, parece que eso no llama la atención sino más bien todo lo contrario, es normal.
La gente entra pero no sale, ya son las ocho y la agitación esta lejos de aflojar. El patovica sigue allí impávido, sólo se inclina para saludar a los recién llegados como si los conociera. Parece que va a seguir por mucho tiempo más.
Me acerco a hablar con uno de los chicos de la cola, pero desisto de la idea. La noche terminó, la próxima parada es la de colectivos.
Espero el 202, que nunca llega cuando se esta apurado o cansado. Una situación se repite, hay que hacer cola, aunque ahora esta cambia de color. Ya no son jóvenes ansiosos y descontrolados por entrar a bailar, sino inocentes niños esperando llegar a su cama para poder descansar unas horas y recomenzar la semana.

El aula está especialmente ruidosa ese lunes, una persona desconocida entra por la puerta y se acomoda al frente de los alumnos pero nadie lo observa. Mueve una de las sillas y se sienta al lado de los ayudantes, muy callado, pasa inadvertido.
Permanece allí mientras la gente se acomoda, observa al derredor y cuando ya las miradas se empiezan a concentrar en su figura llega el momento de aclarar: soy Mario Bandin, jugador de ruleta profesional y vengo a contarles mi historia.
Es un hombre de pelo y bigotes canosos, de unos sesenta años que se conserva en plena forma. Viste correctamente pero con ciertos detalles de elegancia que lo destacan de una simple persona que cuida las apariencias. Un pañuelo asoma tres puntas del bolsillo superior del saco. Los zapatos lustrados relampaguean desde la bocamanga de su pantalón gris, los botones dorados de la chaqueta azul oscura le responden con brillos intermitentes. Se para al frente del escritorio y empieza a hablar.
- Juego a la ruleta, o en el paño como le decimos nosotros, desde que era un niño, también me gustan las cartas, el punto y banca es mi favorito y el más difícil. Me gustan aquellos que puedo dominar no como el bingo donde las bolas pueden estar trucadas y uno no tiene la forma de enterarse, no las controla y no hay estrategias que se puedan seguir.

Es un orador preparado, no le asusta tener una audiencia de cincuenta personas expectantes y cautivas por sus palabras. Se mueve como pez en el agua y sabe como captar la atención de sus interlocutores. No se traba ni tartamudea, sólo se balancea sobre sus talones con las manos en los bolsillos del pantalón.
- La ruleta tiene ciertos misterios para destacar, como por ejemplo, sabían que la sumatoria de todos los números del paño, desde el uno al treinta y seis, da 666, saben qué significa ese número…
La audiencia tarda en contestar y cuando lo hace ni se acerca al eje de la cuestión.
- El diablo…
- La mala suerte…
- El número de la bestia- interrumpe Bandín al ver que están lejos de atinar-, el cero es dios, nadie nombra a dios porque sale el cero. Es extraño pero es así, el paño tiene ese aire místico extraño. Todo el mundo tiene cábalas y amuletos, yo si veo un pájaro blanco sé que voy a ganar, no voy a una mesa donde hay un rengo o viejas, trato de entrar con el pie derecho al casino, el siete para mí es mortal, si veo una patente terminada en doble siete no voy al casino; tambien tengo una moneda, que es un pase privado para un casino VIP de Aruba que me regalaron, la uso de amuleto y la llevo a todos lados conmigo.
También tomo precauciones como no ir a mesas donde estén jugando gitanos o chinos porque se juegan todos y siempre los quieren reventar, así que si da la casualidad que justo caíste en una mesa con ellos es probable que te revienten a vos también.
Otra cosa que parece un mito pero que realmente funciona es la suerte de principiante, yo siempre trato de ir con alguien que vaya al casino por primera vez.

Una incógnita que surge casi automáticamente a la hora de hablar de apuestas y casinos es el límite entre la diversión, la compulsión y el “profesionalismo”, como le llama Bandin. Está dentro del imaginario popular que quién se mete en terrenos escabrosos como el alcohol, las drogas o el juego está en un camino sin retorno y la misma vorágine del vicio los lleva a la perdición.
- Hay que saber retirarse a tiempo, ahí está la clave. Siempre son cinco minutos, o cinco pases donde se gana lo máximo de la noche, el resto del tiempo se pierde, así funciona el Casino. Hay que tener un sistema y conducta -fórmula que será repetida y remarcada por el orador varias veces a lo largo de la charla- para aprovechar esos cinco minutos, si te quedás por entusiasmo gana el Casino.
Hay varias técnicas para ganar, yo escribí un libro sobre apuestas que, teniendo como base veinticuatro números, hay una posibilidad de noventa por ciento de efectividad a la hora de jugar. También se puede jugar de a dos, donde uno elige y pierde y el otro hace las apuestas fuertes, el que elige permanece mientras que el otro juega aisladamente, transformándose en banca y recuperando lo que el otro arriesga.
El jugador profesional no mezcla ni mujeres, ni alcohol, ni drogas, va a ganar. Hace poco una chica me desconcentró, perdí de vista mi estrategia y perdí un montón de plata.

El discurso suena muy creíble y convincente pero, cómo hacer para actuar tan fría y calculadoramente cuando de dinero se trata.
- Uno no juega con plata, juega con fichas para no visualizar lo que se pierde. Yo en un para de años perdí un millón de dólares. Se sale seco, hay veces que no podés comprar una coca de dos pesos y acabas de dejare cien de propina. Los valores se desdibujan y si se tiene paciencia dos pesos pueden ser de mucha utilidad. Hace tres meses estaba seco, me quedaban sólo dos pesos y me puse a jugar a la maquinita hasta llegar a los cien, después me fui a la rula y esa noche terminé saliendo con ocho mil. Todo es cuestión de paciencia y saber aprovechar esos cinco minutos que les mencioné, yo me he pasado veinticuatro horas adentro de un casino.
La timba es una cosa muy seria, no es joda, hay gente que se hace el mes ahí adentro. Por ejemplo, en ciertas horas van sólo tipos que estudian la ruleta juegan una vez, ganan su billete y se van hechos. Esos se los ve todos los días, pero no se envician, juegan para ganara y mantenerse, les aseguro que se puede si se tiene conducta. Eso sí, si perdés, tenés que irte, no insistir más porque ahí se te va todo a cualquier lado y gana el casino. Tenés que tener la cabeza lo suficientemente fría como para decir: mañana será otro día. Cuesta, pero no es imposible.

Bandin es un tipo de mundo, se le nota en la cara y en la labia, conoce el tema sobre el que se explaya y no hay resquicio por el que se le pueda hacer surgir una duda o incertidumbre, es un hombre muy confiado en sí mismo.
El mundo del azar, no obstante, es un terreno inestable sobre el que es difícil estar parado y donde las seguridades no abundan. Se tiene que estar acostumbrado a vivir de a rachas, como a bordo de una ola que necesariamente va a caer pero que es cuestión de tiempo para que se forme otra. El jugador profesional debe reconocer esta realidad y prepararse para perder cuando la racha sea adversa. Bandin reconoce haber perdido más de una vez pero desde que aplica su táctica -que se resiste a compartir- es más lo que gana de lo que pierde. Yo con mi estrategia puedo ganar tranquilo dos mil pesos por día, calculen que en un mes eso significa sesenta mil, si fuera constante.
En un mundo tan inestable e impredecible como el de “la timba”, las anécdotas aparecen sin buscarlas, están ahí, en cada casino de pueblo y, en el caso de un jugador de toda la vida, en cada recuerdo del pasado.
Bandin se acomoda la tira de sus anteojos ahumados -que no son de los que se venden por diez pesos en los quioscos de Constitución- sobre su camisa tan blanca que serviría para una campaña de jabón Ace y se prepara para hablar con entusiasmo.
- En la década del ’60 yo no tenía un mango y le pedí a un amigo que me prestara guita, al menos unos mangos para salir a tomar algo. El tipo me respondió que mejor me iba a pasar una fija: la carrera en la que corría un caballo que era de Cacaotero, el dueño de los casinos de Buenos Aires. No podía perder, estaba todo arreglado para que pague un vagón de plata. Yo tenía dieciocho años y no trabajaba, así que le robé a mi viejo la recaudación de tres días de negocio -eran sesenta mil pesos de aquella época, algo así como treinta mil actuales- y me mandé para La Plata. Gané cuatro bolsas de consorcio llenas de guita, imagínense que viví todo un año de derroche, me compré un departamento y un auto cero kilómetro. El quilombo que se me armó cuando llegué a casa, mi viejo me agarró a trompadas y me echó de la casa. Yo aprendí a jugar de chico porque mis viejos y mis hermanos también jugaban, no profesionalmente como yo pero jugaban.
Yo heredé ese amor por el juego de mis viejos, nada más que lo perfeccioné un poco. Mi papá una vez soñó con el cinco y se levantó sobresaltado a las doce de la noche, llamó a mi mamá y se fueron a Mar del Plata, pudieron jugar las últimas tres bolas y ganaron. Mi viejo ha llegado a tirar las llaves del auto al paño y perderlo o sea que sabía lo que era el juego y sus consecuencias cuando me agarró a trompadas aquella vez.

- Otra que me pasó, para que vean que así como se gana se pierde pero que el juego siempre da revancha, fue en Tacuarembó. Yo había ido a cobrar cinco mil pesos oro por un trabajo, me fui a Montevideo a jugar y me quedé seco, imagínense que la apuesta mínima del casino era de dos pesos y a mí me quedaba solamente uno. Me encontré con otro que estaba igual que yo, con un peso en la mano, mi desgracia era el siete y la de él el ocho así que las sumamos y le jugamos un pleno al quince, ganamos. Estábamos contentísimos cada uno por su camino, el viejo siguió ganando y yo me volví a secar así que el tipo me prestó unos pesos -hay un código entre apostadores de cubrir al que se quedó seco y antes te dio una mano- pero los volví a perder.
Me fui caminando hasta la estación porque no tenía ni para el colectivo, le vendí el pasaje a una señora desesperada por viajar y me compré otro para otro horario, volví al casino y perdí de vuelta. Me fui hasta Colonia y me registré en un hotel sin tener plata para pagar, le tuve que vender un saco que tenía, muy bonito, a un camarero. Cuando estaba en el bar de la recepción escucho a tres tipos que se quejaban porque les había fallado el cuarto para el poker, en seguida me prendí. Terminé volviendo a la Argentina con veintidós mil pesos en el bolsillo.
Yo aclaro que, a pesar de que en ese momento no me controlé, no llego nunca a perder la cabeza. Cuando uno juega tiene que tener siempre un resto en su casa, no jugar cosas vitales, esa es la diferencia entre el profesional y el compulsivo. Yo, por ejemplo, nunca he tenido deudas de juego porque me estaría jugando el honor si pido plata prestada para jugar y no para vivir.

- Vieron lo que les dije de cubrir al que se quedó seco, bueno, una vez en Aruba un tipo estaba jugando al Black Jack y perdía hasta que llegó el momento en el que si o sí le iba a salir la carta para ganar pero ya no tenía crédito para cubrir la apuesta asi que le presté tres mil dólares para que haga la apuesta. Terminó ganando. Esa misma noche me vino a buscar a las tres de la mañana al hotel para invitarme a Las Vegas en su avión particular, resultó ser el dueño del banco Unión de Caracas y estar lleno de guita.

- Otra anécdota fue en Tucumán cuando me quedé seco y tuve que llamar a un amigo que me mande plata para el pasaje en avión. El tipo se tomó un avión y me fue a buscar porque sabía que si me mandaba plata yo me la iba a terminar jugando.

Bandin es conciente que entró en contradicción con su antiguo lema de no jugar con el dinero prestado y no pedir para jugar, antes que nadie se lo aclare subraya por enésima vez su lema de no apostar cosas vitales.
- Tuve cuatro Rolex President, que cuestan algo así como veinte mil dólares. Todos ellos terminaron en casas de empeño o directamente en casinos. Total yo se que cuando vuelva a ganar me los puedo comprar, pero nunca jugaría una casa como he visto que hacen algunos en las timbas. Yo juego por plata, voy a ganar, me invitan a torneos e todo el mundo. Conozco todos los casinos de América Latina, los pocos de EEUU y algunos de Europa como el de Mónaco.
Yo cuando juego lo disfruto, gane o pierda, mi papá decía: “El que juega por necesidad pierde por obligación”.

Las miradas clavadas sobre su persona, los ojos desorbitados, incrédulos y sorprendidos, despiertan a Bandin ensimismado en su mundo de anécdotas. No quiere que lo vean como a un personaje extraño, simplemente como a un hombre de mundo que tiene mucho para compartir y que a pesar de tener un hobby que no es bien visto socialmente, no deja de ser alguien como cualquier otro.
Se ve en la necesidad de dar algunos datos sobre su vida privada, a pesar de aclarar que no se va a detener demasiado en detalles ya que no va al eje de la charla: “la vida de un jugador de ruleta profesional”.
- Yo en mi vida he hecho de todo, me entienden a qué me refiero, me case cuatro veces, viví al límite. No soy un bicho raro, simplemente que ahora lo único que me da placer son los casinos, los ruidos, los olores, me pueden. Es una filosofía de vida, la noche – fíjense el color verde de mi piel-, deambular por lugares desconocidos. Por ejemplo una vez fui a Cucuta, Colombia, por cuestiones de trabajo. No se imaginan lo que es eso, es tierra de nadie, todo lo malo que se puedan imaginar esta ahí. Se venden armas -de todos los calibres- en la calle, ni hablar de drogas o prostitución infantil que son moneda corriente. En esa ciudad fui al casino y gané bastante plata, como estaba lindo afuera me fui cvaminando al hotel. No se imaginan el escándalo que se armó cuando llegué, los empleados me tocaban para ver si estaba vivo, no lo podían creer, son las inconciencias que haces por no saber donde estas parado.
Otras actividades clásicas como el cine o el teatro me aburren, la adrenalina del desafío es lo que me puede, es inexplicable, es el hecho de jugar.
Yo desde los ocho años que considero estar viviendo gratis. A partir de ahí me han pasado cosas que han puesto en riesgo mi vida, me creo un tipo especial y no quiero que se tome como que lo digo de un modo soberbio sino simplemente porque lo siento así.

A pesar de que las preguntas apuntan a sacar datos personales (la eterna indiscreción del ser humano) como por ejemplo qué auto tiene, de qué trabaja, cómo divide su tiempo entre la timba y el trabajo, qué opinan sus mujeres de que sea un aficionado a la ruleta; Bandin se las ingenia para llevar la charla por donde el quiere, al terreno que más le place. Aclara por enésima vez que el motivo de la charla es la actividad como jugador profesional y no su vida privada.

- Les repito que la fórmula para ganar a la ruleta es tener un sistema y conducta, con esos dos elementos siempre presentes se le puede ganar al casino, si no es muy difícil. Si a esto le sumamos el pálpito del jugador, es muy probable que uno termine saliendo con plata en el bolsillo. El pálpito es algo que tiene el jugador, se siente, uno entra y sabe que esa noche se lleva el casino entero sin quiere, se sienten los números. No se aprende en ninguna escuela, se logra luego de muchos años de mirar el paño, estudiar los tiros y, por sobre todas las cosas mirar al crupier con detenimiento. Hay que fijarse cómo tira el tipo para ver cuantas vueltas va a dar la pelota antes de chocar con los diamantes y caer. Así uno calcula a qué altura va a estar el número ganador y le juega, los crupieres siempre tiran igual con la misma fuerza, no es difícil verle la mano.
Igual hay ciertos números que son salidores siempre y que uno, si quiere jugar a seguro, los tiene que tener en cuenta. El cinco, el cero, el ocho, el diez, por decir sólo algunos.
Hay formas de jugar en las que no se puede perder, por ejemplo, si uno lleva ciento ochenta pesos y juega fichas de a cinco pesos a pleno a un número, tiene treinta y seis apuestas para hacer. En esos pases tiene que salir el número sino sería un aborto de la naturaleza, por lo que como mínimo uno se lleva treinta pesos de ganancia, suponiendo que gane en el último tiro, si gana antes mucho mejor se lleva mucho más de lo que perdió.

La explicación oral le suena algo escueta así que agarra una tiza y esboza un garabato en el pizarrón. Luego de varios intentos logra dar con una especie de paño de ruleta, allí distribuye sus fichas imaginarias para explicar estrategias de juego.
Agarra la tiza con la punta de los dedos y se acerca lo menos posible al pizarrón. Escribe con el brazo extendido, como si el pizarrón lo fuera a quemar si se aproxima más de lo previsto. Luego de escribir se limpia cuidadosamente los dedos y pro sigue con su discurso.

- Igual les aclaro que la que esta acá dibujada no es mi táctica, la mía sólo la se yo y mi hija, a la que también le gusta jugar y tuve que enseñarle algunos trucos. Por suerte a ella también le gusta el paño porque en realidad los otros juegos no dependen de uno. Por ejemplo las maquinitas son muy engañosas, las cartas me despiertan sospechas, acá en la Argentina no se puede ganar al Black Jack, en otros lados por ahí te tiran un veintiuno pero acá siempre gana la banca, no se por qué.
Yo tengo en cuenta todo antes de sentarme en un lugar a jugar, soy muy susceptible con los tratos, me fijo adonde voy a jugar, a los casinos municipales como el de Mar del Plata, por ejemplo, no se puede ir. Hacen todo lo posible para que pierdas y te vayas. Da para que desconfíes, cuando puedan te van a reventar. En el casino privado, en cambio, te regalan cosas, pavadas como ceniceros, lapiceras, te sirven tragos gratis porque quieren que juegues no importa que ganes o pierdas. Son pequeñas atenciones pero que aportan mucho si uno pasa ahí adentro mucho tiempo.

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